Narrativa

Un camión de escombros

Fotografía: Angelo Giordiano (Fuente: Pixabay).

Esta es la historia de mi vecino Antonio. Podría ser la historia de cualquiera, incluso mi propia leyenda.

Tengo noventa y seis años, en realidad los cumplo en marzo. Estoy sentada en un pequeño banco de madera que parece gastado por el tiempo. También por la lluvia, el calor, los golpes y algunos rotos. Hay un camión de escombros que ya casi ha terminado y solo queda un pequeño hueco. Allí vivía Antonio, y Josefa, y sus nueve hijos.

Para conocer la historia de esa casa situada en la calle Padre Francisco número 65, del barrio Divina Pastora de Alicante, debemos viajar al pasado 1957.

Pero antes hay que ir algo más lejos. Antonio y Josefa se conocieron a la temprana edad de la adolescencia, dieciocho o diecinueve años. España recordaba y mucho a la superficie lunar, y la guerra civil no iba a mejorar en absoluto el decorado.

Fueron sin duda tiempos sórdidos, convulsos, regados de muerte y odio. De muertes caprichosas y de conductas deleznables se mirara para donde se mirara. Lo cierto es que Antonio estuvo a punto de morir en el frente, pero la vida le tenía reservado un montón de años.

De repente, un obús le reventó la cabeza al brigada Gerardo; la lluvia de balas dejaba innumerables heridos confinados en las trincheras casi anegadas de agua, barro y sangre.

La noche era negra y por escasos segundos silenciosa, y no dejaba de llover, y los relámpagos eran como pequeñas linternas en medio de una selva devastadora de oscuridad.

El año 1936 lo recordaríamos toda la vida.

A su regreso, y tras hacer tres años más de servicio militar, contrajo matrimonio con Josefa. Los años cercanos al final de la guerra fueron muy duros. La comida escaseaba tanto que algunos días de suerte conseguías cocinar un caldo con pieles de patata. La vivienda no preocupaba tanto si no te preocupaba dormir dentro de una cueva, de esas que adornaban las laderas del monte Benacantil y aledaños. A veces, si mirabas desde media distancia, parecía como un queso gruyer, aunque por aquellos singulares años el queso era como un sueño, algo onírico, como alguien que pretende cruzar el océano nadando y con una piedra de cien kilos de indiferencia atada a la cintura.

Los días fueron enrollándose uno a uno con todas las carencias que hoy puedo anotar en una libreta, en un ordenador y hasta en mi memoria, aunque me doy cuenta de que las lagunas empiezan a inundar de barro lo que nunca creí que olvidaría.

Recuerdo muy bien el día que llegaron aquí. Ya tenían cinco hijos. Una pequeña y modesta casa que hasta les parecía un estupendo hogar. Antonio trabajaba en la construcción. Era todo muy rudimentario y duro. Casi parecía un trabajo de minero, si no tenemos en cuenta el gas o la inhalación prolongada de polvo de carbón y sílice. La neumoconiosis no salía por tabiques de cemento ni alicatados con prisas; pero el frío, y la ausencia legal de los riesgos laborales, y comer de fiambrera tantos años, terminaron pasándole por encima, y después de la jubilación el cáncer se quedó para siempre con él.

Fuente: PxHere.

No se lo van a creer, pero la vida ha cambiado tanto que puede que estemos ahora en otro planeta. Las calles eran de barro y piedra, y el alcantarillado era como un Cadillac pasando por delante de un tractor. Los medios para no tener bebés casi no existían y no se prodigaban mucho los medios de comunicación en informar y todo eso. Eso creo que no ha cambiado mucho.

Pronto llegaron un par de gemelos, Manuel y Charo, y la vida —de nuevo belicosa y disfrazada de poliomielitis— diseñó otra batalla. Pero la gente, por aquellas fechas, buscaba estrategias para salir de las trincheras. Especialistas y operaciones que nunca consiguieron ganar y que puede que limitaran sus vidas y tantas otras. Luego nació otro par de gemelos, Pablo y Nicolás, y todo se quedó tan pequeño que el pequeño comedor se convirtió por arte de birlibirloque en dormitorio, y la cocina también. Puede que fuese el preámbulo o el prólogo de la generación de muebles transformables, de tabiques de poner y quitar, tipo pladur, y hasta se puso un enorme reloj de pared a la entrada del único baño. La media era de siete minutos para cagar y lavarte los dientes, y una vez por semana ducharte con agua fría en pleno mes de noviembre, o calentar cacitos de agua en la cocina.

Todo ha cambiado tanto que parece que tenía cuarenta años y yo era Josefa, y madre de nueve hijos, y puede que hiciera todo por ellos, acertar y equivocarme. Puede que yo sea Josefa y amara a Antonio, y esa casa que estaba ahí, en ese hueco, fuera mi casa. Ya no lo sé. Noventa y seis años no pasan seguramente sin dejar huella, aunque todo se quede vacío cuando el camión termine de recoger el escombro.

Imagen: Free-Photos. (Fuente: Pixabay).

Y ahora que el tiempo casi se ha gastado, parecen pocos segundos los vividos. Todavía me mueve ver a mis hijos, a un montón de nietos. Me mueve recordar a mi hijo que murió y a mi vecino Antonio o mi marido. Me mueve la vida porque sin ella es imposible elegir.

La historia de mi vecino me parece una hermosa historia que valía la pena contar. Y me gusta pensar que alguien la leerá, aunque yo no vuelva a este viejo banco nunca más.

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Pablo Guillén

Pablo Guillén empezó a escribir hace algunos años. Un poco para escapar de la rutina de un trabajo que sólo le aportaba un salario. Nada más. Publicó durante algunos años artículos de opinión en un diario local y también participó en algunos encuentros literarios concursando y formando parte en distintas publicaciones.
Tiene tres libros de relatos publicados: “Sombras de luz y niebla”, “Reflejos frente al espejo” y “Lanzarse al vacío y otros relatos”.
Además, tiene el cajón repleto de historias que empujan cada día por nacer, pero la situación actual no es la mejor y como todo el mundo sabe, el dinero no crece por más que riegues esa jodida planta.
Actualmente está inmerso en un nuevo trabajo, sin duda más ambicioso y extenso: su primera novela, aunque declara sin tapujos que se mueve mejor en el mundo de los relatos y puede que le pase un poco como a Oscar Wilde, que sólo escribió una novela, “El retrato de Dorian Gray”.

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