Narrativa

La maleta

Fotografía: Ilona F. (Fuente: Pixabay).

Se despierta otra semana con la maleta repleta de días. Es quizá demasiado temprano y el andén está casi vacío y con algunas farolas que poco alumbran ya.

No sé cómo funciona todo esto. Hay gente que coge un tren y un destino y gente que coge el sentido contrario. Gente con todos los días en la maleta y gente con algún día suelto o incluso con solo unas pocas horas. Algunos pasajeros bajan en la última parada, pero la mayoría por una razón o por otra se bajan en las estaciones intermedias o incluso en las primeras.

El vapor sibilante de aquellos trenes del pasado que dibujaban nubes de humo se quedó guardado entre las tapas de la historia.

Algo así pensé esta mañana a las seis y seis. Últimamente siempre me levanto a esa hora. Es como hacerse la raya del pelo. Al principio cuesta bastante, pero una vez coge la forma casi no hace falta pene, perdón, quería decir el peine. A veces sufro de dislexia.

Me gusta caminar a lo largo del malecón del puerto y ver cómo amanece el azul y cómo las olas corren deprisa, aunque siempre lleguen al mismo lugar. Hay, al parecer, una filosofía canina: si no vale la pena para comer ni para joder, échale una meada. Quizá deberíamos copiar algo, no digo que lo de la meada sea lo ideal, pero tal vez el resto podría ayudarnos a centrarnos en lo fundamental y alejarnos de tanta periferia. Es un enorme placer aspirar una vaharada de mar y no digamos de perfume de mujer de noventa euros. A veces las palabras en otra lengua nos invitan a reflexión, por ejemplo, en inglés perro es dog y al revés resulta que sale god (dios), supongo que al menos estaremos de acuerdo en que podrían ser ángeles. En fin, cada uno tiene su nivel de creencia y todo eso.

Hay días en esa maleta de la semana que espera en el andén, que la vida se descabala y llegas a sentirte casi desnudo con algunos harapos de vagabundo. Procuras no coger septicemia y aunque parezca peripatético todo esto que les cuento, la vida a veces es como un montón de abono pudriéndose en un descampado.

Fotografía: Miguel A. Amutio (Fuente: Unsplash).

En ocasiones la semana te provoca una enorme concupiscencia de sexo, de comer angulas, caviar o pulpo a la gallega. Te provoca para que compres y almacenes cosas que hoy no necesitas, cosas que nunca necesitarás. Luego en algunos casos cuando la vespertina tarde te lleva de vuelta en el tren de la semana, o de los días sueltos, todo acaba pergeñando y el andén vuelve a esperar vacío otro tumulto en busca de lo mismo.

Llegas a casa y abres la puerta y te encuentras a tu perro mesándose la barba, y es que hace más de nueve horas que tenía que salir y más de nueve horas que mordisqueó el sofá de mil quinientos euros, se meó en el colchón de viscoelástica y se cagó un poquito en cada habitación. Recuerdo una película: “Los ángeles también lloran”; este, llorar no sé si llorará, pero volar, seguro, y vivo en el piso ochenta y siete en pleno corazón de Manhattan.

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Pablo Guillén

Pablo Guillén empezó a escribir hace algunos años. Un poco para escapar de la rutina de un trabajo que sólo le aportaba un salario. Nada más. Publicó durante algunos años artículos de opinión en un diario local y también participó en algunos encuentros literarios concursando y formando parte en distintas publicaciones.
Tiene tres libros de relatos publicados: “Sombras de luz y niebla”, “Reflejos frente al espejo” y “Lanzarse al vacío y otros relatos”.
Además, tiene el cajón repleto de historias que empujan cada día por nacer, pero la situación actual no es la mejor y como todo el mundo sabe, el dinero no crece por más que riegues esa jodida planta.
Actualmente está inmerso en un nuevo trabajo, sin duda más ambicioso y extenso: su primera novela, aunque declara sin tapujos que se mueve mejor en el mundo de los relatos y puede que le pase un poco como a Oscar Wilde, que sólo escribió una novela, “El retrato de Dorian Gray”.

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