Narrativa

A las seis y media de la mañana

Fotografía: Michael Gaida (Fuente: Pixabay).

El otro día no podía dormir. Eran apenas las dos treinta y dos de la mañana. Me tiré un par de manos de agua fría a la cara, me calcé unas zapatillas roídas por el tiempo, unos vaqueros de más de dos semanas sin lavar, una sudadera con evidentes signos de sudor seco y tampoco me entretuve mucho en peinarme ni nada de eso.

Cuando sales a la calle a las dos treinta y dos de la mañana no sabes muy bien que te vas a encontrar por la calle, por cualquier calle, no importa que subas o bajes o que camines por la acera o que te detengas en todas las esquinas pensando como si estuvieras en un jodido laberinto, qué dirección tomar para encontrar la salida. A veces encuentras gente bebiendo whisky y gente vomitando whisky. Otras, chicas de la vida intentando repostar el depósito casi vacío de su vida sin caer en la cuenta que ese tipo de gasolina suele estar adulterada y manipulada por el proxeneta de guardia.

También hay veces que pasas casi por delante de un incendio y te quedas perplejo de como arde todo, y todo pasa de pronto a convertirse en nada, aunque los bomberos y la policía hacen su trabajo y todo lo que pueden, pero cuando todo decide quemarse, ni la lluvia, ni los ríos, ni siquiera el mismísimo mar es capaz de apagar una insignificante luz de vela. Y así me di cuenta que la calle es distinta y a la vez es la misma.

Recuerdo que el otro día, ahora hablo de otro día distinto, tuve que salir a comprar el pan muy temprano, la calle olía a eso, a pan recién sacado del horno, a gente que descorcha el día con prisas, con desayunos fugaces en la cafetería de la esquina, los barrenderos que barren y escuchan la radio y alguno oyes que dice “cuánto guarro”, los camiones de reparto contraen las calles y las hacen mucho más pequeñas, periódicos, revistas, butano, agua embotellada, pilas de pollos y huevos, y mitades de ternera y cocinas y unos discos y estufas y todo eso o algo así.

Después, cuando llegan las tres y media o las cuatro de la tarde, las calles descansan un rato muy pequeño. Y empieza la sesión de cine, el teatro, los niños que salen de la escuela, los bingos que abren sus puertas, los clubs que casi ya nunca las cierran. La gente se atrinchera en los bares –empieza el fútbol– y así es como es la vida. Los perros tienen pulgas, los hombres tienen problemas. Y sufrimos de muelas, insomnio, enfermedades venéreas. Incluso a veces nos deprimimos, como casi todo el mundo y a veces te sientes como si lloraras en medio de la noche. Y es cuando decides de una vez irte a la cama y hacer el amor hasta el alba, aun a sabiendas que no estás acompañado, pero sabes que no es bueno depender de los demás para casi nada, ni para vivir, ni para ser feliz, ni siquiera para masturbarte a las seis y media de la mañana.

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Pablo Guillén

Pablo Guillén empezó a escribir hace algunos años. Un poco para escapar de la rutina de un trabajo que sólo le aportaba un salario. Nada más. Publicó durante algunos años artículos de opinión en un diario local y también participó en algunos encuentros literarios concursando y formando parte en distintas publicaciones.
Tiene tres libros de relatos publicados: “Sombras de luz y niebla”, “Reflejos frente al espejo” y “Lanzarse al vacío y otros relatos”.
Además, tiene el cajón repleto de historias que empujan cada día por nacer, pero la situación actual no es la mejor y como todo el mundo sabe, el dinero no crece por más que riegues esa jodida planta.
Actualmente está inmerso en un nuevo trabajo, sin duda más ambicioso y extenso: su primera novela, aunque declara sin tapujos que se mueve mejor en el mundo de los relatos y puede que le pase un poco como a Oscar Wilde, que sólo escribió una novela, “El retrato de Dorian Gray”.

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