Manuela se contemplaba ante el espejo del baño. Sobre el traje negro, su cutis claro resaltaba por el contraste y se veía guapa con su cabellera negra sobre los hombros. Verdaderamente estaba preciosa. Acababa de pintarse los labios y su cara relucía mientras salían chispitas de satisfacción de sus sonrientes ojos. Giró para verse el efecto de perfil. Aquel traje le estaba perfecto. Comenzó a retocarse las pestañas cuando se oyó un chillido y una carrera por el pasillo en dirección a donde ella estaba. Esto hizo que Manuela despertara a la realidad.
De una manotada abrieron la puerta del lavabo.
—¡Mamá, mamá…! Te estaba buscando… ¡Qué guapa estás!
Era Jueves Santo. Nadie faltaba a la procesión. Por las calles, sólo se oía a los músicos poniendo a punto sus instrumentos.
—¡Ahí están! —Dijo Carlitos a su padre. —¡La banda de música! Cómo me gusta verlos desfilar tocando los instrumentos, uno detrás de otro, uno al lado de otro, bien formados, todos los trajes igual, con las gorras de plato. Cuando sea mayor tocaré los platillos en la banda.
De repente se oyó la voz de don Cosme, el párroco, poniendo orden y organizando a la gente para preparar la salida de la procesión, porque ya había llegado la hora.
El primero en iniciar su avance por el pasillo central de la iglesia fue El Nazareno con la cruz al hombro. Su mirada se iba clavando en todo aquel que le miraba. Mirada profunda, llena de sufrimiento, llena de amor. El paso estaba adornado en su derredor con preciosos claveles blancos. La gente hablaba de la buena mano que tenía don Cosme y el buen gusto para arreglar los pasos, bien ayudado por don Damián, el coadjutor.
Todos callaron cuando vieron moverse el paso de La Dolorosa, con su cutis blanco como la misma nieve, su mirada rota por el dolor, la cara inclinada por el peso de la gran pena. Los feligreses hicieron un silencio tan profundo que hasta se podían oír los latidos de los corazones de aquellas personas emocionadas porque verdaderamente impresionaba aquella cara tan expresiva enfundada en un bello traje cubierto por un deslumbrante manto negro con bordados en oro.
Eran dos mundos distintos representando sensaciones diferentes: el dolor y la suntuosidad.
El Cristo ya había pasado y su Madre poco a poco se acercaba con esa cara marcada por el dolor y el sufrimiento, de tal manera, que sobrecogía al que la miraba.
Esa sensación desaparecía cuando, al pasar, mostraba su extenso y lujoso manto lleno de bordados. Y más, cuando se veía lo guapas que estaban las damas de mantilla con sus tejas y trajes negros, caros y esplendorosos, alguno escotado, algún otro más corto; pero todos embellecedores. No parecían seres afligidos como habían representado los rostros de las imágenes que encabezaban la procesión, sino hermosas caras que realzaban su belleza con aderezos y maquillaje.
Carlitos soñaba que él iba detrás, vestido del ejército de aviación, tocando los platillos: clis, clis, clis…













Tu narración, Juan Antonio, se merece el premio ´Los platillos de Carlitos’, esos platillos que tocaba, con devoción, Garbilote en la banda de mi pueblo, siempre en la primera fila. Lo recuerdo desde siendo niño.
Gracias, Ramón. En todas las bandas de pueblo hay un niño que reluce por su ilusión entre los músicos adultos y un músico que marca un recuerdo.
Gracias por avisar mi infancia y juventud en la banda de música de mi pueblo natal (Granja de Rocamora) y las sin fin procesiones y pasacalles, excursiones por tierras y fiestas alicantinas y murcianas.
Y el pentagrama de la vida me regaló mi primera travesía en barco tras la cremà de las Hogueras de Alacant entre palmeres coquetas para gozar de seguido días inolvidables por San Pedro en la isla de Tabarca paraíso… Dormíamos allí los niños músicos en casas de isleños amables…
Pentagrama de la vida
Encantado de haber contribuido a reavivar tus recuerdos. Saludos.