A deshoras

Las telarañas del tiempo

El espacio ocupado por las vías será parte del gran parque central (Fotografía: Miguel A. Sánchez).

Cuando pasan los años, las décadas, los periodistas de cierta edad nos vamos dando cuenta del inefable paso del tiempo y de los cien mil proyectos que siguen en el candelero o que simplemente duermen el sueño de los justos. Por ejemplo: va para veinte años el proyecto de un gran parque central en Alicante, soterrando las líneas del tren, y creando a su vez un subparque de viviendas (la cifra ha ido variando en estas décadas, ahora está en torno a las 2.000), además de zonas verdes, 157.000 metros cuadrados del total de 468.000 que se contemplan en esta operación urbanística financiada por la Generalitat, Ayuntamiento de Alicante, y el Estado (Adif). Veinte años de trompicones, paralizaciones, desencuentros, líos, falta de voluntad política, sobre todo de la Administración central, que es quien tiene la sartén por el mango para dar un impulso definitivo. Ciudades de igual o menor tamaño que Alicante ya han ejecutado operaciones similares.

Voluntad política (financiación). Mientras, todo es mareo y más mareo. Burocracia y más burocracia. Sirva como anécdota, anecdotazo más bien, que la tramitación urbanística está todavía retenida en la Generalitat en fase de aprobación inicial: cinco años después de que el pleno del Ayuntamiento de Alicante diera el “ok” a esta operación integrada en terminología técnica: un plan parcial, pero a lo bestia, para que nos entendamos todos. Como los argumentos técnicos son complejísimos, no los reproduzco. Sí que reproduzco un asunto elemental: cuando hay ganas, las cosas se hacen. Poder es querer.

El parque central de Renfe sería la mayor acometida urbanística que se realiza en Alicante en la historia reciente de la democracia. La primera la emprendió José Luis Lassaletta con la remodelación portuaria y la integración del puerto en la fachada marítima de la ciudad, desplazando la actividad industrial a Benalúa Sur/San Gabriel. Eso fue a finales de los ochenta, principio de los 90. Y poco más. Me refiero a operaciones de calado, esas que transforman el alma de una ciudad. La peatonalización de la “carretera” (conde de Vallellano) de la Explanada (soterrando el tráfico, o buscando alternativas) sería la guinda del pastel. Lo balbuceó el anterior alcalde, el socialista Gabriel Echávarri, y la tormenta política que se montó (el partidismo casi siempre está por encima del interés general) taponó cualquier posibilidad de diálogo o de alternativas a la que planteaba don Gabriel: habilitar la dársena del puerto con un vial en medio de los yates (alternativa exótica). Pasan las décadas y seguimos sin tener conexión ferroviaria con el aeropuerto (se presupuestan migajas; y a dios gracias, señor Baldoví).

Fotografía: Miguel A. Sánchez.

Pasan las décadas y seguimos teniendo ese inmenso solar que es La Goteta convertido poco menos que en un nido de ratas, otro asunto perdido en los infinitos recovecos de la burocracia. Díaz Alperi dijo de instalar ahí un palacio de congresos… ¿Alguien se acuerda? Pasan las décadas y seguimos sin tener un nuevo plan general de ordenación urbana: ¡tenemos el de 1987! Pasa el tiempo y no pasa nada. Bueno sí que pasa: un apeadero del AVE en una recóndita pedanía de Elche que me temo que no lo van a usar ni las lagartijas.

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Antonio Zardoya

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