A deshoras

La memoria histórica

Carmen Calvo (Fuente: PSE-EE-PSOE, Flickr).

Agosto de 1979. Un pequeño pueblo de Navarra, 3.500 habitantes, próximo a la capital de La Ribera, Tudela. El Ayuntamiento decide exhumar los cadáveres de los republicanos que fueron asesinados al poco del 18 de julio de 1936. Yo, adolescente de BUP y con veleidades comunistas. Jornada tórrida de agosto. Exhumación de los restos, ceremonia civil en la Casa Consistorial, procesión cívica y entierro en el cementerio. Mi padre, Antonio Zardoya Tovar, agricultor de clase media, e hijo de los que ganaron la guerra incivil, presente en todos los actos. Mi padre, también mi madre, Luisa Zardoya, eran de derechas a su manera: votaron a la UCD, eran gente de bien y solo a regañadientes me contaban historias de lo que ocurrió en el 36 (entonces tenían 11 años): los paseíllos de las mujeres y viudas de los represaliados, rapadas, los cadáveres que algunas de ellas encontraron en el río Ebro… No les gustaba recordar eso. Supongo que lo veían feo, tirando a muy feo, y creo firmemente que en su bonhomía querían, como la mayor parte de los españoles, una reconciliación nacional en toda regla, y desterrar la España de los dos bandos.

En aquella tarde de agosto hubo mucha tensión, muchos “Viva la república”, mucho lloros, una tromba de recuerdos y también algún que otro aporreamiento de puertas en las casas de algunos de los que participaron en la represión, las casas de los delatores y de los ejecutores. En los pueblos todo el mundo se conoce. Mi padre, hombre rudo pero sabio, acudió en 1979 a todo porque consideró que era su obligación moral. Hacer justicia para con los asesinados y sus familiares. Pasar página (no confundir con amnesia) previa catarsis colectiva de lo que había ocurrido 40 años atrás.

Siempre he pensado que la actitud de mi padre resumía a la perfección “el espíritu del 78”, ahora tan denostado por Podemos, Izquierda Unida… y la complacencia del PSOE. Carmen Calvo insinuó hace un par de meses otra ley, de memoria democrática, complementaria a la Ley de la Memoria Histórica de Zapatero. Para hacerle el caldo gordo a Podemos, para desviar la atención y para seguir hurgando en las viejas heridas del 36 (heridas que mis padres subsanaron casi recién muerto el dictador). La cosa, la intentona de Calvo, creo que ha quedado en agua de borrajas. Los que defendemos el “espíritu del 78”, donde participaron desde el PCE de Santiago Carrillo, el PCE eurocomunista, hasta la retro-derecha de Fraga, somos ahora poco menos que fascistas a los ojos de Podemos, Izquierda Unida, y un sector del PSOE. Odio profundamente que se banalice la palabra “fascista” (lo mismo que “nazi”). Odio esa instrumentalización con todas mis fuerzas por la simple razón de que embellece el propio concepto de fascismo, o de nazismo, es decir, aminora la gravedad de la barbarie.

Dicho todo esto, lo que ha hecho Pablo Iglesias (con pregunta inducida en Salvados, esa es otra) equiparando a los exiliados republicanos con Puigdemont, me parece propio de un descerebrado. No tengo ni ganas, ni fuerzas, de echar espuma por la boca. No vale la pena; sería ponerme a la altura del descerebrado. La banalización del mal. Habrá que releer a Hanna Arendt.

Sending
User Review
1.5 (2 votes)

Antonio Zardoya

Comentar

Click here to post a comment

*

code

Patrocinadores

Ojo al Lunes