Narrativa

El viejo reloj del tiempo

Fotografía: Annca (Fuente: Pixabay).

Parecía como si mi vida se hubiera mudado de ropa durante la noche y ahora era como la decadencia imparable de los abrelatas, los chalecos de punto o la marcha atrás, y no hablo de coches.

Yo tenía –no lo recuerdo con exactitud– quince años o algo así. Era una gélida mañana temprana, tanto que el cuco no daba la hora. El primer autobús salía a las seis de la mañana.

Había conseguido un empleo de aprendiz en una empresa pionera de aire acondicionado. A esa hora creía que el autobús iría casi vacío, pero de nuevo la distancia entre la realidad y lo que uno cree que sucede es muy gruesa. Algunos pasajeros temblaban de frío, otros lo hacían casi de alegría al oír la noticia de la muerte del caudillo. Si no me engaño era el año 1975, veinte de noviembre.

Por aquellos años, ahora tan borrosos y lejanos, no existía la generación nini. Si no seguías estudiando después del graduado solo te quedaban dos opciones, y ninguna de ellas tenía consonante y vocal al estilo nini. Una opción era que tu padre, que trabajaba casi de sol a sol para intentar mantener mesa y mantel con un menú semanal poco variado y de un solo plato, te leyese la cartilla; o lo que es lo mismo: “A ver, Pablito, o te buscas un empleo para ayer, o no vuelves a comer. Lentejas tampoco”.

El autobús me dejaba en el centro de la ciudad de Alicante y debía coger otro hasta el lugar de trabajo. Recuerdo la primera paga, setecientas catorce pesetas a la semana. Se pagaba por semanas y en metálico; no había ingresos en cuenta bancaria ni nada parecido. Era sin duda un tiempo abrupto y con grietas por todas partes del casco, pero no teníamos otro barco disponible, ni otro puerto. Y los únicos astilleros que conocíamos eran un grupo musical local que terminó por desaparecer por la ausencia de bolos.

Fotografía: Jörg Chefchen (Fuente: Pixabay).

Al cabo de algunos meses me mudé de empleo y no fue tarea fácil. Hay que situarse en aquella época a caballo entre la década de los setenta y lindando los ochenta. Recuerdo que había una emisora de radio que permitía entrar al estudio y entregar en mano al locutor una nota, previamente escrita, donde decías, por ejemplo: “Se ofrece chico de dieciséis años para trabajar de botones en un hotel”. Lo hacían, hasta donde yo recuerdo, dos veces a la semana y con una hora de duración. La verdad es que se formaban –ya entonces– largas y abultadas colas en procura de empleo o para vender objetos de todo tipo. Una especie de Wallapop de la época. El caso es que me hice asiduo y casi entablé amistad con el presentador. Y de esa guisa surgió mi primer cambio de sexo. Perdón, a veces me puede la dislexia, quería decir que tuve mi primera experiencia y me entrevisté con el director de un hotel llamado Gran Hotel. Me tomo la licencia de un inciso. Hemos avanzado tanto cruzando ese puente de algunas décadas, que hoy es casi imposible hablar con un director, gerente o propietario de una empresa. Todo está custodiado por ingentes grupos de recursos humanos y el nombre parece un poco coña. Hoy es más difícil tener una entrevista de trabajo de hombre a hombre que pasear por los jardines de la Casa Blanca y hacerte una barbacoa con la hija del presidente, o untarle de pomada la espalda o algo así al señor Biden.

Bueno, que me voy de renglón.

Supongo que algunos de vosotros –lectores– recordáis la película del señor Garci Volver a empezar, ganadora de un Óscar. Sale alguna escena de la recepción de un hotel y la centralita. Yo trabajé durante mucho tiempo manejando una centralita de esas. Ahora, visto casi a años luz, parece algo cavernícola, incluso puede que lo fuera. Doce líneas y cincuenta personas diciendo: “Me pone, me marca este número”. Otros tantos llamaban desde el exterior pidiendo cosas raras: “Me pasa con la habitación del señor Sardina, que es mi marido”. Y uno tenía que aguantar la risa y ser profesional, aunque no tuvieras el certificado de profesionalidad. Casi no queda nada de ese mundo no tan lejano. Y la verdad, para qué ocultar la verdad, creo que todo te empuja a vivir, la juventud, la adolescencia y las primeras veces. Esa etapa de la vida que todo son primeras veces.

Fragmento de la película ‘Volver a empezar’.

Pero también las arrugas y cicatrices y los tiempos modernos que siempre encuentran gente que los desnude.

Y me cambio de ropa cuando empieza otro amanecer, la vida se pone a cantar bajo la lluvia que cae de las farolas y alguien se pone a bailar con ese gran paraguas de la ilusión. Y aunque pises algunos charcos la magia casi siempre te deja los pies secos, y vuelas de repente como Mary Poppins y saludas con la mirada el gran espectáculo del deshollinador y al compás, al compás, tapas el tintero sabiendo que hay muchas más historias de chimeneas que contar. Y si no te gustan las películas date una vuelta por la realidad, otra realidad, por las guerras, por el hambre, por los naufragios de cadáveres, por oncología de hospitales. Sí, date una vuelta y verás cómo toca vivir ahora y dejar para mañana solo lo que no puede ocurrir hoy porque el viejo reloj del tiempo marca las doce de la noche.

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Pablo Guillén

Pablo Guillén empezó a escribir hace algunos años. Un poco para escapar de la rutina de un trabajo que sólo le aportaba un salario. Nada más. Publicó durante algunos años artículos de opinión en un diario local y también participó en algunos encuentros literarios concursando y formando parte en distintas publicaciones.
Tiene tres libros de relatos publicados: “Sombras de luz y niebla”, “Reflejos frente al espejo” y “Lanzarse al vacío y otros relatos”.
Además, tiene el cajón repleto de historias que empujan cada día por nacer, pero la situación actual no es la mejor y como todo el mundo sabe, el dinero no crece por más que riegues esa jodida planta.
Actualmente está inmerso en un nuevo trabajo, sin duda más ambicioso y extenso: su primera novela, aunque declara sin tapujos que se mueve mejor en el mundo de los relatos y puede que le pase un poco como a Oscar Wilde, que sólo escribió una novela, “El retrato de Dorian Gray”.

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