Narrativa

Henderson

Fotografía: Benjamín Sow (Fuente: Unsplash).

Llamadme Henderson, hace unos años, no importa demasiado cuanto hace exactamente, y si no me falla la memoria, recuerdo que era una noche de lluvia intensa, semáforos atascados de barro y aceras mojadas por el ensordecedor silencio de la noche. Al otro lado de la road 28 close to the green park, en un edificio de aspecto sórdido y lúgubre, casi concluía la jornada laboral del Sr. Henderson. Era el propietario de los talleres de costura, your opportunity, que como su nombre sugiere, eran prendas a precios muy bajos, para poder satisfacer los mercados más modestos, los talleres estaban entre la primera planta, y sótano de ese edificio oscuro y casi tétrico que anunciaba su fachada de piel estriada y amoratada. En cambio, la oficina del Sr. Henderson estaba abrazando las nubes y la alegría del gran astro sol vestía las paredes de calor.

Sin embargo, este hombre de aspecto rudo, traje de Máximo Dutty y zapatos exclusivos de –shoe factory’s Flucho–. No podía atisbar que la noche triste de lluvia, sombras de ciudad, y lágrimas de sueños, podría ser el preludio de una noche sin fin.

22:15 de una noche oscura, bañada de lluvia y silencio, el Sr. Henderson apaga las luces de su despacho, cierra la puerta, y atraviesa el corredor hasta el único ascensor del edificio, seguramente por los años acumulados, por estar enfermo, o por la húmeda lluvia interminable, el ascensor simplemente no funcionaba. 4 minutos de larga espera le impulsaron a bajar peldaño a peldaño los 150 escalones que lo separaban de la planta baja, de la puerta de salida a otra realidad de vida.

Él era una persona solitaria al extremo, vivía para el negocio en cuerpo y alma, y no cesaba de revisar las cuentas una y otra vez –este mes tengo 20.000 $ más que el pasado–, ese era su amante don dinero, apenas conciliaba el sueño, siempre contando pequeñas monedas, billetes. Monedas, billetes, eso era lo que veía en su cabeza apenas entornaba los ojos al día.

Fotografía: Mohammed Alim (Fuente: Unsplash).

Abrió la puerta de salida, y esperó, como espera un preso en el corredor de la muerte, con la esperanza, pero también con la certeza, de que precisamente esa noche de nubes llorando, no aparecería ningún taxi, un hombre como yo, no  se puede mezclar con la muchedumbre que araña la estación  más próxima de metro, Marq underground, pero la necesidad suele solapar los sueños más hermosos, y el avaro entre recorrer andando por aquellas desoladas calles fiel reflejo de su propia vida, y casi estrujarse en un incomodo vagón de metro, decidió optar por la incomodidad, quizás por no verse reflejado en el espejo del asfalto mojado.

Siete vagones de metro, siete y todos repletos

Nuestro solitario y avaro Sr. Henderson estaba sentado entre una mujer gruesa de aspecto afroamericano, y un hombre al que, al parecer, precisamente no le había sonreído la vida, aspecto sucio, síntomas inequívocos de alcoholismo y dibujos en su piel de toxicómano. La vida no siempre te sonríe y cuando lo hace, si acaso lo hace, no siempre te das cuenta.

Ante semejante compañía, empezó nuestro personaje solitario a sudar, como lo hacen los enfermos, como lo hacen las embarazadas en el paritorio, como lo hacen los hombres que tienen los bolsillos vacíos de sueños, y en la cartera olvidadas fotos amarillas de primaveras marchitas.

Decidió bajarse tres paradas, tres estaciones antes de su destino, y afrontar la fina lluvia, acompañada ahora de una espesa niebla que comenzaba a nacer.

Fotografía: Steven Hung (Fuente: Unsplash).

Esta noche esta siendo especialmente gris, menos mal que he ganado 2.000 $ –pensaba– mientras caminaba bajo lágrimas de nubes camino de su casa con el único paraguas de su patética avaricia.

The clock que anunciaba el edificio del ayuntamiento marcaba cuatro minutos para las 12 de la noche. Estoy muy cansado, es demasiado tarde, y todavía tengo que contabilizar los gastos por maternidad de aquella empleada, el responsable de almacén con el parte de baja, por no mencionar las horas sindicales que me exige Peterson y que me inflama la úlcera, –pensaba Henderson–

Con esa hojarasca de pensamientos introduce esa llave fría como su vida en la solitaria cerradura, gira una vez la noria de la vida, y en el segundo intento se atasca la triste cerradura, a esta hora y mojados los sueños, no podré encontrar a ningún cerrajero, pensaba y mascullaba el avaro, esperaré unos minutos y de nuevo lo intentaré, repetía una y otra vez.

El silencio ensordecedor de la noche dejó  paso al llanto de la cerradura que lloraba lágrimas de soledad, ahora sí que abre, pensaba en voz alta, inmediatamente observó que la puerta colgaba de un solo gozne, algunos cuadros que vestían las paredes del salón dormían en el suelo, varias sillas rotas como paja decoraban la estancia, un hermoso jarrón del siglo XVIII, que le fascinaba salpicaba el diminuto pasillo, que lindaba con el dormitorio, el Sr. Henderson quizás por su condición de solitario, era muy ordenado y meticuloso, y los primeros síntomas le hicieron sospechar que algo oscuro había ocurrido.

Fotografía: Jr Korpa (Fuente: Unsplash).

Gradualmente fue descubriendo alteraciones en su dormitorio, y lo más importante la caja fuerte de su despacho, no sólo estaba abierta y completamente desnuda, sino que, al pie de ella, yacía el cuerpo sin vida de una hermosa mujer. Por unos instantes se quedó congelado, paralizado, demasiada altura para saltar, incluso para mí.

El dinero que había en la caja sin duda no era grano de anís, 100.000 $, el trabajo de incontables horas evaporado; sin embargo, lo que le hacia reducir el ritmo cardiaco, era la perdida de una serie de documentos vinculados con el blanqueo de importantes cantidades de dinero, y un repugnante asunto de tráfico de inmigrantes, que implicaban a destacados personajes de la vida social y política de esa pequeña ciudad donde vivió, en el pasado.

La ciudad se llamaba The Bridge city, un lugar construido en plena crisis económica como la de ahora, excepto por un pequeño detalle, ahora también hay una gigantesca crisis de valores donde el hambre de enriquecerse quebraba con suma facilidad la línea de la legalidad.

Bueno, después de esos segundos de desconcierto, sabía que el mejor camino, el único posible, era llamar to the police, el recorrido se le antojaba acículo, pero era un hombre acostumbrado a bregar con la vida, y no estaba dispuesto a abnegar de más de 20 años de impoluta imagen social.

Cuando se disponía a telefonear a la policía, le sobresaltó un ruido seco, que parecía nacer en el baño, inmediatamente buscó en el doble fondo de su cajón principal del escritorio un viejo revólver del 45. Con el como escudo abrió lentamente la delgada puerta y quedó sobrecogido al observar que del retrete partía una gruesa y sólida cadena que se extendía a través de la bañera, la luz pálida, y triste, la cortina arañada de dolor, solapaba algo espantoso, el Sr. Henderson armado de soledad, corrió como un relámpago la cortina, un hombre con una mano amputada, y varios dedos del pie derecho seccionados, dormía para siempre bañado en su propia sangre. La ventana del baño parecía recién abierta, porque el calor todavía no había mudado, el avaro en un último conato de coraje se asomó al alféizar del único testigo, la ventana, y todavía pudo contemplar la silueta de un hombre corpulento corriendo a través de los tejados.

Minutos más tarde el detective Malón acompañado de dos agentes bien armados irrumpían en el macabro escenario. Obviamente se abre el procedimiento de rigor, preguntas, toma de huellas de balística, presencia del forense para certificar las muertes, y posterior levantamiento de cadáveres, además de sellar el lugar de los hechos, ofreciendo a nuestro protagonista alojarse en el mejor Hotel de la ciudad, The Dream Hotel.

Parecía tener una manada de elefantes en la cabeza, tomó un Jack Daniel con dos cubitos, mientras se agrietaba el hielo, la luna entraba por la ventana y se dibujaba en el espejo de la estancia. Entornó los ojos y viajó a los años fértiles de su adolescencia, recordó aquellos prolijos paseos con su perro Kent, un schnauzer gigante con el pelo negro azabache, una humilde casa a la orilla de un riachuelo, vecino de un frondoso bosque que alojaba a un gran número de pintorescos pajarillos. Al regresar cada día de la escuela encontraba siempre el calor de su madre y un sabroso y caliente plato de sopa.

Intentaba sujetarse a las paredes del mundo y la felicidad de los años pasados podría ser el cordón umbilical.

Fotografía: Maggie Yap (Fuente: Unsplash).

La mañana llegó deprisa, el sonido del teléfono amputó los recuerdos y lo arrastró a la gris realidad, el detective Malón le invitaba a las 12 a. m. a la comisaría, al parecer habían aparecido nuevos datos que cambiarían el curso de los acontecimientos.

La luz, tímida, entraba por la ranura de la puerta de la terraza, olía a tierra mojada, a melancolía, a desierto vacío de coches, después de tomar un café muy caliente con el primer room service del día, pidió un taxi en el front desk de la recepción, y salió a la calle hueca de vida a esperarlo mientras fumaba un cigarrillo, las nubes todavía goteaban y el sol les hacía un pulso por salir. To the main police station. Por favor, indicó al taxista, algunos semáforos aún permanecían dormidos, y las farolas se despedían perezosas de la noche gélida, de repente un reventón precipitó al vehículo hacia un socavón vestido de fango.

At this time, el avaro, o mejor dicho Richard Ardengol, su verdadero nombre, fue desconectado del potente ordenador, generador de realidad virtual, perteneciente a la empresa Dreams a la carta.

Richard caminaba gracias a una moderna silla de ruedas, había quedado parapléjico debido a un grave accidente mientras practicaba alpinismo en la cara norte de la cima del mundo “El Everest”; era por tanto un hombre muy activo, que ahora se encontraba preso de sus limitaciones. –Entonces Henderson recordó la famosa cita de Nietzsche: “Las heridas que no te destruyen, sólo te harán más fuerte”–.

Camino de la escuela, la vida continua, donde intentaba encontrar respuestas, adquirió el diario, edición especial de las 7 p. m. en la primera página un gran titular, asesinado el Sr. Henderson propietario de los talleres Your opportunity. Cuando se disponía a declarar en un juicio. Indicaba también que estaba viviendo al menos 18 años bajo el paraguas de protección de testigos. En aquellos desperdiciados años, trabajó como capo de la mafia siciliana y se le conocía como The kill.

Fotografía: Lukas Godina (Fuente: Unsplash).

En la otra esquina un viejo Mustang del 59 casi desnudo, de piel arrugada, aparcado en el desván del olvido, cantaba esta canción:

Realidad o ficción
Realidad y sueños
Espejos que ocultan el frío cemento
Espejos que nos dan miedo cuando nos miramos sin máscaras,
Cuando nos
miramos sin sueños.
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Pablo Guillén

Pablo Guillén empezó a escribir hace algunos años. Un poco para escapar de la rutina de un trabajo que sólo le aportaba un salario. Nada más. Publicó durante algunos años artículos de opinión en un diario local y también participó en algunos encuentros literarios concursando y formando parte en distintas publicaciones.
Tiene tres libros de relatos publicados: “Sombras de luz y niebla”, “Reflejos frente al espejo” y “Lanzarse al vacío y otros relatos”.
Además, tiene el cajón repleto de historias que empujan cada día por nacer, pero la situación actual no es la mejor y como todo el mundo sabe, el dinero no crece por más que riegues esa jodida planta.
Actualmente está inmerso en un nuevo trabajo, sin duda más ambicioso y extenso: su primera novela, aunque declara sin tapujos que se mueve mejor en el mundo de los relatos y puede que le pase un poco como a Oscar Wilde, que sólo escribió una novela, “El retrato de Dorian Gray”.

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