Narrativa

Ciudad esmeralda

Fotografía: Alexander Fradellafra (Fuente: Pixabay).

Todo el mundo quería llegar a esa ciudad perfecta. Los folletos estaban llenos de jardines perfectos, de calles impolutas sin gente pidiendo, sin robos ni putas. No había ni una farola con la bombilla fundida y el río que pasaba por allí lo hacía sin nada de porquería.

Todo el mundo quería llegar y caminaban a toda prisa sin darse cuenta que era como un espejismo en pleno desierto que se había trasladado a las afueras de ninguna parte.

Soy Alex, creo que llegaremos en primavera. Recorremos seis o siete kilómetros cada día, los niños son pequeños y viajan dentro de un carrito de la compra, mi mujer, Sara, está otra vez embaraza.

Hace mucho tiempo que nos embargaron la casa, el coche lo convirtieron en chatarra y los transportes del pasado, de aquel verano del 2018 que recuerdo con nostalgia, fueron eliminados para la gran masa. Las cuentas bancarias en unas pocas horas bloqueadas, las escuelas asaltadas por camiones militares con tiendas de campaña. Las tiendas de alimentos y ropa y todo eso con señales de prohibido el paso junto con una fotografía del gobernador en plena campaña y su asqueroso eslogan: “Vengan a vivir a la ciudad perfecta”.

Fotografía: Sebastian Unrau (Fuente: Pixabay).

Después de un mes de viaje, una mañana de abril se nos puso delante la Ciudad esmeralda. Nos recibieron con mucha amabilidad tres hombres de uniforme. En realidad, nadie vestía con vaqueros y zapatillos, con corbata de colores y camisa, con vestidos cortos y escote y zapatos de aguja.

Todo estaba rodeado de verde, como una especie de piel gigante, como un frondoso bosque que pretende ocultar lo que la verdad esconde.

Nos acompañaron a una pequeña casa compartida. Una habitación para los cuatro, un baño para los ocho. No había ni comedor ni cocina. De inmediato una ducha rápida, la ropa se la llevarían y quemarían. El uniforme era algo distinto al otro. Se trataba de un mono. Una prenda de una sola pieza del color de los mocos o los granos de pus, o las espinillas de la adolescencia cuando te las reventabas para ligar.

Un enorme cartel, como si fuera un roll up de 85×2, vestía la única pared. Lo demás eran cristales y cámaras funcionando las veinticuatro horas. En el roll up te decían, en una especie de decálogo, las estrictas normas y horarios y cualquier error al respecto se registraba en una base de datos. Si alcanzabas cinco sanciones, pasabas un mes bajando sin descanso a esas pequeñas minas de coltán que hoy se utiliza tanto.

Fotografía: Luca Maffeis (Fuente: Unsplash).

Las comidas eran extremadamente sencillas.

La población había sido dividida una vez más en varios grupos. Cada grupo tenía dos horas al día para caminar por las calles, mientras los otros permanecían en sus pequeñas casas o trabajando en esas minas de coltán. Ningún grupo conocía a nadie de cualquier otro.

Los horarios eran meticulosos. Una semana el grupo A bajaba a la mina, el B se ocupaba de los jardines y las averías y el C enseñaba a los niños lo que marcaba la nueva ley de la educación implantada en Ciudad esmeralda.

A las pocas semanas de llegar nos arrepentimos de haber cruzado el umbral. Volvíamos a nuestra pequeña casa compartida completamente agotados. A las cinco de la mañana tocaba levantarse, lo decía bien claro el cartel, a las seis estabas ya en la mina y hasta las ocho de la noche de ahí no salías. Las pantallas de móviles, de televisión, las redes sociales y hasta la prensa o radio estaban prohibidas y así te lo recordaba cada día el roll up con luces al despertar.

Me acordaba a menudo de los centros penitenciarios del pasado, de no hace tanto, en el 2018 la gente todavía conservaba algunos derechos laborales, las casas ya eran compartidas incluso por todos los miembros de dos o tres familias. Las hipotecas mataban a la gente, que se tiraba de una azotea cada vez con más frecuencia, los coches gastaban 1,50 € el litro y llevarlo al taller era otro suicidio. Los transportes colectivos a menudo pasaban colapsados y sin rumbo ni horario fijo. Los empresarios te contrataban por horas, por minutos y hasta en ocasiones por algunos segundos. No tenías por lo tanto paro, ni jubilación, ni siquiera la paga habitual, aunque fuese una mierda. Todo estaba cambiando delante, justo delante de nuestros ojos y lo peor es que sí, nos dábamos cuenta, pero creíamos que no llegaría nunca a construirse la ciudad perfecta, más conocida como Ciudad esmeralda.

Fotografía: Joey Velasquez (Fuente: Pixabay).

A las mujeres embarazadas se las llevaban a una pequeña zona residencial alambrada. Tenían todas las atenciones posibles, colchones de agua, masajes, piscina climatizada, menús controlados por un experto nutricionista. Se les permitía ver alguna película de amor o incluso leer novela romántica. Todo esto hasta dar a luz. Casi de inmediato, la madre era llevada a un pabellón completamente insonorizado. Nunca vería a su hijo.

Los bebés eran vendidos a otra Ciudad esmeralda donde la natalidad había descendido de manera alarmante. No era fácil quedarse embaraza. Los hombres en la mayoría de los casos tenían los espermatozoides vagos o tenían una erección solo una vez cada año.

Los productos químicos insertados en la alimentación, en el agua, en el aire que respiramos, hicieron todo esto con nosotros delante de nuestros ojos bien abiertos, que casi nunca ven lo que la verdad esconde porque nos pasamos la vida sin saber muy bien qué hacer con la felicidad que tenemos.

Con la luz apagada de la madrugada, diseño un plan de huida en mi cabeza. Todo está vigilado, pero mis pensamientos aún no han llegado a ninguna Ciudad esmeralda. 

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Pablo Guillén

Pablo Guillén empezó a escribir hace algunos años. Un poco para escapar de la rutina de un trabajo que sólo le aportaba un salario. Nada más. Publicó durante algunos años artículos de opinión en un diario local y también participó en algunos encuentros literarios concursando y formando parte en distintas publicaciones.
Tiene tres libros de relatos publicados: “Sombras de luz y niebla”, “Reflejos frente al espejo” y “Lanzarse al vacío y otros relatos”.
Además, tiene el cajón repleto de historias que empujan cada día por nacer, pero la situación actual no es la mejor y como todo el mundo sabe, el dinero no crece por más que riegues esa jodida planta.
Actualmente está inmerso en un nuevo trabajo, sin duda más ambicioso y extenso: su primera novela, aunque declara sin tapujos que se mueve mejor en el mundo de los relatos y puede que le pase un poco como a Oscar Wilde, que sólo escribió una novela, “El retrato de Dorian Gray”.

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