Narrativa

American Beauty

Fotografía: Wolfgang Eckert (Fuente: Pixabay).

Seguro que era demasiado temprano porque el gato continuaba dormido y estirado panza arriba. Las farolas que no estaban rotas languidecían ante la efervescencia del amanecer. Los primeros tubos de escape esparcían la mierda casi radioactiva procedente de la combustión del motor, y la seguridad era tan alta por llevar incluido el airbag, YouTube, espejos retrovisores en todas las puertas y detectores de no movimiento del conductor, que en el caso de saltar el dispositivo sonaba una alarma muy parecida a la del tristemente famoso Titanic.

Por el otro lado de la ventana, y desde las privilegiadas vistas al mar Mediterráneo de una planta baja situada en el menos dos, el horizonte parecía más lejano y mucho más borroso que ayer, a pesar de utilizar unos fabulosos prismáticos por la parte que te acercan las cosas.

Tiré una piedra de seiscientos gramos al aire para comprobar de qué lado soplaba y en función del resultado quedarme en casa todo el día alternando la lectura de Música de cañerías: Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones o Por qué me huelen los sobacos; este último, de un autor desconocido, o al menos eso indicaba el libro. También podría ir de vez en cuando al váter y hacer espaguetis al horno y de segundo patatas en adobillo y arroz con pollo. El día se me antojaba largo, pero exageradamente estrecho. Como esos callejones que hay por los cascos antiguos de innumerables ciudades, por donde solo puede pasar una persona o incluso un animal. De manera que si, pongamos por caso, un caballo salvaje, un ñu o media docena de serpientes de cascabel iniciaran el trayecto antes que tú, según la normativa vigente respecto al uso de callejones, deberías pasar tú primero, aunque el sentido común apunta a que probablemente recibirías una buena patada y empujón, además de sendas picaduras que te llevarían a un estado catatónico, la ambulancia no llegaría a tiempo y aunque lo hiciera no podría acceder al callejón, y en consecuencia morirías obviamente por el covid-19.

En fin, creo que empezaré definitivamente el día como el protagonista de aquella magnifica y singular película, American Beauty, y no, no lo voy a contar porque alguno habrá por ahí que la tenga pendiente de ver y la sensatez me dice de no hacer spoiler, pero el otro lado del cerebro me dice, incluso me insiste, en hacer en cada momento lo contrario a lo que dicta la norma.

Fotograma de American Beauty, de 1999 (Fuente: Movieclips Classic Trailers / YouTube).

El protagonista, interpretado por el actor Kevin Spacey, vive en un contexto de una relación de pareja muy fría. A eso se suma que en el trabajo las cosas le van tan mal que incluso deciden despedirlo. Mientras el narrador nos cuenta todo esto con tres o cuatro escenas, el protagonista se mete en la ducha y se masturba al tiempo que dice: “Este es sin duda el mejor momento del día. Después de esto, todo va a peor”.

Puede que acabe mis días en un pueblo bucólico y no pare de pisar bostas de estiércol. Puede que les parezca truculento y que les parezca comedia pisar el asfalto como millones de personas cada día, cargados con sus relojes de las prisas, sus almuerzos de las prisas y sus encuentros amorosos de las prisas. Dicen por ahí que están investigando para que el embarazo sea mucho más corto, de nueve meses lo quieren pasar a dos meses. Argumentan las madres que no tienen tiempo de estar embarazadas tanto tiempo y con las cosas que tienen que hacer: la compra, la colada, trabajar fuera de casa y como no tienen ganas de follar, al menos hacerle una mamada o una paja a su pareja por lo menos hasta que pague la hipoteca.

Los días son así, son como nosotros, son como el agua de un río que siempre corre hacia abajo. Como las olas del mar que nunca se cansan de mojar. Los días son una mierda aunque no pares de llorar.

Bueno, lo dejo aquí, no quiero acabar con una actitud blanda o bovina. Como una lápida con las letras borradas.

Prefiero acabar diciendo: “Disfruta del pánico que te provoca tener la vida por delante”.

Me senté en el váter antes de las siete de la mañana. Empecé a eyacular, y lo hice durante veinte minutos. El café no paraba de subir y salpicar los azulejos blancos con cenefas preciosas blancas con motivos eróticos. Después de todo, la cocina es un lugar recurrente para practicar la escena de El cartero siempre llama dos veces.

Me puse frente al espejo dispuesto a verme por primera vez en diez años. El aspecto era dantesco; la barba se juntaba con los pelos del culo y las cejas daban la vuelta a mi cabeza en un grito de socorro. Los pelos de los sobacos protegían mis brazos del calor del verano y las uñas de los pies empezaban a arañar el mármol.

Fotografía: Peter H. (Fuente: Pixabay).

No sé muy bien por qué lo hice, cómo llegué a ese estado tan vulnerable, aunque si echo la vista atrás, seguro que todo esto tiene una explicación plausible. No me juzguen todavía, al menos tengo el derecho de explicar lo que pasó.

Lo recuerdo muy bien, todo empezó con un grano de pus, con un golondrino. La fiebre regaba la cama de matrimonio, aunque luego te divorcies y no le puedas cambiar el nombre. Llamé a un taxi desde la ventana mientras que la fiebre empapaba el empapador de fiebre; me dieron el número 532, no sabía que había tantos taxis en la ciudad. Me puse un kimono verde rana y unas chanclas de estar por casa, que suelo usar para todo, menos para estar por casa. Bajar del quinto piso no fue fácil. El ascensor no es que no funcionara, sino que según la normativa de construcción de aquella época –vete a saber cuál–, no era obligatorio dotar al edificio de ascensor aunque el promotor lo vendiera con calidades de primera.

Llegué a la puerta de urgencias en plena discusión con el taxista. Pretendía cobrarme veinticinco euros más por haber mojado la tapicería. Además la fiebre me provocó vómitos y flato porque cené habichuelas con chorizo de primer plato.

A la puerta de urgencias salió un celador gordito y bajito y muy cabrón. Le dije: “Please, una silla de ruedas, por favor”, y eso le cabreó mucho porque no hablaba inglés y se confundió.

Con todo, llego al registro, entrego mi tarjeta y me preguntan qué me pasa y les digo que estoy repleto de sobaco, “perdón”, les digo, “quiero decir repleto de pus y el grano”, y me lanzo y les cuento lo del ascensor y la legislación y la discusión y la cama de matrimonio y me dicen que espere por favor en la sala de espera, que tengo delante a un batallón.

Saco una lata de Coca-Cola de tanta desesperación y con la anilla me secciono el grano, me caigo al suelo no sé muy bien si redondo, pero me doy un leñazo de órdago y me parto una de las cejas, pierdo dos dientes y parte de la oreja derecha.

Ahora sí que me atienden de urgencias, el anestesista me opera y el cirujano no se aclara muy bien con la dosis de anestesia. Grito de dolor porque me han tumbado en el suelo de hormigón, al poco pierdo el conocimiento y solo me despierto cuando por alguna razón que desconozco a fecha de hoy me practican una anoscopia, sin crema Nivea, sin mostaza, sin consentimiento firmado por más que lo exija la propia legislación.

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Pablo Guillén

Pablo Guillén empezó a escribir hace algunos años. Un poco para escapar de la rutina de un trabajo que sólo le aportaba un salario. Nada más. Publicó durante algunos años artículos de opinión en un diario local y también participó en algunos encuentros literarios concursando y formando parte en distintas publicaciones.
Tiene tres libros de relatos publicados: “Sombras de luz y niebla”, “Reflejos frente al espejo” y “Lanzarse al vacío y otros relatos”.
Además, tiene el cajón repleto de historias que empujan cada día por nacer, pero la situación actual no es la mejor y como todo el mundo sabe, el dinero no crece por más que riegues esa jodida planta.
Actualmente está inmerso en un nuevo trabajo, sin duda más ambicioso y extenso: su primera novela, aunque declara sin tapujos que se mueve mejor en el mundo de los relatos y puede que le pase un poco como a Oscar Wilde, que sólo escribió una novela, “El retrato de Dorian Gray”.

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