Narrativa

Alarma de incendios

Imagen: Karen Nadine (Fuente: Pixabay).

Me levanto como si fuera otro día. Suena la alarma de incendios y me hago un poco el sueco y el remolón. Comienza a salir agua del techo y cojo el teléfono y me lo pongo encima de la cabeza. El agua sale tan fría a las cinco y cuarto de la mañana que por un momento siento mucha pena por los Eunucos. Luego cuando me enjabono con la esponja de algas marinas o la manopla de esparto las cosas se ponen en su sitio y hasta me aflijo una masturbación hasta las últimas consecuencias.

A veces la vida se va a la mierda y hay que tirar de la cadena varias veces para seguir utilizándola. Salgo de la ducha y abro un bote de crema facial que me dio un amigo porque estaba caducado tan solo cinco años. Supongo que me puedo fiar de Carlos y si me pasa algo como que se me hincha la cara, o se caen las cejas o las orejas se ponen planas como las alas de un avión o las tetas de María antes de operarse y ponerse unas buenas tetas. Si me pasa algo métanme en un DIU y todo. Nos untan tanto con cremas que no sentimos casi nada cuando nos operan de cataratas sin haber dilatado lo suficiente, aunque ese ojo no era el malo.

Supongo que casi todo el mundo se equivoca y sobre todo en vivir una vida que no soñaste y no quieres vivir.

Y te haces un selfie del culo antes de que te apliquen la anestesia. Puede que las cosas nunca sean como antes, casi siempre es así. Te casas, te divorcias, tienes un hijo, te subes a la cornisa de la noche y te asomas a la madrugada con dos copas de más o más y al asomarte ves que hay una parada de taxis y todo está lleno de taxímetros y no quieres tirarte, es decir, quieres tirarte pero no puedes acabar con la vida de un taxista que puede que tenga novia o este casado, o que sea gay ¿por qué no? y tenga una casa y una familia y puede que sea feliz, los ratos largos, muy largos que no lo es. Y no tienes valor para acabar con todas esas posibilidades de mierda, aunque lo llamen vida. Y te arrastras a rastras por la terraza repleta de gravilla de la gorda para alcanzar la salida. Los picos de las chinas se clavan en las piernas y el costado, la sangre pronto brota e impregna las paredes de los bordes. Desde una ventana del edificio colindante un grupo de estudiantes de tercero de siquiatría observa los detalles. Al lado, parece que es el profesor, les explica algunos elocuentes síntomas: trastorno de personalidad, complejo de Edipo, síndrome de Estocolmo, asesino en serie y taxista de noche. Los estudiantes quedan sorprendidos y se funden en elogios y aplausos plausibles. Al rato el taxista consigue abrir la terraza, aparcar y cobrar treinta pavos y volver a la parada.

Todo el mundo sabe que los taxistas conducen y además cuentan historias. A veces historias de otros viajeros, aunque tengan que respetar el protocolo de confidencialidad. No sé muy bien qué pasa con todo. No hablamos del CNI ni tampoco de la CIA ni de curas. Hoy casi todas las profesiones te hacen firmar y por escrito un contrato de confidencialidad. Qué trabajas en una gasolinera, confidencial que María la de las tetas gordas ponga gasolina cinco veces por semana y siempre de madrugada. Confidencial que Carlos compre preservativos de 24 unidades cada 24 aunque sea Nochebuena o la cremá de las Hogueras de San Juan.

En fin, todo se ha vuelto del revés creyendo que antes estaba del revés y va a llegar el momento en que no se podrá poner el nombre en el carnet de identidad, ni el nombre del muerto allí donde pace o se ponen las botas esos pequeños y asquerosos buitres.

Y como no hay dos sin tres, el trato personalizado, ¡joder! parece obvio que si te atiende una persona es personalizado, si fuera un perro se llamaría trato Caneado y en el caso que te atendiera una puta seria trato de prostíbulo que no tiene nada que ver con patíbulo. Bueno una cosa sí, que nos matan con tanta estupidez. Cuando conduzcas, conduce. Cuando comas, come. Díganme, ¿esto no es de tercero de siquiatría? y así es como se construye una sociedad con alarma de incendios aunque vivas en medio de la Antártida, dentro de un Iglú y con la corriente que hace.

Y a veces la vida rueda por lugares inhóspitos y bien rodeados de sociedad. Todo te recuerda un poco a la superficie lunar y tú estás aquí para subir al Apolo uno y descubrir cosas que se ven en plena luna llena.   

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Pablo Guillén

Pablo Guillén empezó a escribir hace algunos años. Un poco para escapar de la rutina de un trabajo que sólo le aportaba un salario. Nada más. Publicó durante algunos años artículos de opinión en un diario local y también participó en algunos encuentros literarios concursando y formando parte en distintas publicaciones.
Tiene tres libros de relatos publicados: “Sombras de luz y niebla”, “Reflejos frente al espejo” y “Lanzarse al vacío y otros relatos”.
Además, tiene el cajón repleto de historias que empujan cada día por nacer, pero la situación actual no es la mejor y como todo el mundo sabe, el dinero no crece por más que riegues esa jodida planta.
Actualmente está inmerso en un nuevo trabajo, sin duda más ambicioso y extenso: su primera novela, aunque declara sin tapujos que se mueve mejor en el mundo de los relatos y puede que le pase un poco como a Oscar Wilde, que sólo escribió una novela, “El retrato de Dorian Gray”.

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