A deshoras

Alicante, Barcala, el valenciano y la empanadilla de Móstoles

Portada de Los cinco libros del esforzado e invencible caballero Tirant lo Blanch, primera traducción al castellano, impresa por Diego de Gumiel, 1511 (Fuente: Cervantes Virtual, Wikimedia).

La Ley de Usos y Enseñanza del Valenciano fue aprobada por Las Cortes en 1983, cuando era conseller de Cultura Ciprià Císcar y Joan Lerma de presidente de la Generalitat. De ahí partieron las demarcaciones de predominio lingüístico y Alicante capital, con un uso muy deteriorado y aminorado del valenciano, quedó como demarcación valenciano-parlante: un gesto romántico. El PP (AP entonces) se abstuvo básicamente porque querían introducir el matiz de que el valenciano es lengua propia (frente al catalán): una polémica filológica estéril y que dio mucha guerra en su día. Vargas Llosa, nada sospechoso de panca, siempre ha dicho que el Tirant lo Blanch es una obra cumbre de la literatura en catalán. Eduardo Zaplana, en su segundo mandato, impulsó el matiz de que en la Comunidad Valenciana se habla una variante del tronco común lingüístico de la antigua Corona de Aragón. Elegante.

Desde noviembre de 1983 han pasado justo 37 años. Y han pasado Zaplana, José Luis Olivas, Francisco Camps y Alberto Fabra (1995-2015). Ninguno modificó ni una coma de la Ley de Usos de don Cipriano: y lo tuvieron a huevo con mayorías absolutísimas, salvo la primera legislatura en la que el de Benidorm se tuvo que apoyar en la extinta Unión Valenciana. Ni una coma. Por tanto, ninguno de ellos vio la necesidad de descatalogar Alicante capital como demarcación valenciano-parlante. Es más: fue con Zaplana cuando se impuso el requisito lingüístico del valenciano en la docencia, para los profesores de colegios e institutos, asunto en el que al PSPV-PSOE o no le dio tiempo (1983-1995) o no se atrevió. Todo esto son hechos. Subrayo: hechos.

Ha tenido que ser el partido que empieza por V y acaba por X el que ha llevado al pleno del Ayuntamiento de Alicante la propuesta, y por segunda vez, de desclasificar Alicante capital como de predominio valenciano-parlante. Y el PP, Luis Barcala, les ha apoyado rompiendo la tradición pepera de no tocar la Ley de Usos (más bien al contrario, la reforzó). Si hubiera seriedad política, Barcala ya estaría tardando en exigirle a Isabel Bonig que lleve a las Cortes Valencianas, que es quien tiene las competencias, similar debate. Lo mismo debería hacer el partido de Santiago y cierra España. Ninguno de los dos partidos lo ha hecho, y dudo que lo hagan. PP y V gamberrean en el pleno (contando en esta segunda ocasión con la empanadilla de Móstoles que lleva encima Cs, que la primera vez se opuso y ahora se abstiene) a sabiendas de que no hay consecuencias. Si mañana, es un decir, V reclama la presencia de la Armada, de la Legión, y de la OTAN, para impedir el acceso de personas migradas a Alicante, Barcala votará que sí en un ejercicio insufrible de relativismo: de entronización del “pensamiento líquido”. Alicante, “free city” de negros y moros, por fi. Hay que contentar a V en tal de aprobar los presupuestos. Digo inmigrantes, digo mendigos, digo mujeres prostituidas a pie de calle. ¡A por ellos!

No se podrá quejar Barcala de que su pariente político Carlos Mazón se le esté comiendo la tostada por los cuatro costados, como ya se subraya en todos los mentideros. Que la aritmética municipal sea endiablada (PP y Cs no suman mayoría absoluta por solo 1 edil) no justifica las cuestiones relatadas. Todo sea por contentar al partido de La Reconquista, riéndole las gracietas. No es eso. No. De los de la empanadilla de Móstoles, mejor me callo.

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Antonio Zardoya

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