Impulso irresistible

¿Volveremos un día de estos a estar en paz?

Fotografía: Enrique (Fuente: Pixabay).

Cuando una situación de guerra, de la que sólo se tienen imágenes de destrucciones pero pocos datos humanos o humanitarios, se sigue prolongando y nadie dice cuándo y cómo acabará; no es posible estar tan insensible durante un tiempo que ya nos va pareciendo muy largo y oscuro. No está muy lejano, pero sabemos que casi se puede tocar por tratarse de nuestro propio continente. Las imágenes que nos llegan de cómo se están cepillando viviendas y edificios históricos, y las agrupaciones de personas afectadas que se han quedado sin hogar y ahora han de ir desplazándose desde lugares alejados es todo lo que vemos. Aunque no es poco, y hay mucho terreno visual para imaginar posibilidades de salida y mejora, es bien cierto que todo se ha precipitado de mala manera y alcanzan a las autoridades supremas de ambos lados del conflicto en su moralidad y estado emocional, pues no estamos jugando a la guerra. Porque eso es en lo que está todo el territorio bélico combatiendo con espíritu destructor y asesino. Palabras que tampoco concuerdan con los tiempos democráticos o de buena civilización en los que todos cabemos; tiempos en los que ya no se admiten órdenes superiores que vayan en contra de un sumo hacedor que nos dio a todos los humanos potenciales inteligencias, que no se conforman en querer saber de qué pasta estamos hechos y cuán atrevidos somos recorriendo el mundo y saliendo de excursión por el espacio interestelar. A un universo plagado de estrellas, que nos van a dar mayores luces para verlo todo mucho mejor, y experimentar lo que es volar y navegar.

Esta guerra, que ya estaría fraguándose desde hace muchos años, en la actual situación, comenzó en la noche del 23 al 24 de febrero de 2022, un par de horas antes del amanecer. Comenzó con unas operaciones militares que daban paso a la invasión rusa de Ucrania y rompían (o se iniciaban) esos meses tensos de incertidumbre y desasosiego, con amenazas veladas y manifiestas que lanzaban Rusia y Ucrania, pero también la Unión Europea y los Estados Unidos. Ya la noche anterior, la del lunes 21 de febrero, el presidente Putin pronunció un discurso muy importante y lo hizo sin ayuda de papeles. Se suponía que simplemente iba a explicar por qué reconocía la independencia de un tercio de las provincias del Donetsk y Luhansk (la zona bajo control proruso desde hace años) pero sorprendió a todos al extenderse más bien en justificar que no sólo son rusas, sino que toda Ucrania es parte integrante de “nuestro país”.

Por su parte, el profesor Antonio Alonso Marcos, Universidad San Pablo-CEU, publica en el número de abril 2022 de Mundo Cristiano: “La desintegración de nuestro país unido fue provocada por errores históricos y estratégicos por parte de los líderes bolcheviques y la dirección del PCUS, errores cometidos en diferentes momentos en la construcción del Estado y en las políticas económicas y étnicas. El colapso de la Rusia histórica conocida como la URSS está en su conciencia”.

Es cierto que lo que hoy es Ucrania (o al menos lo era hasta hace una década) acabó de formarse durante la época soviética. Su último gran cambio fue la incorporación de Crimea en 1954 cuando, siguiendo lo que pareció un capricho de Jrushchov, Rusia se vio obligada a entregar dicha península a Ucrania. Nos dice Alonso Marcos que hay dos frases de Putin que pueden ayudar a entender mejor por qué no tolera que un estado como Ucrania, independiente desde 1991, decida sus destinos por sí sola: “La caída de la URSS fue la mayor tragedia geopolítica del siglo XX”. Lo que el presidente ruso viene a resumir en estas pocas palabras es todo el sentimiento de tragedia, de dolor, que él mismo sintió cuando contempló cómo se desmoronaba la gran superpotencia que hasta la llegada de Gorbachov había sido la URSS. Pero cuidado: Putin no echa de menos el comunismo, ni como sistema político-ideológico ni económico. Se siente nostalgia del poderío ruso, de cuando Rusia tenía una voz respetada e incluso temida en el escenario mundial. El rechazo que le produce recordar los humillantes momentos en los que parecía que Yeltsin era una marioneta de Bill Clinton es prácticamente indescriptible.

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Demetrio Mallebrera

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