Impulso irresistible

La fuerza contemplativa del ser humano

Fotografía: Janusz Walczak (Fuente: Pixabay).

El ser humano es contemplativo; estamos hechos así, y esto nos sobrepasa muchas veces, acostumbrados como estamos a que parezca que nada urgente nos pasa, que nadie nos ataca con malsana intención, que no sucede lo que vemos en las películas para conmovernos, puesto que ahí ya se produce un aviso. Ser contemplativo, además de usarse para designar y definir a la gente, es la consecuencia de observar y consentir, y luego interiorizar lo que se va convirtiendo en sentimiento, que busca razones y explicaciones sencillas y que encajen con nuestra visión del mundo. Muchos creerán que, si entra en nuestra pequeña pantalla del ojo que siempre está enfadado o no duerme lo suficiente, eso de recrearse es más que otra cosa, una actitud, una toma de posición, un no querer saber nada de nada o un saberlo todo para igualmente no enterarse de nada. Pero esta expresión va más cargada de emociones que de visiones o hechos. Contemplación es miramiento, que se hace a veces sin querer por culpa de la fuerza de los hechos y las manifestaciones que a la visión acompañan con nuevas luces; unas llamadas acerca del fenómeno de experimentar a la vez una especie de sacudidas emocionales a punto de derramarse por todas partes, y transmitir como relámpagos unos efectos que normalmente traduce en nuestro lenguaje el fogonazo y la descarga, que facilitará en cada iris su interpretación personal; una interpretación que pasa por parecernos bueno o malo según nos afecte emocionalmente, sin olvidar que ha de llamarnos la atención sin que sea necesario ningún otro estallido forzado.

Los expertos en estas cuestiones nos repiten que la contemplación es una necesidad humana hasta el punto de considerarnos incompletos, cercenados en nuestro espíritu y en nuestra aspiración superior a respirar la belleza y la verdad del universo que nos rodea, “probablemente como una huella primigenia que desde nuestro corazón nos alienta a alzarnos hacia el cielo en busca de la verdad suprema, y en busca de Dios. El estudio y la contemplación de la naturaleza” es hallazgo de Cicerón, “es el alimento natural de la inteligencia y del corazón”. Sin tener a nuestra disposición, a mano, la contemplación, alzar el vuelo es imposible. Pero también es imposible comprender el mundo, que es mucho más que sabérselo de memoria. El escritor Itxu Díaz ha dicho que es frecuente en nuestra época encontrar expertos en diferentes disciplinas artísticas que lo saben todo, que absolutamente todo está en su cabeza, y si no, en la Wikipedia, a la que acuden en seguida. Y, sin embargo, frente a la obra en sí, mirando fijamente a los ojos de un cuadro o de una canción, son incapaces de conmoverse siquiera levemente. Es tal su pobreza, nuestra pobreza. Como siempre, casi todo está en los clásicos, como Santo Tomás, el erudito entre los eruditos, quien había dicho que aprendió más de su capacidad de contemplación que de sus horas de estudio.

Fotografía: Pexels (Fuente: Pixabay).

Parte del ritual de la madurez de la adolescencia consiste en aprender a mirar y admirar cosas que antes no veíamos: la belleza de una mujer, la melancolía de una puesta de sol contemplada desde la orilla del mar, el tiempo perdido sin más en una estación de tren, tantas horas de amistad a veces silenciosas compartidas paseando por la ciudad en compañía los amigos, o viendo evaporarse unas cañas a las primeras sombras de la tarde. Nuestros sentidos se abren así poco a poco a una suerte de conmoción. Nos estremecen por primera vez sensaciones desconocidas. Sensaciones de adultos… Es, no obstante, en la adolescencia cuando podemos pararnos por primera vez a dejarnos invadir por una canción; podemos también pasarnos horas en el mar contemplando las idas y venidas de la chica que nos gusta, podemos sentir la emoción de los últimos días de verano y ponernos a soñar con conquistar el mundo en el área que nos entusiasma, y podemos echar de menos a alguien con la imagen y brillo de ser la persona siempre soñada que nos hará conocer las mieles de algo que no se nos puede olvidar: el amor, con el que mirar hacia el futuro.

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Demetrio Mallebrera

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  • Querido Demetrio: Me parece que te ha brotado uno de los artículos más bellos. Un abrazo.

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