Una publicación de la Asociación de Periodistas de la Provincia de Alicante

Sociedad

Vayan al circo

Los acróbatas del Circo Raluy Legacy representan la quinta generación de la familia circense (HdL).

Como muchos de ustedes, crecí viendo a los Payasos de la Tele, la película de Dumbo de Disney con su fantástica recreación del mundo del circo, y en una de mis series de libros favorita de niña, Puck de Lisbeth Werner, la intrépida protagonista danesa entablaba amistad con una joven circense y juntas resolvían la misteriosa trama que afectaba a empleados del espectáculo (Puck obra bien, creo recordar era el título en cuestión). Y, por supuesto, visité varios circos de niña. Y de la niñez y de ese fantástico mundo del circo quería hablarles hoy.

El viernes tuve la oportunidad de asistir al Circo Raluy Legacy que, contra lluvia y viento, vuelve a instalarse en la ciudad de Alicante, como hizo ya hace dos años en la Avenida de Doctor Rico, y mientras miraba los resultados de lo que imagino unos entrenamientos diarios exhaustivos y un amoroso mantenimiento de sus instalaciones bajo la carpa, sentí la maravilla de lo que somos capaces los hombres (me incluyo en el “somos” por pertenecer a la especie, no porque sea capaz de aproximarme ni remotamente a lo que vi).

Bajo el nombre de Cyborg, el nuevo espectáculo nos recuerda algo fundamental en esta época digital y de dispositivos, rescata algo único del hombre: soñar. Y a través de una contorsionista imposible, de gauchos danzarines, de un estremecedor espectáculo de motos, de observar a las dos hermanas Louisa y Kerry Ralouy (únicas mujeres propietarias de un circo en toda Europa, olé por ellas) escalar una estructura subidas en sendas pelotas de pilates, de admirar a Niedziela y Emily exhibiendo su adagio con patines, a Benicio y Charmelle y sus elegantes acrobacias en el columpio, o a Dimitri enterneciéndonos los corazones con sus divertidos y entrañables monólogos y mucho, mucho más a lo largo de dos intensísimas horas, una siente hasta físicamente ese poder intangible que solo da la escena, ese algo especial que experimentamos ante el talento ajeno, ese anhelo de lo inalcanzable pero que es nuestro porque nos lo están regalando en una donación absoluta y generosa ya que el show para estos artistas siempre siempre must go on. Lo llevan en la sangre. Y se nota.

Traspasar la verja del Circo Raluy Legacy, donde sus peculiares caravanas restauradas son auténticas piezas de museo, nos devuelve a ese mundo de nuestra infancia al que solo se nos permite asomarnos puntualmente tras pagar el irrisorio precio de una media de 12 euros por entrada. ¿Qué precio pones no solo al entretenimiento, sino a sacarte un rato del trabajo y los problemas, el cansancio y las dificultades, recordarte que hay y eres algo más y devolverte la fe, la ilusión, el anhelo y la posibilidad?

Vayan al circo. Háganse niños por un rato y mantengan la llama de la ilusión.

Marisa Ayesta

Periodista y escritora.

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