El otro día tuve el honor de ser invitado al espacio que esta casa, la APPA, institución editora de la Hoja del Lunes, tenía en los jardines de la Diputación de Alicante: un racó por las fiestas de San Juan. Fue un rato muy agradable donde ver viejos amigos, ponerles cara a otros y disfrutar de un gran ambiente… ¡a pesar del calor! Y para mitigarlo, además de los refrescos que no faltaron en ningún momento, nuestra compañera Marisa apareció con un artilugio muy simpático que pulverizaba agua, una suerte de espray al que se le ha puesto un pequeño ventilador. El resultado era asombroso y me dije: ¡vamos a intentar explicar cómo funciona sin entrar, casi, en unos cuantos conceptos físicos que hagan entendible la explicación de la cosa como “punto de rocío”, “humedad relativa”, “humedad absoluta”, “calor latente”, “presión de vapor”, “gradiente térmico”! Uffffff!!!!!!! A ver cómo me sale esto. Ya me lo diréis en los comentarios.
Y es que enfriar es una cuestión técnicamente difícil y cara en términos de energía. La calefacción en mil variantes es una solución muy antigua, casi desde la invención del fuego. La refrigeración es un invento “moderno” y su difusión mucho más. Yo he conocido la vida sin nevera. Había fábricas de hielo, que comprábamos cuando había que mantener algo especialmente frío, por conservación o por placer. Y todas las casas tenían un sitio habilitado para que ese hielo se conservara el mayor tiempo posible. Era la fresquera o así la llamábamos. Aparte estaban los botijos. Ahora, difícilmente tenemos problemas para conseguir bebida fría en cualquier momento y lugar. Hasta puede que alguien nunca haya bebido de un botijo. El aire acondicionado era tan ciencia ficción en mi niñez como los móviles.
En resumen, un botijo es una vasija de barro porosa, casi cerrada y de forma rechoncha con una base plana para poder apoyarlo. En la parte superior dispone de un asa con forma de anilla para moverlo cómodamente y dos aperturas, una más grande a modo de embudo para llenarlo y otra con forma de pitorro por el que se bebe.
No parece mucha ciencia, así que… ¿Dónde está el truco? ¿Qué hace que esa vasija de barro, y no otra, enfríe agua? ¿Es la forma, las aperturas, el tamaño, el barro? Veréis, son necesarios unos apuntes, que prometo simples, para entender los procesos que permiten el milagro.
Una sustancia, cuando cambia de estado físico, necesita tomar o ceder calor. Por ejemplo, si vamos enfriando agua, al llegar a 0 ºC “quiere” ser sólida pero necesita ceder calor para solidificarse. Este calor se llama “calor latente” y va asociado a cualquier cambio de estado. Ese mismo hielo tendrá que tomar calor (el mismo que cedió para solidificarse) para derretirse y ese calor no modifica la temperatura. Igual de líquido a gas y al revés.
Otra observación. Aunque sabemos que el agua entra en ebullición a 100 ºC estamos hartos de ver cómo se seca un charco, o cómo se seca la ropa. Y evidentemente no están a 100 ºC —sería muy desagradable—. Eso se debe a que siempre que hay un líquido, una pequeña parte de él está en fase gaseosa. Eso se llama presión de vapor y depende de varios factores, pero si hay agua, hay vapor de agua. Si hay mercurio líquido (esencialmente inocuo) hay vapor de mercurio (peligrosísimo, casi mortal). En resumen si hay líquido, hay algo de ese líquido en estado gaseoso en contacto con él.

Si unís los dos párrafos anteriores veréis que si hay un líquido, éste se está evaporando constantemente (presión de vapor) y que para evaporarse necesita tomar calor, tanto como sea su “calor latente”. Vamos avanzando. Si os fijáis en mi somera descripción de botijo veréis un nada inocente adjetivo dedicado al barro: “poroso”. Esta es buena parte de la clave. La gente dice que el botijo “suda”. Un botijo esmaltado se convierte en un florero “raro” porque hemos sellado el poro… o un pisapapeles enorme.
Efectivamente, el barro necesariamente poroso con el que está construido se va impregnado del agua de su interior. Cuando llega al exterior de la pared, la que está en contacto con el aire, ese agua se empieza a evaporar por el mecanismo de presión de vapor (esto depende muchísimo de la humedad relativa, pero a eso aludiré más tarde), y para evaporarse necesita tomar calor. ¿Y de dónde toma ese calor? ¡Voilà! Pues del almacén que está más próximo y más concentrado, del agua del botijo. Al tomar calor del agua esta se enfría. Y no es “moco de pavo”. Unas 600 calorías por cada gramo de agua que se evapora. Eso posibilita que se puedan conseguir descensos de unos 8-10 ºC entre la temperatura ambiente y la del agua del botijo. Para un trabajador del campo, de la construcción o para cualquier actividad que necesite hidratarse es una bendición ir al botijo y notar esa agua que notará fresca y sana, porque es, además, la más sana de las temperaturas posibles para beber.
Para que todo funcione mejor es interesante poner el botijo a la sombra (para que la temperatura exterior en su entorno sea lo más baja posible) y lo mejor ventilado posible (para que al evaporarse el agua ese vapor se vaya y continúe el ciclo de evaporación). Por eso están frecuentemente colgados y existe esa gran anilla que comenté y, por último, y eso ya es más difícil de controlar, en un sitio lo más seco posible. Cuanto más seco sea el aire, mayor es su capacidad de “secar” y, con nuestro aparato secar es evaporar, y evaporar es enfriar.
Hay ya otras cuestiones que han mejorado el rendimiento. La geometría redondeada mejora las superficies de intercambio. El tipo de arcilla y la técnica de horneado del barro determinan la porosidad hasta encontrar el punto óptimo. Hay que tener cierto cuidado, una arcilla demasiado porosa puede enfriar más pero, todo tiene un precio, ya lo saben, a costa de una evaporación más rápida. En menos tiempo del que desearías te podrías quedar sin agua en el botijo.
Bueno, no sé si he conseguido explicar el mecanismo de un botijo. ¡Ya me diréis!
Por dar más detalles, este “mecanismo” explica muchas cosas que tienen que ver con la refrigeración o con la sensación de fresco. Sudar no es más que hacer funcionar nuestra piel como la pared del botijo. Además de la función secretora (bueno y la aportación a la fragancia), la evaporación del sudor nos refrigera. En cuanto elevamos nuestra temperatura por cualquier causa, normalmente ejercicio, el cuerpo se pone a sudar. A evaporar y…. eso es refrigerar.

Y mirad si no un ventilador. Te pones delante de un ventilador (o de un abanico que tanto da) para que el aire a cierta velocidad te roce la piel y tú sientas fresco. Es evidente que el aire que te lanza el ventilador tiene la misma temperatura que el del resto de la habitación. Pero, ¿qué pasa? Pasa que el aire con velocidad arrastra el vapor de agua recién producido en tu piel y lo sustituye por aire nuevo mucho más seco. En ese momento, con aire más seco, se evapora más sudor y tú notas fresco por el calor que esa nueva evaporación extrae de tu cuerpo.
Con matices, esta es la propiedad física que utilizan casi todos los equipos de refrigeración actuales. Claro que he simplificado tanto la explicación que todo serían matices. Como no lo va a leer ningún técnico (y si lo hace seguro que perdonará la falta de rigor) no me colgarán en la plaza pública. Y si lo lee espero que me dé la oportunidad de explicarme más.
Afortunadamente mucho antes de saber por qué, mucho genio anónimo de entre nuestros ancestros se dieron cuenta de estas propiedades y encontraron la mejor forma y tamaño, la mejor arcilla y el mejor punto de cocción del barro para lograr los óptimos resultados del que todos hemos disfrutado.
Estás trabajando o jugando al sol a 40 ºC, que corresponden a unos 30ºC a la sombra. Pero has tenido el cuidado de colgar un botijo en la rama o en la sombra de un árbol. Cuando bebas tendrás agua a 20ºC. ¿No es maravilloso? Y qué simple ¿verdad?… ¿o ya no tanto?













La explicación sencilla a un hecho físico tambien sencillo (pero menos) te hace ganar más mi admiración, estimado Juanjo.
A mis 89 años ignoraba cuanto tú sabes, Juanjo, sobre el botijo. De pequeño (y menos renacuajo) lo tenía por todas partes: en la casa, en la era, en la galera para acarrear la mies, en el chozo para vigilar el melonar… Y siempre, como dices, a la sombra y bien aireado. Te admiro casi tanto como Anastasio.
Muchas gracias, Ramón. La verdad, resulta divertido escribir sobre estas pequeñas cosas que decimos y usamos pero en las que, rara vez, reparamos.
Gracias, Anastasio. Siempre tan generoso conmigo.