Es significativo que el realismo mágico no haya calado tanto en la literatura cubana porque ya el propio país vive dentro de su propia fantasía cotidiana. Que su gente sobreviva ante tales carencias y penalidades convierte a los cubanos en auténticos Buendía. Cuba es el José Arcadio Buendía de García Márquez cuya energía nace del idealismo y de su deseo de ordenar el caos, pero también la isla es su propia némesis al encadenarse al árbol, retener el tiempo y hacer que sus sueños de una nación libre e igualitaria se ahoguen. Que lleva camino de sus propios cien años de soledad no es un simple juego de palabras. Y para colmo ahora llega Trump repartiendo libertades.
La lectura de esta novela, Morir en la arena, te exigirá acompañarla con una bebida. Beberás mucho café, de tueste intenso y, si tienes dieciocho años —confirma tu edad con el botón derecho del ratón—, podrás saborearlo con algún roncito. Sé moderado. Yo escogí la opción primera. Yo leí el libro durante las primeras horas del día, donde aquí era de madrugada pero, sin embargo, me permitía ser saludado por la brisa del Malecón. Es un libro muy cafetero, muy aromático, aunque como ya digo, el ron ejerce también su poder embriagador. El primero aferra al cubano a su tierra. Su permanencia a una cotidianidad que refleja su resistencia ante la dureza del entorno social y político. Por contra, el ron. Los personajes lo consumirán para navegar por un mundo de evasión y escape. Se trata de un anestésico frente a la frustración. En conjunto, café y ron participan de una partida de ajedrez en la que se enfrentan los obstinados en seguir viviendo en la isla frente a los que se evaden en busca de un punto de fuga. Uno de los personajes de la novela menciona en algún momento que existen dos tipos de cubanos: “los que se han ido y los que se irán”. Parece curioso que Cuba, siendo sobre el papel uno de los países menos religiosos —religiones convencionales— del mapa, hoy esté viviendo su propio purgatorio donde nada es lo que parece, excepto un estado de ánimo: la desilusión. La isla de Cuba navega a la deriva. El comunismo fue su brújula durante unos cuantos años, su motor para despertar cada día, pero la caída de la Unión Soviética y del muro de Berlín hizo que Caronte, el Caronte de Patinir, se lanzara al agua para ser engullido por lo abisal. Hoy, la laguna Estigia alcanza dimensión de océano y lo que en un principio iba a ser una navegación placentera hacia la utopía, cambia de rumbo, se aleja de su horizonte y se deja vencer por la distopía. Interesante también será preguntarse por qué, como dije anteriormente, en un país como este, está emergiendo con fuerza la influencia de la santería y sus enriquecidos y poderosos sacerdotes, llamados babalawos. Tal vez, donde ya no hay esperanza, sólo queda creer.
La novela narra un hecho real que Padura conoció desde sus años mozos: un parricidio. Este hecho deleznable servirá para darnos a conocer la vida de dos hermanos. Geni fue quien mató al padre y cumplió condena durante treinta años en la cárcel; y Rodolfo, su hermano, respetado, quien disfrutó de una infancia placentera al separarse de Geni y de sus padres para irse a vivir con sus abuelos. A partir de aquí, encuentren similitudes bíblicas con Abel y Caín. Tómense si gustan un segundo café —si su tensión se lo permite— y compaginen su lectura con el Abel Sánchez de Unamuno. Un librito breve, pero intenso en el que se narra también la vida de dos hermanos —Abel y Joaquín— trasuntos, igualmente, de los personajes adánicos. Advertencia: tanto en una como en la otra novela tenderemos a polarizar a los personajes categorizándolos en el bueno y el malo —nos faltaría “el feo” para hacer un chiste cinematográfico—, pero para Padura no existen absolutos, sino deformaciones de la realidad que comprenden una dilatación y una contracción de los puntos de mira. De aquí recuperamos la idea principal de que Cuba podría ser -per se- un reflejo de ese paraíso fallido que era el Macondo de García Márquez. Imperfecto porque se construye con ideales y sueños que, en el momento que son tocados por el pecado humano, se diluyen. Su fracaso encarna la tragedia de América Latina: la búsqueda de un futuro luminoso atrapado en su propio laberinto político. No obstante, quisiera tildar que Padura encuentra inocencia -incluso ternura- en el asesino, mientras que su hermano se deja vestir de cierta insensibilidad. No quisiera meterme en jardines ni convertirme, Dios me libre, en abogado defensor de un parricida. Ya sólo me faltaba eso en esta reseña. Primero casi incitar al alcoholismo y ahora redentor de criminales. ¡Un abrazo, papá! ¡No hagas caso a estas últimas líneas!

Retomando la historia, es evidente que la novela admite también un segundo plano de pensamiento. Que los protagonistas de Morir en la arena se pueden perfilar desde diferentes ángulos es evidente, sin embargo, hay una cierta fuerza centrípeta que justifica sus acciones. La novela de Padura adquiere tintes propios del naturalismo francés. Su gran apuesta teórica es el determinismo. El gran hermano que todo lo ve revela que el ser humano no es libre. Sus actos son dirigidos por el medio en el que se mueve. Haber separado a Rodolfo de sus padres y de su hermano le permitió no caer en las garras de los bajos instintos. Dejo aquí de nuevo una nota al pie de la página para reiterar que no todo es como parece y que la inacción no es síntoma de paz y que la neutralidad es, a veces, una silueta con forma de ave carroñera. Abro y cierro un nuevo y distinto hilo aquí: ¿Qué me dicen de la imparcialidad de Suiza? Bonitos bancos (no los de sentarse). Salgo de este otro embrollo en el que me he metido.
Camino distinto corrió Geni que se mantuvo al otro lado del muro. Un muro real y simbólico. Un muro que separó su casa en dos para aislarlo de su hermano y abuelos, mientras él se quedó a vivir con sus padres; y un muro que se derrumbó que fue el de Berlín que lo vivió y lo cruzó. Como veis, se intercalan algunos de los acontecimientos más reveladores de una Cuba sin rumbo. Igual que Rodolfo que participó en la guerra de Angola y que le produjo una neurosis que le hizo regresar de un infierno extraño al suyo. Dicho ello, cualquier recorrido por la vida de estos dos personajes -nos faltaría añadir a Nora también- dan pie al asesinato de Cuba, de la madre patria, un matricidio por lo que, si muchos ven en esta novela el parricidio su eje fecundatorio, la ausencia de la madre será el destino final de esta deriva anatémica. El comunismo y el hecho de jugar a ser religión convierte al cubano en huérfano sin padre ni madre —o con un padre todopoderoso y déspota como le sucede a Geni— que vaga por ese pequeño pedazo de tierra cuyo capitán anda enfangado en sus miserias.

Ojalá Cuba pueda romper algún día el hechizo de su propio Macondo. Ojalá sigan elaborando el café fuerte e intenso, pero no necesario para resistir; y que su ron vuelva a ser celebración y no refugio. Que el progreso, por favor, no llegue disfrazado de salvación. Cuba no necesita ningún mesías norteamericano de tupé oxigenado. Necesita dignidad y la posibilidad de construir bienestar. Y, sobre todo, necesita cronistas como Padura que escriban magníficos libros en los que Cuba no se haya de disolver en el ruido. Que detrás de cada apagón, hay una biografía. Detrás de cada salida, una despedida y detrás de cada silencio, una vida rota. Mientras haya quien cuente Cuba así, la isla no estará del todo perdida en la inmensidad del océano. Más paduras.













Gran ejercicio literario el de tu artículo y sutil condena -creo- del comunismo castrista y castrador de los ideales profundos del gran pueblo cubano, tan injustamente masacrado. ¿Quousque tandem Catilina..?
Si lo ha de ser, perfecto, genial, no caben medias tintas; pero siempre con el beneplácito y bienestar del pueblo cubano por delante. Muchas gracias por tus amables palabras.
*el cambio