Una publicación de la Asociación de Periodistas de la Provincia de Alicante

Libros

Buscando a Paul Auster, encontré a Siri Hustvedt

Hay muchas razones por las cuales me gustaría permanecer aislado dentro de una cámara hiperbárica, pero una de las principales tiene que ver con la lectura de este libro. Lo terminé hace apenas un día, pero quiero que se mantenga su recuerdo en mí. Sería injusto y desleal devolverlo a la estantería junto con el resto de los libros y fingir que ha sido uno más. Quiero prolongar un poco más su compañía y, sobre todo, mantener en mi memoria aquello con lo que he ido conviviendo. Me estoy refiriendo a Historias de fantasmas, de Siri Hustvedt, su último libro, recién publicado hará unas semanas, en el que recupera todo aquello que ha ido tejiendo una identidad junto a su marido fallecido hace ahora un par de años.

Siri Hustvedt fue Premio Princesa de Asturias de las Letras en el año 2019 y su marido, Paul Auster, galardonado con el mismo trece años antes. Podríamos considerarlos los Marie y Pierre Curie de las letras, por eso de ser un matrimonio compartiendo oficio y éxitos, pero también por cierta injusticia histórica. Durante mucho tiempo, Siri ha sido presentada como “la mujer de”, del mismo modo que le sucedía a Marie Curie al iluminar el mundo con el radio y polonio. Lo más irónico de todo es que ha sido precisamente Siri Hustvedt quien nos ofrezca el retrato más humano y verdadero de Paul Auster.

Brooklyn Diner, Nueva York. 2024. Fotografía de Frank Schulenburg (Fuente: Wikimedia).

Paul Auster murió en 2024 y una parte de mi juventud se fue con él sin yo saberlo. Ha sido necesario que Siri Hustvedt escribiera este libro, Historias de fantasmas, para que comprendiera hasta qué punto seguía formando parte de mi educación sentimental como lector. Se ha querido vender como un libro sobre el duelo, pero creo, más bien, que es todo lo contrario, un libro de amor. El duelo, por su parte, confunde porque nos obliga a mirar hacia atrás en lugar de hacia delante, que sería lo lógico.

Paul Auster ha sido uno de mis escritores de cabecera durante mis primeros años universitarios. Me hubiera gustado no sólo escribir como él, sino vivir como él. Tenía la impresión de que Paul Auster era la versión esbelta, seria y mejor peinada de Woody Allen. Que en ambos se esconde esa mezcla de socarronería, azar e inteligencia propia de la tradición judía es evidente, aunque el pelirrojo explote más la veta humorística.

Siri Hustvedt en la Feria del Libro de Madrid. 30 de mayo de2026. Fotografía de Moniquiña (Fuente: Wikimedia).

Lo primero que leí de Auster fue La trilogía de Nueva York, cuyo juego entre ficción y realidad impactó sobre mi candidez. Luego supe que tenía un nombre: metaliteratura. Con Paul me hice mayor, pero la historia se repite y los que viven bajo el amparo de un maestro se vuelven, a veces, unos desagradecidos. Yo fui uno de los que se alejaron. Auster me había ofrecido viajar con él a Brooklyn, pero esta, en verdad, era una pequeña escala antes de aterrizar en El País de Nunca Jamás. De nunca jamás sin un libro. Luego lo abandoné como se abandonan tantas pasiones. Y digo más, lo desprecié. Incluso sentí algo de vergüenza por haber disfrutado de su Brooklyn Follies o Leviatán. En estos últimos años, lo recuperé con dos de sus últimas novelas 4, 3, 2, 1 y Baumgartner. Él me seguía esperando.

Toda esta parrafada para querer volver como hijo pródigo y disculparme. En las páginas de este libro se entrecruzarán tiempos, voces y estilos. Este tipo de literatura testimonial al que pertenece Historias de fantasmas me ha causado en numerosas ocasiones cierta desilusión. Al ser tan íntimas y personales, el escritor opta por el camino entre calidad literaria o emotividad. Con frecuencia una termina devorando a la otra. O estamos a setas o estamos a Rolex, que dice el chiste. Por lo general, la elección lógica es la segunda: libros muy conmovedores y sinceros, pero cojos estilísticamente. Una vez que se alcanza el grado reglamentario de acongojamiento, el libro empieza a girar sobre la misma pena y yo pierdo interés. Este era mi miedo, junto con el de tropezarme con el fantasma de Paul Auster. Hustvedt y el fantasma de su marido consiguen despejar rápidamente este temor.

No se tratará únicamente de unas memorias, sino de mucho más porque en ella leeremos la voz de Siri, también la de Paul e, incluso, a mí mismo, narrándome mis recuerdos. Nos convertiremos en voyeurs intimando con su correspondencia. Entraremos con su permiso en el diario de Siri Hustvedt. Reviviremos los últimos meses con su marido y se nos desvelarán breves anotaciones del propio Paul sobre aquello que concierne a su vida privada y profesional. Todo ello con el fin de radiografiar una vida en común que envuelve siempre la afirmación de que uno más uno puede ser en literatura tres.  Entre las últimas decisiones de Paul Auster estará regalar unas emotivas cartas para su nieto recién nacido en las que contará quiénes eran sus padres y abuelos. Su intención, sabiéndose que el tiempo apremiaba, era darle, a modo de herencia, la perspectiva vital de un abuelo al cual no iba a conocer. Una muerte que por momentos parece que se va a batir en retirada, pero que lo único que pretendía era coger impulso.

Sin embargo, Paul está más vivo que nunca entre estas páginas. Con una notable entereza, ajeno a cualquier sentimentalismo, reaparece acompañado de toda su familia, pero también de libros y de memoria. El fantasma de Paul Auster no viene más que a fumarse un cigarro —ahora que puede—, sentarse en su sillón y revelar que el fantasma también eres tú porque entras en su vida silenciosamente, asistes a conversaciones familiares y acabas recorriendo las cuatro plantas de la casa familiar de Brooklyn. Durante unas horas eres tú la presencia silenciosa que observa, acompaña y comparte el duelo desde una prudente distancia. [¿Otra vez el final del Sexto sentido? Siri Hustvedt, al igual que Shyamalan, lleva varios capítulos dejándote pistas de que los fantasmas no sólo son quienes nosotros creíamos»].

Paul Auster en el Brooklyn Book Festival en 2010. Fotografía de David Shankbone (Fuente: Wikimedia).

Mientras tanto, mi lectura avanzará con un cierto estrabismo. Un ojo leerá a Siri y a Paul, haciéndome sentir culpable por tanta ingratitud, y el otro a mí, a ese joven medio melenudo —hoy calvo— que volvía a casa para encerrarse en su habitación con la nueva novela del de Nueva Jersey. Siri ha conseguido con este libro recuperar al lector que fui cuando lo descubrí por primera vez. [Ojalá también consiguiera que recuperara ese flequillo británico sin pasar por la clínica turca de Ronaldo, pero eso ya es otro flequillo, digo cantar]. Ojalá pudiera regresar a ese Nueva York de finales del XX y principios XXI en los que me adentraba también en librerías y cines donde Paul me descubría películas y libros hasta ese momento desconocidas. Quiero ser un personaje más de esas películas clásicas que tanto gustaban a Paul Auster. [¡Que sí, Woody —me está llamando por la otra línea Woody Allen—! Que también quiero formar parte del elenco de tus películas. No lo he mencionado antes, porque se daba por sobreentendido… ¿Como “el hombre desenfocado”? Perfecto. Cuelga, Woody].

Una de las ideas más interesantes que se ha planteado en este libro es, en verdad, una pregunta. ¿Qué le sucede a Siri Hustvedt cuando muere su marido? Porque, aunque no he hecho más que hablar de él, el libro en gran medida trata de ella. La muerte de Paul Auster no es un singular, sino un plural: es Siri y Paul. Con él muere una letra, una conjunción, pero por contra, una cópula, un sentido de anexión y complicidad: la “Y”. ¿Qué permanece cuando una mitad de la conversación queda sin interlocutor? Durante cuarenta y tres años, Paul era también una parte de Siri y Siri de Paul. Una letra; ahora una devastación. Un eslabón sin cerrar por donde silba la vida que se escapa.

Siri se pregunta qué ha de hacer ahora con todas esas palabras que se han quedado en ella, con un nieto que sólo conocerá a su abuela materna. Qué es de esa tercera identidad conjunta que han levantado durante cuatro décadas entre ellos dos. Por lo pronto, este libro servirá para completar los huecos que Paul Auster ha dejado en Siri y en su familia. Y en mí, sin yo saberlo hasta ahora. Acercas el oído y se psicofonizan los recuerdos, pensamientos y gestos. Y como si de un espejo se tratase, yo me veo proyectado en ese estudiante greñudo de Filología, cuyo pelo quedó en eso: en una historia de fantasmas.

Luis Marín Franco

Un lector. Mi propósito consiste en demostrar que la vida real únicamente se encuentra en la ficción.

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