Al paso

‘Que sea lo que Dios quiera’ y algo más sobre la pandemia

Imagen: Pete Linforth (Fuente: Pixabay).

Dios creó al hombre y éste tiene la obligación de cuidar la naturaleza y especialmente a sus congéneres en libertad

No es que vaya a quejarme de cómo lleva Dios las riendas de la Creación, es decir, de todo lo visible y de lo invisible. Pero, a veces, cuesta ver la mano de la Providencia, por ejemplo en las catástrofes provocadas por la naturaleza sea en forma de terremotos, de inundaciones o de pandemias en especial cuando unos y otras causan muertes y más muertes llevando el dolor a la gente y también el miedo. Miedo a la pandemia y miedo a las dictaduras, sobre todo a la del proletariado, que nunca es del proletariado sino de unos pocos desaprensivos que embaucan al proletario para que los lleve al poder y luego lo dejan con el culo al aire. Hacen a todo el mundo camarada empobrecido. Si te vi no me acuerdo. Y si se acuerda es para llevarse por delante miles o millones de vidas, las que hagan falta.

Teníamos una democracia consolidada hasta que el ‘inocente’ de Pedro Sánchez llevó a los comunistas de Pablo Iglesias al Gobierno. Se ha envalentonado el podemita y, a la vez que deja la vicepresidencia, amenaza a la derecha de esta guisa: “No vamos a permitir que ustedes traigan una dictadura a nuestra patria”. Las carcajadas se están oyendo hasta en el infierno. Pero si fue la derecha de Suárez y Fraga la que tiene el principal mérito de haber traído la democracia. En estos días, la pandemia y la dictadura de Iglesias son los dos grandes males de España. Y somos todos los españoles (con la ayuda de Dios, si se la pedimos) los que tenemos que acabar con la covid-19 y ese virus letal que es el comunismo.

Jesús no explicó de dónde vienen las desgracias, pero sí dijo de dónde no proceden; no vienen de Dios, que es solo bondad y misericordia y no quiere ningún mal para el hombre. Por eso, atribuirle la autoría de alguna desgracia para el hombre es, cuando menos, una falta de respeto a su amor. Mas habrá quien diga que no siempre atiende Dios las plegarias de quienes acuden a Él pidiéndole un milagro. No es que Dios no atienda las súplicas para acabar con los males del hombre; es que hizo al hombre libre y no puede intervenir en sus vidas sin su colaboración. Dios no puede actuar entre nosotros sin la participación humana.

Evidentemente no podemos culpar a Dios de todas las monstruosidades que comete el hombre contra la naturaleza, la cual se venga de nosotros de la misma manera que la atacamos sin cesar. No solo no la respetamos sino que la agredimos de forma permanente, lo que a la larga nos causa daños sin cuento, entre ellos las pandemias como ésta del criminal coronavirus, que está sirviendo, entre otras cosas, para poner al descubierto a algunos miserables y sinvergüenzas (por la vacuna y por otras cosas) junto a muchísimos solidarios, héroes casi siempre anónimos, que se han ganado (y se ganan) nuestro respeto y la gloria eterna cuando mueren. A ellos se refiere San Justino (un mártir de principios del siglo II en Roma) cuando decía que “la Providencia de Dios es el hombre”.

Dios creó al hombre y éste tiene la obligación de cuidar la naturaleza y especialmente a sus congéneres. La vida no merece la pena si no es para hacer algo digno, algo en consonancia con la categoría de Dios a cuya imagen y semejanza estamos hechos. No importan los años que vivamos en la Tierra (que siempre nos parecen pocos) sino cómo los aprovechamos para ganarnos, aunque sea a última hora, una eternidad feliz, un tiempo que no se acabará nunca y que Dios quiere que sea dichoso en su compañía y la de todos los que se portaron bien con los demás.

Nunca es ocioso recordar la promesa de Jesucristo de acoger en el cielo, a su lado y el de todos los justos, a todo el mundo que hiciera suyas éstas sus palabras: “Venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, estuve desnudo y me vestisteis, estuve enfermo y me visitasteis…”. Jesús, que era y es el Hijo de Dios y también se hizo hombre no premiará con el cielo a los que solo rezan, sino a los que hacen obras de misericordia, a los que hacen el bien a los demás. Esos, los que hacen buenas cosas a los demás son la Providencia.

San Francisco Javier y San Ignacio de Loyola –Iglesia de los Jesuitas, París– (Fuente: https://revistacatolica.org/).

San Ignacio de Loyola, un militar noble con ansias de gloria, entendió un buen día que era mejor servir a Dios que al emperador Carlos V. Marchó a París y estudió teología. A su compañero de estudios, Francisco Javier, le repetía con frecuencia: “¿De qué sirve ganar el mundo si pierdes tu alma?” Ignacio y Francisco Javier fundaron la orden de los Jesuitas, la que tiene más miembros en el mundo. San Francisco Javier fue misionero en la India y Japón y reprochó al rey portugués Juan III que no persiguiera a los colonos portugueses por los malos tratos esclavizantes contra los nativos. Solo salvan las obras.

San Francisco Javier lo tuvo claro y dedicó su misión especialmente a los más necesitados: enfermos de lepra, esclavos… De vivir ahora lo veríamos en los hospitales como a tantos sacerdotes que dan ejemplo de ayuda espiritual a pacientes hospitalizados afectados de coronavirus. La fe mueve montañas y no le teme al coronavirus más que lo necesario. Hay vida después de la muerte. Esa es la esperanza que tenemos que tener y transmitir para sentirnos colaboradores de la Providencia, para ser Providencia, como tan acertadamente expresó San Justino, un judío convertido al Cristianismo, que tras fundar una academia de filosofía cristiana en Roma (‘Didascaleo romano’), fue martirizado por orden del prefecto Junio Rústico, en tiempos del emperador Marco Aurelio.

Presionemos a las instituciones y a sus dirigentes para que pongan todo lo que esté de su parte contra la pandemia, pero no olvidemos nuestras responsabilidades. No vale decir eso de “que sea lo que Dios quiera”. Todos tenemos que ser Providencia.

En la iglesia de los Capuchinos, en la calle Reyes Católicos de Alicante, a los pies de la imagen del Cristo de la Esperanza, han puesto esta nota: ‘No tocar, no besar’. Pero se puede rezar. Me acordé de unos versos de José María Pemán que hay escritos junto al crucificado (otra bella escultura) en la entrada a la concatedral de San Nicolás:

Señor, aunque no merezco
que tú escuches un quejido
por la muerte que has sufrido,
escucha lo que te ofrezco
y escucha lo que te pido.
A ofrecerte, Señor, vengo
mi ser, mi vida y mi amor;
cuanto puedo y cuanto tengo,
cuanto me has dado, Señor.
Y, a cambio de esta alma llena
de amor que vengo ofrecerte,
dame una vida serena
y una muerte santa y buena,
Cristo de la Buena Muerte.

Entremos en las iglesias; entremos dentro de nosotros mismos y encontremos a Dios.

Hay vida más allá de las pandemias; más allá de la muerte. Amemos a los demás como a nosotros mismos, que somos hombres y no bestias.

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Ramón Gómez Carrión

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