Para algunos de nuestros usuarios ese jueves no iba a ser un jueves más, tenían una sensación diferente, un ambiente distinto, una atmósfera ilusionante. No hay nada como viajar y, más aún, cuando no sueles tener la oportunidad de hacerlo de una manera habitual.
Viajar te permite conocer otros espacios, otras gentes, otras formas de vida, otros lugares insólitos, otros medios de transporte, otras maneras de entender este complejo mundo que compartimos en un planeta llamado Tierra. En definitiva, viajar amplía conocimientos, miradas internas y externas, comprender aunque eso no signifique aceptar, abrir la mente para darnos cuenta de la plasticidad con la que contamos, empatizar aún más con otros; viajar da vida.
Y eso, en nuestro pequeño mundo del día a día, supone una apertura y un enriquecimiento personal que ilusiona, incentiva, motiva, cambia actitudes y detalles que calan en cada usuario.
Todo eso, el jueves, apareció. El transitar por el centro de día los momentos previos al inicio de la salida ya reflejaba un nerviosismo intenso aunque sonriente: “¿Has cogido la comida, David?”; “Espera, espera; necesito ir al baño”; “Uff, y la furgoneta en la puerta…”; “La medicación”, “¡Ostras!, voy por ella”. “Vamos, Iván, acelera. Madre mía, esa silla no va bien. Veremos”.
“Perdón, ya salimos”, le comentábamos al chófer de la furgo que vino a recogernos. “Tranquilo, voy subiendo al resto”, respondió él con calma.
“Guillermo, dale la mano a Vicki, por favor, “Ya voy, ya voy”. “Vamos, Guillermo”, rumiaba ella. “Ainss, qué chico éste. No hace caso”. “Ya voy, ya voy”, respondía él acelerando sus pasos mientras su rostro reflejaba una sonrisa de oreja a oreja.
“Hale, ¿todos listos?”. “Sí”, respondieron al unísono.
“El mejor conductor lo tenemos nosotros”, comentaba Guillermo asintiendo con la cabeza.
“¿Con que a Albacete os vais?”. “Eso es”, dijo David mientras Mila añadía: “Tengo una hermana en Albacete”. “Sí, a Albacete”, contestaba al mismo tiempo Vicente mientras Iván, con su habitual sarcasmo, respondía con un “no” al chófer. “Bonita ciudad”, comentó el conductor. “No os perdáis la catedral, la fachada del Ayuntamiento, el pasaje de Lodares y el parque Abelardo. Os gustará”, añadió.
En pocos minutos llegamos a la estación del AVE Elche donde ya nos recibió Javier, personal de lo que conocía como Atendo para acompañarnos hasta la vía de embarque con el que ya habíamos coincidido en un viaje anterior.
La pantalla informativa anunciaba la llegada de nuestro tren. Al momento, una inacabable máquina de color violeta se iba deteniendo ante todos los que allí nos encontrábamos. La verdad es que era impresionante y esa misma sensación transmitían las miradas de nuestros usuarios viendo ese convoy de vagones encabezados por una aerodinámica cabina que simulaba el pico de una rapaz ave (nunca mejor dicho) lanzándose sigilosamente hacia su presa.
Nos apresuramos (bueno, tiene gracia el término en nuestro caso) a acceder al coche que teníamos asignado para ubicarnos en unos cómodos asientos del mismo color que el tren.
“¡Qué pasada de tren!”; “Mira, mira, sale un mapa en la pantalla”; “Iván, tienes que dar la vuelta y ponerte mirando a Vicente”; “No veo el mapa …”; “Dale ahí; espera, que voy”.
“5B, 2E. Chicos, tenemos que sentarnos donde nos toca”, “Pero si estoy bien aquí…”, “Ya, pero es que tenemos estos asientos; si no, alguien puede tener ese sitio y luego tenemos que levantarnos”, “Vale, ya voy. Uh, que me caigo”.
El viaje había comenzado y ese hermoso tren que nos trasladaba a nuestro destino circulaba deslizándose sobre la vía con un silencio y un mimo increíble mientras mirábamos con asombro en la pantalla cómo incrementaba la velocidad: 290 km/hora.
Guillermo que, con ansiedad, contaba los días que faltaban para llegar a este acontecimiento, no cabía en sí de gozo mientras nos exigía a todos que nos fijásemos en el dato que la pantalla reflejaba como si quisiera que nos contagiásemos de su alborozo.
“Somos como los trenes, tenemos que llevarnos bien. Vamos por la misma vía”, le susurró Guillermo al viajero que había ocupado el asiento de al lado que le miró de forma atónita y preocupante que insinuaba y predecía un viaje inquietante…
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