Una publicación de la Asociación de Periodistas de la Provincia de Alicante

Sin recortes

Orgullo, prejuicio… y algoritmo: así murió la red social

Fotograma de la nueva versión de "Orgullo y prejuicio" que planea entregar Netflix próximamente (Fuente: Netflix).

“Es una verdad universalmente aceptada que todo hombre soltero en posesión de una gran fortuna necesita una esposa”. Con esta frase, tan irónica como certera, abre Orgullo y prejuicio (1813) de Jane Austen, una novela que disecciona con precisión quirúrgica los mecanismos sociales de su tiempo. Lo que en apariencia es una comedia romántica se revela pronto como una crítica profunda a los prejuicios, a las jerarquías sociales y a la forma en que los individuos se perciben —y son percibidos— dentro de un entramado de normas invisibles.

Más de dos siglos después, la humanidad sigue atrapada en estructuras similares. Solo ha cambiado el escenario. Si en la Inglaterra de Austen el juicio social se ejercía en salones, bailes y visitas cuidadosamente coreografiadas, hoy ese mismo juicio se despliega en pantallas luminosas, en forma de perfiles, historias y me gusta. Las redes sociales, nacidas como espacios para conectar, han derivado en otra cosa: una escenografía permanente de la apariencia. Y quizá, como sugiere el investigador de la Universidad Internacional de La Rioja, Fernando Checa García, asistimos ya a su transformación definitiva, o incluso a su muerte como espacios sociales genuinos.

Austen entendió que la sociedad no se sostiene solo sobre hechos, sino sobre percepciones. Elizabeth Bennet juzga a Darcy por su aparente orgullo; Darcy desprecia a la familia Bennet por su falta de refinamiento. Ambos se equivocan porque ven lo que esperan ver. El prejuicio, en la novela, no es una anomalía: es la norma. La mirada social condiciona la identidad individual. Hoy, esa mirada se ha multiplicado hasta el infinito. Cada usuario de redes sociales es, simultáneamente, espectador y actor. Pero ya no se trata solo de cómo los demás nos ven: ahora también intervienen sistemas invisibles que deciden qué se muestra, qué se oculta y qué merece atención. Como señala Checa García, el concepto de redes sociales ya no refleja la realidad: hoy dominan plataformas algorítmicas de entretenimiento masivo, donde la interacción humana cede ante la atención comercial. La tesis es clara: las redes han dejado de ser redes.

El paralelismo con Orgullo y prejuicio resulta, pues, inquietante. En la novela, los personajes actúan condicionados por expectativas sociales rígidas. No son completamente libres: su margen de acción está delimitado por normas de clase, género y reputación. En las redes actuales, la libertad tampoco es plena. Creemos elegir qué ver, a quién seguir, qué opinar. Pero nuestras decisiones están mediadas por algoritmos diseñados para maximizar el tiempo de permanencia, no la autenticidad de la experiencia. Si Elizabeth Bennet viviera hoy, probablemente no juzgaría a Darcy por su actitud en un baile, sino por su perfil digital: sus fotos, sus seguidores, sus interacciones. Y, como en la novela, ese juicio estaría cargado de error. La diferencia es que ahora ese error no es solo humano: está amplificado por sistemas que priorizan lo llamativo, lo polémico, lo emocionalmente adictivo.

La transformación es profunda. Las primeras redes sociales aspiraban a reproducir el tejido social del mundo real: amigos, conocidos, intereses compartidos. Eran, en cierto modo, una prolongación de los salones de Austen, con sus conversaciones y sus vínculos. Pero ese modelo ha sido sustituido por otro. Como indica Checa García, hemos pasado de la red de contactos al feed de intereses. Ya no vemos a las personas: vemos contenidos. Ya no interactuamos: consumimos. Este cambio altera también la naturaleza del yo. En Orgullo y prejuicio, los personajes luchan por reconciliar su identidad con la percepción social. Darcy debe superar su orgullo; Elizabeth, sus prejuicios. Hay un proceso de autoconocimiento, de evolución moral. En las redes actuales, ese proceso se diluye. La identidad se convierte en una construcción estratégica, orientada a la visibilidad. No importa tanto quién eres como cómo apareces.

Matthew Macfadyen y Keira Knigtley en la versión de “Orgullo y prejuicio” de 2005.

La consecuencia es una sociedad aún más condicionada, pero menos consciente de ello. Austen mostraba un mundo en el que las reglas eran visibles, aunque restrictivas. Hoy, las reglas son opacas. El algoritmo no se ve, pero decide. Y lo hace en función de intereses comerciales. El objetivo ya no es conectar personas, sino retener la atención el mayor tiempo posible. La ironía es evidente: en nombre de la conexión, hemos construido sistemas que nos aíslan en burbujas de contenido. Como espectadores pasivos, asistimos a un flujo constante de imágenes y mensajes que rara vez fomentan el diálogo real. La conversación —ese elemento central en la novela de Austen— se sustituye por la reacción inmediata: un like, un comentario breve, una historia efímera. Y, sin embargo, seguimos creyendo que somos libres.

La crítica de Austen, leída hoy, adquiere una dimensión inesperada. Lo que en su momento era una sátira de la sociedad inglesa se convierte en un espejo de nuestras propias dinámicas. Cambian los medios, pero no los mecanismos: seguimos juzgando, seguimos aparentando, seguimos buscando reconocimiento en la mirada ajena. Quizá la diferencia es que ahora esa mirada ya no es solo humana. En este sentido, afirmar que “las redes sociales están muertas” no implica su desaparición, sino su transformación en otra cosa. Han dejado de ser espacios de relación para convertirse en entornos de consumo. Y en ese tránsito, hemos perdido algo esencial: la posibilidad de un encuentro auténtico.

Austen no conoció los algoritmos, pero sí entendió la fuerza de las estructuras sociales. Su novela nos recuerda que el mayor peligro no es el prejuicio en sí, sino la incapacidad de reconocerlo. Tal vez por eso, al cerrar Orgullo y prejuicio, sentimos que la historia no ha terminado. Porque, en el fondo, seguimos habitando el mismo mundo. Solo que ahora lo llevamos en el bolsillo.

Carles Cortés

Catedrático de universidad y escritor.

Comentar

Click here to post a comment