En La muerte de Iván Ilich (1886), León Tolstói retrata con crudeza la agonía de un hombre atrapado en un sufrimiento físico y existencial sin salida. Escrita mucho antes de que existieran los debates contemporáneos sobre la eutanasia, la obra sigue siendo citada por su reflexión sobre la dignidad al morir. Tolstói no plantea la posibilidad de elegir el final, sino que denuncia una sociedad incapaz de acompañar con humanidad ese tránsito. Más de un siglo después, la historia de Noelia Castillo nos enfrenta a la misma pregunta, pero con una diferencia fundamental: hoy, en determinados casos, sí existe la posibilidad de decidir.
La reciente eutanasia de Noelia Castillo, amparada por la ley aprobada en nuestro país el año 2021, ha reabierto un debate que, lejos de abordarse con serenidad, ha sido contaminado por la desinformación y el ruido ideológico. Conviene empezar por lo esencial: Noelia no murió por capricho ni por abandono institucional. Murió ejerciendo un derecho reconocido por una ley aprobada con mayoría en el Congreso —aunque con los votos en contra de PP y Vox— y tras cumplir escrupulosamente todos los requisitos que establece el marco legal.
Noelia tenía 23 años y arrastraba desde hacía años una situación médica extremadamente grave. Sufría dolores intensos, persistentes e incapacitantes que le impedían llevar una vida mínimamente digna. No se trataba de un malestar subjetivo o pasajero, sino de un cuadro clínico complejo, irreversible y refrendado por un amplio consenso médico. Su caso fue evaluado por múltiples profesionales —quince informes médicos, según las informaciones publicadas— que coincidieron en la ausencia de alternativas terapéuticas y en el carácter irreversible de sus dolencias.
Nuestra legislación establece condiciones claras para su aplicación: enfermedad grave e incurable o padecimiento crónico con sufrimiento físico o psíquico intolerable, solicitud reiterada y consciente por parte del paciente, y validación por varios profesionales independientes. El caso de Noelia cumplía todos estos criterios. Hubo garantías, controles y un proceso riguroso. Reducirlo a una decisión precipitada o impulsiva no solo es falso, sino profundamente irrespetuoso con quien tuvo que atravesar un largo calvario antes de llegar a esa determinación. Sin embargo, en los días previos y posteriores a su muerte, se difundieron bulos especialmente graves. Algunos sectores, vinculados a movimientos populistas y de extrema derecha, llegaron a afirmar que Noelia había solicitado la eutanasia por depresión o incluso a mezclar su historia con relatos falsos sobre violencia. Nada más lejos de la realidad. Estas mentiras no son inocentes: buscan desacreditar una ley que amplía derechos y generar miedo en la sociedad. Se trata de una estrategia conocida, la misma que ya vimos con el matrimonio igualitario o con la interrupción voluntaria del embarazo.

También ha resultado especialmente llamativa la intervención de organizaciones que se autodenominan “cristianas”, como la Fundación Abogados Cristianos que respaldó el intento del padre de Noelia de frenar el proceso. La propia joven fue clara en sus últimas declaraciones: “la felicidad de un padre no está por encima de la vida de una hija”. Sus palabras no solo reflejan una convicción personal firme, sino también una realidad incómoda: ese padre que ahora reclamaba impedir la eutanasia no había estado presente en su vida. Noelia creció en casas de acogida, sin ese apoyo familiar que ahora se invocaba para limitar su autonomía. Aquí emerge una contradicción difícil de ignorar. Quienes apelan a la defensa de la vida desde postulados religiosos suelen hacerlo de forma selectiva. Se oponen a que una persona, en pleno uso de sus facultades, decida poner fin a un sufrimiento insoportable, pero guardan silencio —o incluso justifican— otras vulneraciones mucho más evidentes de la dignidad humana. ¿Dónde está esa defensa de la vida cuando hablamos de personas que mueren en la calle, sin recursos? ¿O de migrantes que se ahogan en el mar en rutas desesperadas? ¿O de civiles que fallecen como “daños colaterales” en guerras que, bajo supuestos humanitarios, esconden intereses económicos?
La hipocresía social se hace evidente cuando se rasgan las vestiduras por decisiones como la de Noelia, pero se mira hacia otro lado ante tragedias cotidianas que también son evitables. Defender la vida debería implicar defenderla en todas sus dimensiones, no solo cuando encaja en un determinado marco ideológico. Es importante insistir en una idea clave: la existencia de la ley de eutanasia no obliga a nadie a acogerse a ella. No impone una forma de morir, sino que amplía la libertad de elegir. Quien, por convicciones personales, religiosas o morales, rechace esta opción, está en su pleno derecho de hacerlo. Pero esa libertad no puede convertirse en un argumento para negar el derecho de otros a decidir sobre su propio cuerpo y su propia vida.
Porque, en última instancia, de eso se trata: de autonomía. La vida es de cada uno. Nos pertenece desde el momento en que la habitamos. El cuerpo no es propiedad del Estado, ni de la familia, ni de ninguna entidad abstracta. Invocar a una divinidad para negar esa autonomía puede resultar, en ciertos contextos, profundamente mezquino, sobre todo cuando no se traduce en un compromiso real con el cuidado del prójimo. Noelia no eligió morir porque la sociedad le fallara. Su decisión no es el síntoma de un sistema que abandona, sino la expresión de un derecho que permite poner fin a una situación sin salida. Confundir ambas cosas es simplificar un debate que exige matices y, sobre todo, humanidad.
Hay, sin embargo, un elemento que no puede obviarse: la tristeza. La muerte de Noelia no es una victoria, ni debería celebrarse como tal. Es el desenlace de una vida marcada por el dolor, por la falta de oportunidades y por unas dolencias que le arrebataron la posibilidad de vivir con plenitud. Lo que sí merece ser reivindicado es que, en ese contexto, pudo decidir. Que no se le obligó a prolongar un sufrimiento inútil. Que su voluntad fue escuchada y respetada. Quizá ahí reside la verdadera madurez de una sociedad: en ser capaz de acompañar, sin imponer, en los momentos más difíciles. En reconocer que no todas las vidas pueden sostenerse en las mismas condiciones, y que la dignidad también implica poder decir basta.
Iván Ilich, el personaje de Tolstói, no tuvo esa posibilidad. Su agonía fue larga, silenciosa y ajena a cualquier decisión propia. Noelia, en cambio, sí pudo elegir cuándo poner punto final a sus dolores. Y en esa diferencia —dolorosa, pero profundamente humana— se refleja el avance de una sociedad que, con todas sus contradicciones, ha decidido situar la libertad y la dignidad en el centro. Me siento orgulloso de formar parte de un sistema que permite que, en circunstancias tan extremas, alguien pueda dejar de sufrir inútilmente.













De la Ley del Talyon (venganza cruel) evolucionamos como humanos hacia la revolución de El Nazareno (cuyo ejemplo rememoramos estos días de Semana Santa y Pascua de vida)
gracias a su revolucionario “Ama al enemigo”…
Evolución sin límites,
con más razón cuando
HOY DISPONEMOS de atención médica, fármacos y de voluntariado para ACOMPAÑAR A QUIENES SUFREN con el fin de regalarles más vida digna…