Una publicación de la Asociación de Periodistas de la Provincia de Alicante

Sin recortes

Cuando la violencia deja de ser ficción: “Salvador”

Imagen de la serie "Salvador" de Netflix. © Enrique Escandell (Fuente: Netflix).

Hay ficciones que entretienen y se olvidan al día siguiente. Y hay otras que incomodan, que obligan al espectador a removerse en el sofá y preguntarse hasta qué punto lo que está viendo pertenece solo al terreno de la ficción. Salvador (Netflix) pertenece claramente a esta segunda categoría. Y quizá por eso resulta tan necesaria. La miniserie, creada por Aitor Gabilondo y dirigida por Daniel Calparsoro, parte de un planteamiento inquietante: un padre descubre que su hija ha caído en la órbita de un grupo extremista violento. A partir de ese punto de partida se despliega un relato que mezcla thriller y drama familiar, pero cuyo verdadero objetivo no es la intriga sino algo más incómodo: obligarnos a mirar de frente un fenómeno social que demasiadas veces preferimos ignorar. No hace falta desvelar el argumento para comprender el trasfondo. Salvador habla de radicalización, de odio ideológico y de la facilidad con la que determinados discursos pueden capturar a personas aparentemente normales.

Gran parte de la fuerza de la serie descansa en las interpretaciones de sus protagonistas. Luis Tosar, uno de los actores más sólidos de nuestra escena, sostiene el relato con una interpretación contenida y profundamente humana. Su personaje atraviesa un recorrido emocional que oscila entre la desesperación, la culpa y el miedo a perder definitivamente a su hija. Tosar, pues, logra transmitir esa angustia con una intensidad que rara vez cae en el exceso. A su lado, Claudia Salas construye un personaje perturbador precisamente porque evita la caricatura. No se trata de un retrato simplista del extremismo juvenil, sino de una interpretación que obliga al espectador a preguntarse cómo alguien puede acabar atrapado en una espiral de odio. Esa incomodidad es uno de los grandes logros de la serie.

Conviene recordarlo: estos grupos siguen siendo una minoría. Pero una minoría peligrosa. Su fuerza no reside en el número, sino en su capacidad para generar miedo, violencia y polarización social. En distintos países europeos las autoridades han advertido del aumento de delitos vinculados a ideologías extremistas y supremacistas. Y aunque nuestro país no vive una situación comparable a la de otros países, tampoco es ajena a este fenómeno. De hecho, en los últimos meses se han producido episodios que deberían hacernos reflexionar. Hace apenas unos días, por ejemplo, tres jóvenes fueron detenidos en Pontevedra por una agresión homófoba contra un chico al que insultaron y golpearon hasta provocarle una fractura nasal simplemente por su orientación sexual. La víctima fue perseguida por la calle antes de ser derribada y agredida mientras su amigo intentaba grabar la escena con el móvil. No lo conocían de nada. Bastó con que fuera diferente. No es un caso aislado. En el verano de 2025, la localidad murciana de Torre Pacheco vivió varios días de disturbios racistas tras la difusión de mensajes de grupos ultras que llamaban a cazar inmigrantes magrebíes. Hubo ataques contra comercios y personas migrantes, con varios detenidos y heridos en una espiral de violencia que obligó a desplegar un fuerte dispositivo policial. 

En algunos casos, estos grupos encuentran espacios de socialización en entornos donde la identidad colectiva y la confrontación emocional son especialmente intensas, como ocurre en determinados sectores radicalizados del fútbol o en comunidades digitales donde los discursos de odio se amplifican sin control. El problema no es el fútbol ni internet. El problema es la facilidad con la que determinados mensajes pueden transformar frustraciones personales en odio colectivo. La psicología social lleva décadas intentando comprender por qué personas aparentemente corrientes pueden llegar a justificar o incluso practicar la violencia ideológica.

En ese proceso intervienen mecanismos conocidos. La deshumanización del adversario es uno de los más peligrosos. Cuando el otro deja de ser una persona y pasa a convertirse en una etiqueta —inmigrante, homosexual, extranjero, enemigo— resulta mucho más fácil justificar el odio. A ello se suma la necesidad de pertenencia a un grupo que ofrece identidad, seguridad y un relato simplificado del mundo. Frente a la complejidad de la realidad, estos movimientos proponen explicaciones simples: nosotros somos los buenos, ellos son el problema. Salvador también tiene el acierto de mostrar que la radicalización no es exclusivamente masculina. Durante mucho tiempo se ha tendido a imaginar al extremista como un hombre joven y violento. Sin embargo, la realidad demuestra que las mujeres también participan en estos movimientos, a veces desempeñando un papel activo en la difusión ideológica o en la captación de nuevos miembros. Mostrar esta dimensión rompe estereotipos y recuerda que el odio no tiene género.

La historia demuestra que el extremismo nunca aparece de repente. Se alimenta lentamente de prejuicios, de discursos que deshumanizan al diferente, de la normalización de la intolerancia. Por eso ficciones como Salvador resultan tan incómodas. Porque obligan a mirar donde preferimos no mirar. Nos recuerdan que la violencia ideológica no pertenece solo a los libros de historia ni a los titulares de otros países. Está más cerca de lo que creemos. Y la peor respuesta posible ante este fenómeno es la indiferencia. No debería existir espacio político ni social para quienes justifican el odio o la violencia contra el diferente. Ningún partido, ningún movimiento, ninguna institución debería ofrecerles cobijo o blanquear su discurso. La sociedad debe ser tajante. No existe tolerancia posible con la intolerancia.

Confieso que cada vez que leo una noticia sobre una agresión racista o un ataque homófobo siento una mezcla de rabia y vergüenza. Vergüenza colectiva. Vergüenza por comprobar que todavía existen personas capaces de justificar la violencia contra alguien por su religión, su origen, su orientación sexual o su situación social. Quizá por eso Salvador resulta tan incómoda. Porque no habla únicamente de los violentos. Habla también de nosotros. De lo que toleramos, de lo que normalizamos y de lo que aún estamos a tiempo de impedir.

Carles Cortés

Catedrático de universidad y escritor.

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