Una publicación de la Asociación de Periodistas de la Provincia de Alicante

Sin recortes

“Me hicisteis mal”: una revisión lúcida de la sociedad actual

Hace tiempo que tengo la sensación de que vivimos instalados en la perplejidad. Apenas transcurre una semana sin que alguna noticia, alguna declaración política o alguna polémica en las redes sociales nos obligue a preguntarnos si realmente hemos retrocedido tanto o si, sencillamente, nunca llegamos a avanzar tanto como creíamos. Lo que ayer parecía indiscutible hoy vuelve a ponerse en cuestión; lo que hasta hace poco provocaba un rechazo unánime ahora encuentra quien lo justifique sin rubor. Mientras tanto, la crispación sigue ocupando más espacio que la reflexión y los eslóganes derrotan con demasiada facilidad a los argumentos.

En momentos así uno agradece encontrarse con libros que no pretenden decirnos qué debemos pensar, sino ayudarnos a comprender por qué pensamos como pensamos. Eso es precisamente lo que consigue Me hicisteis mal. Defectos de fábrica de la nueva subjetividad, el último ensayo del filósofo valenciano Jesús García Cívico (Vincle, 2026). Quienes conozcan su trayectoria saben que García Cívico lleva años transitando con naturalidad entre la investigación universitaria y la divulgación cultural. Profesor de Filosofía del Derecho, escritor y ensayista, ha convertido también El blog de Cívico en un espacio donde literatura, cine, filosofía y actualidad dialogan sin solemnidad.

El título remite inevitablemente a una expresión que todos hemos escuchado alguna vez. «Me hicieron bien» o «me hicieron mal» suele decir quien atribuye a la educación recibida buena parte de lo que ha llegado a ser. García Cívico toma esa frase popular para desplazar el foco: quizá no sean únicamente nuestros padres quienes nos hicieron bien o mal; quizá también la sociedad en la que vivimos ha ido fabricando ciudadanos especialmente predispuestos a aceptar determinadas maneras de entender la política, la convivencia o incluso la realidad. El ensayo se abre con una pregunta que resume el núcleo de toda la obra: «¿Sería posible el éxito de políticos como Trump, Orbán, Bolsonaro, Ayuso o Milei sin la existencia de ciudadanos que se les parecieran espiritualmente más de lo que estarían dispuestos a admitir? […] ¿Cómo se explica que tanto abusón y tanto matarife prepotente se presente, a la vez, como víctima?». No es una provocación gratuita. Es el punto de partida para analizar qué transformaciones culturales hacen posible que determinados discursos encuentren hoy una acogida que hace apenas unas décadas habría resultado impensable.

El autor sitúa buena parte de esa evolución en las profundas transformaciones sociales que comenzaron a acelerarse a partir de los años noventa. No desde la nostalgia ni desde el pesimismo fácil, sino desde un análisis sereno. En ese recorrido observa cómo la emoción ha ido desplazando al razonamiento, cómo la identidad ha terminado imponiéndose sobre las ideas y cómo el impacto inmediato vale más que cualquier explicación compleja. Vivimos, en definitiva, en una cultura que premia las certezas rápidas y desconfía de los matices.

Desde esa perspectiva resulta mucho más sencillo entender el auge de los populismos contemporáneos. No porque hayan descubierto problemas nuevos, sino porque han aprendido a vaciar de contenido muchas propuestas para convertirlas en relatos emocionales extraordinariamente eficaces. El objetivo ya no consiste en explicar la realidad, sino en despertar adhesiones o alimentar agravios. Y así se han ido rompiendo líneas rojas que parecían consolidadas. La inmigración se convierte en un recurso para explotar el miedo; la diversidad afectivosexual pasa a presentarse como una amenaza; el cambio climático deja de apoyarse en la evidencia científica para convertirse en una opinión discutible; la violencia de género se niega o se relativiza cuando resulta útil para la confrontación política. Lo importante no es la verdad, sino la capacidad de captar la atención.

Hay una afirmación que resume buena parte de su diagnóstico y que merece ser subrayada: «el ejercicio activo y razonado de la ciudadanía ha sido desplazado por demandas simbólicas y por una metafísica irrebatible de baja calidad». Pocas veces he encontrado una definición tan precisa del momento que atravesamos. Cuando los sentimientos ocupan todo el espacio, cuando la identidad sustituye al pensamiento crítico y cuando cualquier dato incómodo deja de ser un argumento para convertirse en una agresión, la conversación pública acaba deteriorándose de forma inevitable. Quizá por eso cuesta tanto hablar hoy de casi cualquier asunto sin que aparezcan trincheras previamente excavadas. Hemos confundido el debate con el combate y la discrepancia con la descalificación. No parece una buena noticia para una democracia que necesita, precisamente, ciudadanos capaces de escuchar antes de responder y de razonar antes de compartir.

No creo que Me hicisteis mal aspire, pues, a ofrecer soluciones cerradas. Su ambición es otra y, a mi juicio, mucho más útil: obligarnos a pensar qué sociedad hemos construido y cuál estamos contribuyendo a construir cada día, casi siempre sin advertirlo. Al cerrar sus páginas uno comprende mejor el presente, pero también sale con más preguntas que respuestas. Y eso, en un ensayo, suele ser una excelente señal. Por todo ello me atrevo a recomendar su lectura. A quienes siguen preguntándose hacia dónde camina nuestra sociedad. A quienes desconfían de las explicaciones demasiado simples. Y, sobre todo, a quienes todavía creen que entender el mundo es el primer paso para intentar mejorarlo.

Carles Cortés

Catedrático de universidad y escritor.

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