Impulso irresistible

¿Nos domina el pesimismo?

Imagen: Gerd Altmann (Fuente: Pixabay).

Quizás todo sea cuestión de equilibrio, al menos en cuanto a los aconteceres, a los hechos, a los sucedidos. ¿Quién tenía que decirnos que por detrás del escenario nos iban a colar, sin debate social ni mucho menos televisivo, una ley que todo lo que hace es defender, apoyar, cultivar y propagar la eutanasia, prácticamente sin consentimiento de padres/madres, ni consejos de iluminar vidas por parte de los médicos especialistas? Los políticos de la nueva moda ya no nos explican las cosas, ya no quieren decirnos lo que van a hacer con nuestro país, con nuestro patrimonio nacional, y lo que es peor: con nuestra vida, con nuestras ilusiones, privándonos de una idealizada nación pacífica y especialmente alegre, precisamente por tener muchos niños que son el futuro, el porvenir, lo que vale la pena cultivar, lo magnífico que es proyectarlos hacia un futuro y todo lo que conlleva esa preparación, con la estimulante fragua y planeamiento de llegar a ver a nuestros herederos con el bagaje que hemos ido construyendo pensando en un mundo mejor que ha de venir y ser más amable, porque tendremos mayor sensibilidad y conocimiento científico para ser todos una piña, animando a un mismo equipo que no necesita el poderío de un contrario para fastidiarnos sino una misma sensibilidad en la que pregonar a los cuatro vientos que somos invencibles porque no queremos autodestruirnos ni suicidarnos ni consentirnos un ápice de desesperación ni perjuicio, porque todo el mundo es de todos y para todos: un mensaje positivo, abrumador, que no consiente la deserción de nadie ni mucho menos porque una ley permita que haya finales de vitalidad ya previstos y aprobados. Tener eso en la mente, aunque esté oculto, es lo que ha llegado a nuestra sociedad de modo increíble, obsceno, fatal, totalmente destructivo, anegadizo, inmisericorde, implantando la muerte cuando tanto hay que hacer por preservar la vida, con pasión, con auténtica fe.

Fotografía: Sabine van Erp (Fuente: Pixabay).

¿Acaso estamos cansados de vivir, ahora que íbamos superando etapas y colocándonos, con preocupación, con miramiento y con buen pie, en los lugares en que una pandemia global y mortal nos había colocado, con fuerza brutal de un desplazamiento enorme que se ha llevado al otro mundo a muchas amistades y familiares, y que nos tenía empobrecidos, tristes, amargados y muy, pero que muy pesimistas? La situación, es cierto, nos tenía y aún nos tiene en un encogimiento que expresa nuestro desaliento, nuestro quebranto, nuestra ruina, nuestro fracaso y una poquedad insuperable que hemos ido llevando con paciencia, con sobriedad y con esperanza. No nos está gustando mucho tener que expresarnos ocultos tras unas mascarillas y obedecer unos horarios regulados por las autoridades para poder controlarlo todo lo mejor posible. Hace tiempo que tenemos muchas ganas de colaborar en las muchas iniciativas que van surgiendo, aunque esperamos que estén reguladas y aprobadas todas las que se pueden poner en marcha y apoyar más y mejor las ya existentes, pues esa es la mejor manera de entrar en acción dándole nombre y contenido a todo lo que va surgiendo y que, en efecto, llamamos esperanza. No nos consuela en absoluto que algunos nos digan que ya somos mayores y lo que nos toca es terminar de envejecer con mucha calidad de vida, pero esto sólo será –dicen- si pronto nos tratan con eutanasia que unos políticos desalmados nos quieren hacer tragar, si –como ellos creen- ya no vamos a disfrutar nada más, que ya está bien (parece que se mofen así de los que creemos que aún tenemos mucho que aportar, pero sin dar la lata).

No somos partidarios de ponernos ahora a hablar de un derecho a morir y reconocerlo legalmente. Pese a todo, no sabemos qué va a ser de nosotros por nosotros mismos, los mismos familiares, y también por la legislación que esté vigente en su momento. Y la verdad es que los partidarios de esta opción ante el final de nuestros días no lo plantean como salida asesina o criminal. Pero entendida como motivación suficiente para acabar con enfermedades o sufrimientos tampoco tiene su caudal de bondad o generosidad auténtica. Somos muchos, especialmente los que nos llamamos y actuamos como católicos, los que damos valor a la más absoluta afirmación del valor de la vida humana. Nos parece que ningún otro valor está por encima de la vida personal, humana, intocable, que es base de la dignidad y de los derechos de la propia persona. No matar es un mandamiento que los humanos llevamos metido en nuestro corazón y en nuestra educación. Afirmar, seguidamente, que hay que tener también un derecho a la eutanasia, está proclamando que legalmente hay que atender a quien lo pide, y la pillería humana sabe atender estos casos de muy distintas maneras que puedan parecer como que no hay mal.

Fotografía: A. Debus (Fuente: Pixabay).

Hemos dicho que nos domina el pesimismo, no tanto por lo mucho que podamos comentar y debatir en contra de la eutanasia, sino también porque las medidas policiales, que tienen carga de ordenanzas a cumplir sí o sí no están facilitando mucho las cosas a nuestro estrecho modo de ver estas cosas; pero lo que preocupa en verdad es que la producción industrial ha caído y se han bloqueado los puestos de trabajo, algunos porque ya tuvieron que salir de la empresas y los servicios y ahora no hay forma de volver a entrar, o ya sea porque los que se estaban preparando para especialidades manufactureras o sanitarias encuentran bloqueadas sus carreras que han resultado costosas y se han cortado sus ilusionadas voluntades. Nos queda la esperanza.

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Demetrio Mallebrera

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