Impulso irresistible

Los males desbastan el espíritu

Fuente: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

Hemos vuelto a echar una miradita muy rápida a la novela corta de nuestro ilustre escritor alicantino Gabriel Miró titulada Del vivir, pues es citada por las hermanas María y Laura Lara en su libro superactual Los caballos amarillos, libro y autoras que ya citamos el año pasado en esta publicación con el deseo de dar esas primeras pinceladas o impresiones acerca del mal que ya nos estaba marcando descaradamente nuestras vidas a la mayor parte de la población mundial. Porque se trataba de desenmascarar la enfermedad del COVID-19 y de ponernos a hablar de algo que afectaba a tanta gente, tanto en lo referente a los síntomas y consecuencias como (y mucho más) al desenvolvimiento de medidas protectoras de obligadísimo cumplimiento y en cuyo desarrollo estaban fortísimamente volcadas las autoridades y los estados, comunidades autónomas y ayuntamientos, obligadas estas instituciones públicas a tomar medidas y cuidar de su cumplimiento, a tomarse muy en serio las recomendaciones sanitarias y con regulación legal para combatir los efectos de la enfermedad especialmente por ser contagiosa y mortífera, apremiando a utilizar recursos de protección para toda la población.

En esa miradita a las primeras páginas de la obra de Miró nos encontramos con que el autor ha ido a visitar el pueblo de Parcent, que está en la comarca de la Marina Alta y en la provincia de Alicante, cuya población no llega a los mil habitantes, y lo hace a primeros del siglo XX cuando está desarrollado el virus en estas nuestras tierras de la Comunidad Valenciana y ya las autoridades del momento decidieron establecer unas leproserías. Y allá que se fue, en efecto, en el año 1902 a escribir el libro descriptivo de la situación, publicado en 1904 con el título Del vivir: apuntes de parajes leprosos que refleja lo que iba conociendo un viajero llamado Sigüenza, quien al ver a algunos leprosos dijo para sí: “Los males desbastan el espíritu, lo agrandan y lo hermosean”. Al protagonista le dijeron que en una casa blanca vivía una lazarina (leprosa) joven más llagosa que Batiste, también lazarino y un gran conversador que conocía todo aquel lugar como las rayas de sus manos. “El sol aparentaba fundir costras y llagas. Una desgarradura de la pringosa camisa enseñaba un trozo de pecho: blando, cretáceo, hinchado; parecía carne quitada a un cadáver…”.

Parcent (Fuente: http://petreraldia.com/).

“Sigüenza creyó que el paisaje le miraba entristecido, como quejándose por anticipado de los rumores plebeyos, de las voces brutales, del chirriar de los viejos carros, del estruendo de la diligencia, crujiente, loca, cubierta con el descomunal sombrero de la baca… Sí; el paisaje mirábale pesaroso, iban a quitarle su calma, su distinción, su sueño”. Pero no, hombre, no, que esto es un “riu-rau encalado donde aquí cerca rezonga una noria, y un olmo sube torcido entre el negro encaje de su hojarasca donde aparece más azul el cielo. La casa es blanca y su puerta se techa con la parra perezosa, con la parra levantina, grande, jocunda, amiga”.

Sigüenza vio a la lazarina de lejos, que se ocultaba hasta de los perros y aún no columbraba un hombre cuando ella ya se había escondido; él se acercaba porque quería hablarle y que le mostrase la hondura de su pena, pretendiendo darle consuelo. Ahí comprendió que los males desbastan el espíritu… Desbastar es quitar las asperezas para dejar limpia la superficie que tan expuesta está a las inclemencias naturales, a los rigores del tiempo, a las borrascas y las tempestades brutales, a la frialdad de los pensamientos y muy especialmente a la dureza de muchas mentes de acero colado entre pedruscos; que eso es lo más duro, abrupto y, por supuesto, inhumano, de lo que nos puede pasar. Desbastar también es desgastar y destruir lo más grotesco porque para hacer suave y grata nuestra superficialidad hay que quitar lo áspero, lo malsano y lo rechazable que tengamos tanto en nuestra superficie como en nuestro interior, a veces tan complicado y embrutecido.

Sanatorio de Fontilles (Fuente: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes).

En esta época que ahora vivimos, que cuenta con la experimentación de la estricta medicina que puede experimentarse y luego despejar todo rastro de maldad o enfermedad, ya no entran con tanta aparatosidad y muerte esas enfermedades que aquí, gracias a la sensibilidad de nuestro Gabriel Miró se puede entender que eso tenía unas consecuencias físicas y psíquicas sobre los hombres y las mujeres en determinados lugares y momentos de la geografía mundial. Nuestro escritor, en su especial sensibilización por contar los males que pueden sufrir los personajes de sus historias, reflejó dos momentos y dos localizaciones de los efectos o latigazos de esa enfermedad, sus cuidados, sus efectos, su modo atento de curación. Primero fue lo de Parcent, junto a los Poblets de la Marina Alta, en 1904, y luego, en un ámbito más acomodaticio y recogido, en Orihuela (El Obispo leproso, de 1926, novela en la que quedan descritas, con ilustrados detalles, procesiones de la famosa Semana Santa oriolana). El Sanatorio de San Francisco de Borja, en Fontilles, se abrió en Vall de Laguart y fue fundado en 1909. En España existió un Centro Leprológico en Trillo (Guadalajara), inaugurado en 1943, pero desde 2007 sus instalaciones sirven para otras cosas, labores asistenciales principalmente. Y hoy prácticamente la lepra ha desaparecido, aunque sigue matando en las regiones más pobres del mundo (casi el 60% de enfermos se localiza en la India), el país que concentra también tanta expectación.

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Demetrio Mallebrera

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