Al paso

Navidad con virus socialista valenciano y Año Nuevo sin haber aprobado el viejo

El cristianismo en el mundo, por Álvaro Merino, diciembre de 2019 (Fuente: El Orden Mundial).

Se apuntan al eslogan ‘libertad, igualdad y fraternidad’, anterior a la Revolución Francesa, para luego caer en la tiranía ‘en pleno siglo XXI’

Hubo un tiempo en que Europa era toda ella cristiana y, tras le reforma de Lutero, mayoritariamente católica. La Navidad era un acontecimiento profundamente religioso en todos los países porque nada sucedió en el planeta tan colosal como el nacimiento de Jesucristo, Dios y hombre verdadero. La celebración del cumpleaños de Enmanuel (Dios con nosotros) fue y sigue siendo para todos los creyentes algo memorable, si bien, para muchos de esos fieles, lo importante, la fiesta religiosa, se ha visto superado por celebraciones que, en ocasiones, tienen poco de sobrenaturales.

La humanidad ha tomado unos derroteros que no conducen a nada bueno. No es que se hayan cambiado los principios morales por los que se regían los comportamientos entre miembros de las sociedades y entre las naciones; es que no hay principios. Llega la Navidad y en lo único que nos ejercitamos es en comidas y en regalos. Las iglesias siguen siendo olvidadas y la ‘Misa del Gallo’ es una antigualla que solo celebran unos pocos. Existe un extraño y masivo ataque universal contra todo lo religioso, especialmente contra lo católico, precisamente coincidiendo con unos abundantes años de Papas enormemente comprometidos con la paz y la solidaridad, viajeros incansables en apoyo a la hermandad entre los pueblos y la ayuda a los menos desarrollados.

Algunos políticos proceden de un modo extraño, como, hablando de la Navidad, la vicealcaldesa de Valencia, la líder del PSOE en la capital de la Comunidad Autónoma, Sandra Gómez. Fue muy comentada, hace unos días, su visión de la natividad de Jesús y de cómo fue dado a luz por María, acompañando una imagen agresivamente impactante del ficticio parto con esta frase: “Hasta Dios nació del coño de una mujer”. Justifica tan desafortunada expresión por su condición de ecofeminista y califica a los que se han escandalizado por la imagen y la frasecita de tener “una visión aniñada, infantil y mojigata de la realidad… A ver si pensáis que los niños vienen de París o los trae una cigüeña. Madurad un poco”.

Por mucha militancia feminista que le atribuye a Dios (“Hasta Dios necesitó de la fuerza de una mujer para existir”, dice desbarrando teológicamente), lo que no tiene justificación alguna es la reafirmación en su lenguaje chabacano: “Hasta Dios necesitó de su coño, con todo lo que esto significa, fuerza, naturalidad, instinto y, por supuesto, órgano vital”.

Lo del coño (nada de vagina) tiene, por lo visto, una impronta feminista que recuerda el elogio y sublimación del ano masculino que hizo, en su día, Beatriz Gimeno, otra excepcional feminista, acaso también ecofeminista como Sandra y que fue ascendida a directora del Instituto de la Mujer por la ministra de Igualdad, Irene Montero. Sandra aparenta ser creyente, pero, en ese caso, ignora que los concilios de Nicea y Letrán fijaron lo que es doctrina oficial de la Iglesia, la virginidad de María antes del parto, en el parto y después del parto.

El profeta Isaías ya anunció que el Mesías nacería de una virgen y los Evangelios narran cómo María concibió por obra del Espíritu Santo sin concurso de varón, según le anunció el arcángel San Gabriel. El embarazo de María es un milagro y el nacimiento de Jesús es milagroso. Los que no creen en los milagros no son cristianos. Los milagros son consustanciales al Cristianismo desde que Jesús realizó muchos en vida y el más grande el de su resurrección después de muerto en la cruz. Sin resurrección no habría Cristianismo. Lo dijo San Pablo, quien, como los demás apóstoles (y luego y ahora miles de creyentes) no dudaron en dar su vida por quien la dio por todos.

A Sandra le parece mentira que nos escandalicemos de su imagen y de su lenguaje chabacano “en pleno siglo XXI”. Y yo me pregunto y le pregunto qué tiene que ver el siglo con la manera de pensar o de actuar, sobre todo con la bondad o la maldad de las acciones, con al acierto o el error en lo que decimos o pensamos. En pleno siglo XXI hay tontos y genios, igual que en el siglo de Pericles, en el de Galileo o el de Einstein, en el de Santa Teresa de Jesús o en los de Nerón, Napoleón, Hitler o Stalin. En pleno siglo XXI se escriben genialidades en las redes sociales y también algunas insensateces y groserías. 

Las familias cristianas van desapareciendo al ritmo que se rompen. El ‘progresismo’ lo estamos vendiendo con el divorcio exprés, el aborto y la eutanasia. No protegemos el matrimonio tradicional, ni los nacimientos, ni el culto casi sagrado hacia nuestros abuelos sobre todo a los más necesitados de cuidados al final de sus días. El grito de ‘libertad, igualdad y fraternidad’, muy anterior a la Revolución Francesa, lo esgrimimos mientras caminamos hacia la más vergonzosa de las tiranías, la imposición del pensamiento único con desprecio de los que piensan distinto. Para muestra, un botón: la llamada Ley Celaá. Nada de consenso; todo para el Estado, o mejor dicho, para el Gobierno de turno a fin de controlar las ideas de los educandos violando el derecho de los padres a la educación de los hijos.

La miseria intelectual y moral, la ausencia generalizada de ética, se ha enseñoreado de cualesquiera manifestaciones sociales, incluso muchas de las que se quieren irrogar un prestigio cultural. Bajo capa de cultura (con el humor incluido) se presentan bodrios infumables que se jalean como obras de arte. Y las televisiones, en general, con algunos espacios dignos, son auténtica basura maloliente en busca de una audiencia degradada a la conquista de la consiguiente publicidad que depare beneficios.

Para colmo de males, tenemos unos políticos que no generan esperanza alguna. El Congreso de los Diputados está lleno de incompetentes ‘mayoritarios’ y de ‘minoritarios’ inconstitucionales o anticonstitucionales que se mofan del presidente del Gobierno y hasta son premiados por Pedro Sánchez con los calificativos de “valientes” y “patriotas”. Tenemos unos políticos dignos de entrar en la UCI y de que les ayudemos a morir aplicándoles la ley de la eutanasia, porque, aunque no se lo crean están en fase terminal irreversible. Que pidan una muerte (política) ‘digna’, mil veces mejor que arrastrar una vida (política) “indigna”, como atestiguan hasta las encuestas del CIS de Tezanos, ese maniobrero prosocialista que ni siquiera consigue que los encuestados aprueben a Pedro Sánchez. Suspenden todos los líderes políticos todos los meses y no se van. Suspenden todos todas las asignaturas y pasan… de nosotros. Acaso por eso la ministra Celaá dejará pasar curso a los alumnos más zoquetes por muchas asignaturas que suspendan. Esta chica no está en sus cabales. Dicen que dice que los niños son del Estado y no de sus padres. Le trae sin cuidado lo que diga la Constitución. En esto le llevan ventaja Sánchez (el guapo) y su primo hermano Iglesias (el malo, de Podemos, que el feo es Echenique); que quieren cargarse la Carta Magna, la Monarquía Parlamentaria y el sursum corda.

Hemos terminado el año 2020 con pandemia y un virus socialista valenciano. Entramos en el 2021 sin haber aprobado el anterior. Hay que tener mucho valor para desear un próspero y venturoso Año Nuevo con la que está cayendo y con lo que falta por caer. Pero yo se lo deseo a los políticos y a todos los lectores. Ya lo dije en otras ocasiones: creo en los milagros. Y no solo en el de la vacuna contra el coronavirus.

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Ramón Gómez Carrión

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