Narrativa

Mi máquina de escribir

Imagen: Gerd Altmann (Fuente: Pixabay).

Y ahí estaba sentado al borde de la noche viendo la oscuridad mientras llovía. Parecía que era demasiado tarde para empezar de nuevo. Ya hace algún tiempo que me deshice de la infatigable máquina de escribir y la abandoné en la puerta de aquel sucio bar de carretera. Ya hace algún tiempo que no brotan las palabras ensangrentadas de tinta que mojan la hoja de papel y cuentan la vida. Cuentan cosas reales de la vida y a veces solo cosas que los demás, por lo general los lectores cuelgan de la etiqueta de la ficción o le colocan la etiqueta de mierda.

Ahora escribo en una pantalla de ordenador y la papelera la utilizo para otras cosas; a veces permanece semanas vacía y otras permanece semanas con algo de basura; alguna piel de plátano, clínex pegajosos de mocos, un par o tres de preservativos y hasta latas de cerveza o mierda de gato.

Ahora gasto mucho menos dinero en papel, no me refiero al higiénico. Sigo la sana costumbre de limpiarme hasta que el papel ya no aparece manchado. Me refiero al papel folio que antes con la jodida máquina de escribir no cesaba de sacar del carro, arrugar la hoja e intentar hacer canasta. La mayor parte de las veces caía fuera y era capaz de hacer una larga e inmensa alfombra de tachones por todo el suelo de linóleo del salón.

Y así de alguna manera tonta o sutil te van metiendo las cosas hasta el fondo del culo, y todo se va convirtiendo en andrajos podridos de moho y todo lo otro, lo que ellos quieren, se va convirtiendo en la nueva estructura social que te succiona por dentro y te conviertes por arte de birlibirloque en un engendro de tecnología que no para de pedir una y otra vez códigos y contraseñas para que toda tu vida esté mucho más controlada que cuando solo necesitabas una máquina de escribir.

Parece que ya no llueve, las calles que veo a través de la ventana son como ríos de asfalto por donde navega la soledad mojada y triste que nunca encuentra el sol a tiempo antes que se convierta en noche, que nunca se seca, porque la tristeza es una excelente compañera de las lágrimas.

Simplemente a veces te cansas de todo el condenado tinglado de necesidades, un coche conduce a más de ciento veinte cuando tú y tu mascota pasáis por el ceda el paso, tu estás aplastado contra el cemento con las piernas rotas y cubierto de sangre y tu perro parece que no respira. Un ceda el paso, un paso de peatones y estás casi muerto. Supongo que te da tiempo a darte cuenta de que casi todo el mundo sufre continuamente, aunque ahora todo parece una jodida sopa de mierda. Y todo esto ocurrió una mañana hielaculos de enero. No me da tiempo a detallar nada más, porque la sangre no para de brotar y echo de menos a mi máquina de escribir.

Fotografía: Pablo Guillén.
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Pablo Guillén

Pablo Guillén empezó a escribir hace algunos años. Un poco para escapar de la rutina de un trabajo que sólo le aportaba un salario. Nada más. Publicó durante algunos años artículos de opinión en un diario local y también participó en algunos encuentros literarios concursando y formando parte en distintas publicaciones.
Tiene tres libros de relatos publicados: “Sombras de luz y niebla”, “Reflejos frente al espejo” y “Lanzarse al vacío y otros relatos”.
Además, tiene el cajón repleto de historias que empujan cada día por nacer, pero la situación actual no es la mejor y como todo el mundo sabe, el dinero no crece por más que riegues esa jodida planta.
Actualmente está inmerso en un nuevo trabajo, sin duda más ambicioso y extenso: su primera novela, aunque declara sin tapujos que se mueve mejor en el mundo de los relatos y puede que le pase un poco como a Oscar Wilde, que sólo escribió una novela, “El retrato de Dorian Gray”.

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