Narrativa

Cuando necesite llorar

Imagen: StockSnap. (Fuente: Pixabay).

Ayer se mezcló con hoy. El tobogán del tiempo se inundó otra vez y el túnel cerró su atracción hasta después de que las cosas, otras cosas, volvieran a encajar y el tiovivo continuara alegrando la vida de unos y de otros.

Ese pasado caminando con ilusión, algunos hermanos y amigos. Eran los días de mona y sujetábamos la tarde para jugar un partido de fútbol en los aledaños de aquella universidad pobre que comenzaba a asomar la cabeza poco a poco. Tantos momentos que el tiempo estira tanto que se disuelven y cuando enchufas el pasado a tus recuerdos, ninguno está en su sitio, incluso a veces ninguno está. Y miras por todas partes y no hay ninguna posibilidad de encontrar a tu padre y te pones a llorar como un jodido niño y recuerdas de pronto algunas tardes de fútbol en el Rico Pérez, algunas tardes cuando bajabas corriendo por aquella cuesta por donde siempre subía tu padre andando cuando regresaba de pasar frío y calor, de comer poco y mal, regresaba de picar a mano la esperanza que nunca apareció al otro lado de los ladrillos que, uno a uno, colocaba con todo el cariño para hacer una y mil casas. Bajabas corriendo esa cuesta y lo abrazabas y recuerdas tan pocas cosas que te pones a llorar, porque el tiempo es un tramposo y te hace olvidar. Y al salir del colegio te ibas con algunos amigos al campo del quintanilla o jugabas en la puerta de casa con la calle asfaltada de barro y las zapatillas rotas, con aquella pelota que tu padre os regaló una tarde de Reyes con los ahorros de infinitas privaciones. Sí, es verdad, el tiempo nos quita demasiadas cosas, nos arranca el pasado sin pedirnos permiso, nos despoja de la primera ilusión, nos despoja de la inocencia y nos mete de lleno en tantas cosas que no son ninguna guinda.

Y uno se pone a escribir mientras suena la música de fondo de piano y te evoca y te grita, tecla a tecla, que todavía queda partida y hasta que no cambies las fichas tendrás otra oportunidad.  

Y una vespertina tarde te quedas de repente sin hojas de calendario, te quedas sin horas y sin tiempo y los parches médicos y las locuras de los psiquiatras, los medicamentos de farmacia no pudieron hacer nada. Cuando se llega tan lejos, el tiempo acaba por romperse y llegan las lágrimas del momento y de los otros momentos, de lo que pudo ser una familia contigo (papá) y lo que nunca fue. Sigue sonando el piano y apago el sonido del pasado. Otro día lo pondré cuando necesite volver a él. Cuando necesite llorar.   

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Pablo Guillén

Pablo Guillén empezó a escribir hace algunos años. Un poco para escapar de la rutina de un trabajo que sólo le aportaba un salario. Nada más. Publicó durante algunos años artículos de opinión en un diario local y también participó en algunos encuentros literarios concursando y formando parte en distintas publicaciones.
Tiene tres libros de relatos publicados: “Sombras de luz y niebla”, “Reflejos frente al espejo” y “Lanzarse al vacío y otros relatos”.
Además, tiene el cajón repleto de historias que empujan cada día por nacer, pero la situación actual no es la mejor y como todo el mundo sabe, el dinero no crece por más que riegues esa jodida planta.
Actualmente está inmerso en un nuevo trabajo, sin duda más ambicioso y extenso: su primera novela, aunque declara sin tapujos que se mueve mejor en el mundo de los relatos y puede que le pase un poco como a Oscar Wilde, que sólo escribió una novela, “El retrato de Dorian Gray”.

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