Al paso

Luchar contra el aborto, cuestión de dignidad

Fotografía: Hu Chen (Fuente: Unsplah).

Una profunda formación sexual y clinicas-residencias provida, posible solución a muchísimos embarazos no deseados.

Prevenir es mejor que matar o curar. Para que no haya abortos no hay receta mejor que evitar los embarazos no deseados. Hacia ese objetivo tiene que tender una profunda y acertada formación sexual, que nada tiene que ver, a mi juicio, con la pervertida filosofía de los nefastos gestores (que no pensadores) de la ideología de género, que se las dan de progresistas y no son más que tontos útiles, esbirros de multinacionales que hacen negocio con los fetos abortados. 

Hablemos seriamente de la dignidad de la mujer y de la dignidad del hombre. Físicamente no somos iguales, pero sí metafísicamente. Hablo de esencias filosóficas y teológicas. Somos materia y espíritu. Tenemos en común con los animales los instintos. Pero, sobre ellos, estamos dotados de alma, lo que nos permite crear músicas maravillosas, obras literarias bellísimas, pinturas excelsas y películas monumentales. Instinto y razón-alma.

Aunque los ecologistas pasados de rosca (no todos) prefieran amar y cuidar a los animales y las plantas por encima del ser humano; y aunque el colectivo LGTBI trabaje denodadamente para que en un futuro no lejano sólo haya, o casi exclusivamente, gays y lesbianas y unos pocos bisexuales para garantizar la continuidad de la humanidad, algunos seguiremos amando a toda la naturaleza y por encima de todo a nuestros semejantes y procuraremos vivir emparejados (hombres y mujeres) en paz y armonía, con respeto y mucho amor, amor del bueno, como hay en el piso de mis vecinos, en cuya alfombra del pasillo, ante la puerta de su piso, se lee: “En esta casa hay amor del bueno”.

Defiendo por igual al hombre y a la mujer. ¿Que qué pienso de los maltratadores y de los violadores? A los maltratadores, cárcel duradera. Y para los violadores, no sólo cárcel sino castración. Hagamos de ellos unos eunucos para siempre. En prisión, algunos de los castrados podrían aprender técnicas de canto operístico como los antiguos ‘castrati’.

La Humanidad se está volviendo loca. Se producen 50 millones de abortos en el mundo. Matamos en España a cien mil no nacidos, algo más de los habitantes que tiene Torrevieja. Sale en prensa, radio y televisión el muerto que se tiró al vacío haciendo ‘balconing’, pero nos tragamos, en silencio, los cien mil niños abortados cada año sólo en nuestro país (‘una muerte es una tragedia; un millón de muertes, una estadística’). Y lo peor es que mucha gente no sabe que se trata de un negocio del que se benefician multinacionales de la salud (farmacología) (?), de la perfumería y de la alimentación. 

El relativismo inhumano se enmascara de derecho humano. Derecho de la mujer a abortar, edulcorado como ‘derecho a decidir’. Lo defiende el segundo presidente católico (el primero fue el adúltero John F. Kennedy) de Estados Unidos, Joe Biden, sin que el Papa Francisco le lea la cartilla, algo incomprensible por cuanto condena, por un lado el aborto como un homicidio y luego desautoriza a los obispos que le quieren negar la comunión. Me gustaba la ‘cultura de la vida’ defendida por Juan Pablo II frente a la ‘cultura de la muerte’.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) lleva años promoviendo legislaciones proabortivas en todos los países. Otros organismos internacionales, muchos de ellos subvencionados por la ONU, como Marie Stopes International (MSI), sostiene que “la penalización del aborto y las leyes restrictivas sobre él impiden a los proveedores de servicios de la salud hacer bien su trabajo y prestar la mejor atención posible a las pacientes conforme a la buena práctica médica y a sus responsabilidades éticas profesionales”.

Es muy triste la cultura de la muerte. Pero lo más perverso intrínsecamente es la perversión del lenguaje. A las embarazadas se las llama ‘pacientes’; a los médicos abortistas se les denomina ‘proveedores de servicios de salud’ y a los que se niegan a practicar abortos los acusan de no prestar la mejor atención a las pacientes ‘conforme a la buena práctica médica y a sus responsabilidades éticas profesionales’. ¡Aberrante confusionismo idiomático al servicio de los matarifes pagados por multinacionales del negocio abortista! Es evidente que salvar vidas costaría dinero, mientras que matar fetos da dinero.

Yo, ante tanta locura mundial antihumana, propongo una reacción de todas las fuerzas católicas (y no católicas, pero humanistas) del planeta, encabezadas por el Vaticano, multiplicando la lucha de los movimientos provida, creando una red de clinicas-hospitales-residencias en favor de la vida para acompañar a las mujeres con embarazos no deseados y que precisan ayuda urgente para no abortar. Eso es lo ideal para salvar al feto y salvar a la madre. Igual que hay universidades católicas, podrían nacer clínicas-residencias de la Iglesia. Es una idea; el que las tenga mejores que las exponga.

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Ramón Gómez Carrión

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