Al paso

Los políticos, una casta perniciosa, casi un castigo bíblico

Sesión parlamentaria del Senado español, XIV legislatura (Fuente: Senado de España).

Las autonomías, junto al elefantiaco aparato estatal de Pedro Sánchez, están arruinando a la nación, con terribles efectos para el futuro

Estamos gobernados (quiero decir desgobernados) por un insensato que se llama Pedro Sánchez, del que una persona tan sensata como Joaquín Leguina, socialista de la escuela de Felipe González y Alfonso Guerra y expresidente de la Comunidad de Madrid, ha dicho que se ha cargado al PSOE para convertirlo en ‘sanchismo’. Este es el gran líder supuestamente abandonado por el comunista stalinista Pablo Iglesias, pero que no puede sacudirse su influencia con unos ministros podemitas que siguen fielmente los dictados del dictador y ahora candidato a presidir Madrid y que de momento no ha conseguido engañar a las otras fuerzas de izquierdas, que él llama progresistas, como también se autodenominan ellas para ganar votos de incautos. Pedro y Pablo compiten a ver quien es más de izquierdas, más progresista, una progresía que solo ha logrado hasta ahora empobrecer el país con una deuda pública que asusta. Eso sí, uno y otro están colocando a compañeros, amigos y amiguetes en la administración del Estado hasta un extremo que avergüenza.

Las más variadas encuestas nos llevan a la conclusión de que a la inmensa mayoría de la gente lo que más le preocupa es el dinero y el consumo. De los políticos, lo que más desasosiega es su incompetencia y, más si cabe, su abundancia, sobre todo desde que el Estado de las Autonomías multiplicó por miles el número de inútiles que viven de la política sin dar un palo al agua y con unos sueldos que puede que no sean escandalosos, pero que resultan absolutamente desproporcionados con el rendimiento que dan al país.

Al despilfarro de las autonomías se une el que se ha producido con el incremento de los ministerios y de los asesores en los distintos departamentos del aparato gubernamental.

Vista general del Hemiciclo durante el Pleno en que se aprobó la Ley Orgánica de eutanasia, 18/3/2021 (Fuente: Congreso de los Diputados).

Hay españolitos infelices que se creen el discurso de sanchistas y podemitas en defensa de lo estatal, de lo público. Lo hacen sobre todo refiriéndose a la Sanidad y a la Educación, como si la coexistencia de una sanidad y de una educación privadas, sometidas a una exigente legislación nacional, no fueran posibles. No solo son posibles sino necesarias y deseables para garantizar las prestaciones en ambos campos y estimular la libertad y la excelencia que vienen aparejadas con la competencia. 

Solo los inútiles y malvados comunistas (lamentablemente apoyados por el ‘sanchismo’) tienen el objetivo final de la estatalización global. No otra cosa es la dictadura del proletariado. Es tan evidente este objetivo de Unidas Podemos que sorprende la ingenuidad del socialista Pedro Sánchez, defensor teórico de las libertades, pero autoencadenado a unos socios que conducen la nación al abismo.

¿Cómo valorar la entrada de Sánchez en la precampaña de las elecciones en Madrid diciendo que Ayuso es la extrema derecha y que ellos son el centro? Pero si hace cuatro días pegaron carteles electorales proclamando “Somos la izquierda’ frente a Unidas Podemos para luego abrazarse (y seguir abrazados) con esa extrema izquierda que apedrea en Vallecas a quienes no piensan como ellos. ¿Cómo los violentos tienen el cinismo de llamar violentos a los violentados? ¿Desde cuándo las calles de Vallecas o de cualquier barrio español son propiedad exclusiva de los podemitas o de los de Más Madrid o del ‘sanchismo’ antisocialdemócrata? Es famosa la sentencia atribuida a Voltaire: “No estoy de acuerdo con lo que dice, pero defenderé con mi vida su derecho a decirlo”. Igual que Sánchez, Iglesias y Errejón. Lo mismito.

Las autonomías desmadradas, junto al elefantiaco aparato estatal de Pedro Sánchez, están arruinando a la nación, con terribles efectos para el futuro. La historia nos lleva a Natalio Rivas, político granadino omnipresente en la primera mitad del siglo XX. Fue diputado por Granada varias veces y miembro de algunos gobiernos con Alfonso XIII, hasta la llegada de la Dictadura de Primo de Rivera. Era un gran cacique, con anécdota reveladora. En un mitin en Órgiva, localidad alpujarreña, un seguidor le gritó: “Natalico, colócanos a tos”. Natalio colocó a muchos y fue un gran benefactor para Granada. Consiguió apoyos del Gobierno central para multitud de centros sanitarios, culturales y de todo tipo. Vivía en Madrid y viajaba con frecuencia a Granada. Los jamones de la Alpujarra no faltaban nunca en su casa madrileña donde había invitados de postín un día sí y otro también. Fue diputado de nuevo durante la Segunda República (siempre liberal él) tras el paréntesis de Primo de Rivera (1923-1930) y hasta prosperó con el franquismo.

Cortes Valencianas (Fuente: Perfil en Twitter @cortsval).

Los políticos, todos, sean del signo que sean, colocan y colocan a los suyos, sean familiares, amigos o amigos de sus amigos. Puestos que deberían ser ocupados por funcionarios competentes, de carrera y llegados por oposición, se dejan en manos de incompetentes que cobran buenos sueldos y lo hacen muy mal. Hay cientos de miles en toda España, Su número se ha multiplicado con el Estado de la Autonomías. Esto hace que los ciudadanos consideren a los políticos una casta perniciosa, casi un castigo bíblico.

¿Cuándo acabamos con el Senado que no sirve para nada? ¿Cuándo desaparecen los ‘defensores de los ciudadanos’ en todos los territorios autonómicos pues son un adorno caro, que solo en la Comunidad Valenciana tiene a más de treinta personas en nómina? ¿Qué necesidad tenemos de parlamentos autonómicos con decenas de diputados que ni ganas de comer hacen, parlamentos como el valenciano, con 90, y más de cien en Cataluña y alguna que otra región? ¿Por qué no se reduce su número drásticamente, igual que en el Parlamento nacional?

A Pedro Sánchez, a todos los presidentes autonómicos y a todos los políticos de la nación hay que gritarles que dejen de colocar a los suyos porque pagarles con el dinero de todos los contribuyentes es una inmoralidad que empobrece al país y solo a ellos beneficia. Así no se reconstruye la España que se necesita. Con pandemia o sin ella.

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Ramón Gómez Carrión

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