Al paso

Santa Faz: nos espera la resurrección

Peregrinación a la Santa Faz, año 2018.

Nacemos, vivimos y morimos, pero somos tan tontos que nos olvidamos del más allá, capaz de hacer mejor nuestro acá

Casi todo el mundo se ha pasado al bando de la secularización y abandona las prácticas religiosas. No es un fenómeno actual. España lleva años y años alejándose de la Iglesia Católica. Incluso los que se declaran católicos en las encuestas confiesan, seguidamente, en su mayor parte, que no son practicantes. La inmensa mayoría ni van a misa ‘los domingos y fiestas de precepto’. Ni se confiesan ni comulgan una vez al año por la Pascua de Resurrección, ciclo religioso en el que estamos inmersos desde la recién pasada Semana Santa.

Este año, como el pasado, debido al coronavirus, se ha suprimido La Peregrina, la más grande manifestación de fe popular de la provincia, a la que en los últimos años acudían unas trescientas mil personas. No obstante, el santuario de la Santa Faz y el santo lienzo de la mujer Verónica han estado recibiendo la visita incesante de peregrinos durante toda la semana pasada.

El segundo jueves después del Domingo de Resurrección es la fiesta de la Santa Faz, un lienzo sagrado que custodian las monjitas del monasterio que lleva el nombre de la reliquia traída de Roma en 1489 por Mosen Pedro Mena, párroco de San Juan de Alicante. La tradición dice que el lienzo de la mujer Verónica, con el que enjugó el rostro ensangrentado y sudoroso de Jesús camino del Calvario, tenía varios pliegues y eso explicaría que haya varios lienzos en la cristiandad.

Lo de menos es la autenticidad de la tela; lo importante es la autenticidad de la fe y el refrendo del milagro de la lágrima, avalado por la tradición oral y escrita. Guardado el santo lienzo, al principio, en la iglesia de San Juan, el 17 de marzo de 1489 salió en procesión hacia el santuario de Los Ángeles, enclavado a las afueras de Alicante, acompañado el párroco por dos frailes Franciscanos y por numerosos fieles de toda la huerta alicantina, que habían pedido hacer una rogativa para acabar con la larga sequía que masacraba los campos de la amplia huerta alicantina, sanjuanera y muchamelera.

Santa Faz (Fuente: Archivo Municipal de Alicante).

Cuando los peregrinos llegaban a la zona donde ahora se levanta el santuario se sorprendieron con los gritos de socorro que lanzaba el religioso franciscano que portaba la reliquia, inmóvil y abrumado por el peso del lienzo. Mosen Pedro Mena y numerosísimos peregrinos se arremolinaron en torno a fraile y reliquia y comprobaron que del ojo derecho había saltado una lágrima, el primer milagro de tantos como se le atribuyen a la Santísima Faz en los más de 500 años de su presencia en la terreta.

 La fama milagrosa de la Santa Faz alicantina llegó a muchos rincones de España y no sabemos cómo encandiló al mismísimo Juan Sebastián Elcano, el gran marino vasco que, al servicio del emperador Carlos V (y rey Carlos I de España) dio la primera vuelta al mundo, hazaña por la que el monarca le asignó una pensión anual de 500 ducados de oro y un escudo de armas en cuya cimera figuraba el globo terráqueo con la leyenda ‘Primus circumdedisti me’ (el primero que me diste la vuelta).

Elcano había hecho promesa de visitar el santuario alicantino dedicado a la santa mujer Verónica. No pudo cumplirla. Había iniciado en 1925 (tres años después de llegar a Sevilla con la nao Victoria y 17 hombres de los 265 que emprendieron la circunvalación de la Tierrra) había, digo, empezado una nueva aventura hacia las tierras de las especias y cuando atravesó el estrecho de Magallanes, ya en el Pacífico, enfermó de escorbuto e hizo testamento antes de morir. Se acordó de la Santa Faz y ordenó donar 24 ducados al santuario y pagar 6 ducados al peregrino que los portara.

No se cumplió la promesa. Pero el ilustre marino alicantino contralmirante Julio Guillén Tato, siendo director del Museo Naval de España, encontró el testamento de Elcano y descubrió la promesa. Consiguió del Ministerio de Marina que se cumpliera el deseo de aquel vasco orgulloso de ser español, devoto de la mujer Verónica y de la Santa Faz alicantina. El 3 de julio de 2002 llegaron del Departamento Marítimo de Cartagena (al que pertenece Alicante) 60 marineros con el comandante alicantino Manuel Rebollo al frente, para cumplir (no al pie de la letra, claro) la última voluntad de Elcano. Entregaron a las monjas Clarisas, una medalla de plata simbólica de los 24 ducados, y algo menos ‘inmaterial’: un jamón, un lomo, una bola de queso y legumbres. El último obsequio de los marinos fue más espiritual, el canto de despedida, una Salve Marinera.

Murió Elcano encomendándose a la Santa Faz y a la Verónica. Se acordó de Alicante. Así veo yo a los cientos de miles de habitantes de esta tierra, tanto peregrinos al monasterio de la Santa Faz como a otras iglesias y ermitas de patronas y patronos de los pueblos todos de la provincia. Gente profundamente religiosa, que vive su fe en lo más hondo y que les ayuda a vivir mejor, en paz consigo mismos, con sus conciudadanos y con Dios. Nacemos, vivimos y morimos, pero somos tan tontos que nos olvidamos del más allá, unas creencias que nos ayudan a hacer mejor nuestro acá. Moriremos sí, pero nos espera la resurrección.

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Ramón Gómez Carrión

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