Opinión

La letra pequeña

Uno de los chistes de Enrique que en cada número se publicaban en la revista "Panorama en Azul" (Fuente: Toni Gil).

A mediados de los noventa del pasado siglo me encomendaron en la CAM un nuevo proyecto. Habitualmente lo que se denomina por los marquetinianos el “segmento de pensionistas” suele ocupar en los ahorros depositados alrededor de la cuarta parte de su volumen. Sin embargo, en la Caja se venía perdiendo en los últimos años décima tras décima, y no se crecía en número de pensiones domiciliadas al ritmo que éstas se producían.

Sin experiencia en este terreno, lo primero que hice fue estudiar lo que hacían en este campo otras Cajas y algún que otro banco. No tuvo mérito copiar lo mejor de cada cual y adaptarlo, añadiendo algunas ideas propias. Se creó una marca CAM Azul– que acompañaba ofertas de viajes, una tarjeta de crédito, regalo por domiciliar la pensión, algún producto financiero específico –las rentas vitalicias, por ejemplo–, un teléfono gratuito de consultas y asesoramiento 24 horas al día, y rebañando de los presupuestos de la Obra Social y Cultural un paquete de acciones apropiadas: excursiones culturales y medioambientales, charlas y conferencias, cursos de informática…, y todo ello con el soporte de una revista destinada a los clientes de este colectivo –¡he ahí mi alma de periodista!–, Panorama en Azul, para divulgar los valores de la mal llamada “tercera edad”, sus experiencias y las noticias que pudieran afectarles.

Estudiando también lo que se publicaba sobre las personas mayores, encontré críticas sobre el tamaño de los textos en muchos productos, algunos de los cuales eran de gran consumo por este sector de la población. Consecuencia de ello, procedimos a aumentar el tipo de letra en muchas comunicaciones. Desde que formo parte de este “grupo”, observo que la bien llamada “letra pequeña” se sigue utilizando demasiado un cuarto de siglo después, en cualquier sector en el que uno se introduzca. Incluso, a menudo aunque el tamaño sea mayor se mezcla con fondos o imágenes que confunden. Yo mismo he errado al comprar mermelada de tomate en lugar de la de fresa, por la escasa nitidez del diseño y por no andar por los pasillos del supermercado con las gafas de leer puestas. Y otro ejemplo: las alineaciones en los partidos televisados.

Este detalle, el tamaño, es un símbolo más de un cierto desprecio que se siente por los sexagenarios de edad hacia arriba, tanto desde el sector privado como desde el público, que solo nos recuerda cuando se convocan elecciones. A punto de recibir la clásica comunicación sobre el nuevo importe de la pensión para este ejercicio, se habla y se escribe con ironía sobre la “paguica” que vamos a recibir este mes, como si no fuera una justa remuneración por la evolución del IPC. No es menos cierto que entre nosotros también se dan voces fuera de contexto exigiendo que nos eximan de incluir el importe de nuestras pensiones en la Declaración de la Renta, algo absurdo a todas luces. Incluso he oído más de una queja por el escaso importe de unas pensiones vinculadas a autónomos y agricultores que solo habían cotizado los últimos años de su actividad y por el mínimo exigible.

Las personas mayores vamos a ser cada vez mayor número –pandemias aparte– y han de ser tenidas en cuenta como personas, atendiendo a todas las necesidades que precisen cubrir. Decidir sobre qué mínimos hay que situar sus ingresos en pensiones y otras necesidades es responsabilidad no solo de los políticos, también del resto de las generaciones que vienen tras nosotros.

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Toni Gil

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