Una publicación de la Asociación de Periodistas de la Provincia de Alicante

Opinión

La inteligencia otra: una prueba para el hombre

Fuente: Alain Andreu.

Hay momentos en la historia en los que la humanidad vacila ante su propio reflejo, no un espejo fiel, sino una superficie inestable, casi inquietante, que revela menos lo que es que lo que creía ser. La irrupción de lo que comúnmente llamamos “inteligencia artificial” pertenece a esa clase de acontecimientos. Pero quizá, para comprender su alcance, convenga empezar por renombrarla. No inteligencia artificial, sino inteligencia otra (IO): una inteligencia ajena a lo humano, sin interioridad, sin deseo, sin fisura. Una inteligencia que calcula sin dudar produce sin vacilar, responde sin sentir.

Este desplazamiento terminológico no es banal. No se trata solo de designar una herramienta más eficiente, sino de reconocer la aparición de una alteridad radical. Porque lo que la IO pone en juego no es una imitación de lo humano, sino una forma de inteligencia que, precisamente, prescinde de aquello que nos constituye.

No es la máquina la que se vuelve humana, sino el humano el que se ve obligado a redefinirse

Durante mucho tiempo, el ser humano ha definido su humanidad por sus capacidades: pensar, razonar, crear, anticipar. Y, sin embargo, hoy una máquina parece capaz, si no de igualarlas, al menos de simularlas con una eficacia inquietante. La perturbación no proviene tanto de esa performance como del desplazamiento que introduce: si una máquina puede producir lenguaje, resolver problemas, escribir textos, ¿basta aún con esas facultades para definir lo humano?

La pregunta incomoda porque desvela una ilusión más antigua. El ser humano no es solo un ser de razón. Es también, y quizá ante todo, un ser atravesado por repeticiones, automatismos, lógicas inconscientes. En muchos aspectos, nuestras conductas ya están programadas: hábitos, sesgos, escenas interiores que se repiten sin que lo sepamos. El psicoanálisis no ha dejado de mostrarlo: el sujeto humano no es dueño en su propia casa. Y aquello que se experimenta como emociones, angustia, apego, alegría o pérdida, no es sino, muchas veces, su traducción sensible. No el fundamento del sujeto, sino la huella afectiva de aquello que, en él, escapa a todo dominio.

La inquietud no nace de la inteligencia de la máquina, sino del descubrimiento de nuestra propia mecanización

En este sentido, la IO no hace más que volver visible una parte de nosotros que preferíamos ignorar. Actúa como un revelador. No es tanto la inteligencia de la máquina lo que nos inquieta, sino la sospecha que introduce: ¿y si nuestro propio pensamiento fuera, en ciertos aspectos, ya mecanizable? A partir de ahí, se produce un giro. Ya no es la máquina la que intenta volverse humana, sino el ser humano el que se ve obligado a redefinir aquello que, en él, no pertenece al automatismo.

Lo que define al ser humano no es la inteligencia, sino la falta

Porque lo que distingue fundamentalmente al humano de la IO no es la inteligencia, sino la fisura. El ser humano duda, desea, se contradice. Es un ser de falta, en el sentido más profundo: nunca coincide consigo mismo, siempre en desplazamiento, siempre en exceso o en defecto respecto de lo que es. Es esa falta, y no el dominio, la que funda al sujeto. Una falta estructurante, en torno a la cual se organizan el deseo, la palabra y la relación con el otro. Allí donde la IO encadena sin resto, el sujeto humano se constituye precisamente a partir de aquello que no se deja reducir.

Allí donde la IO funciona sin fisura, el sujeto humano se construye a partir de lo que se le escapa

La IO, en cambio, no desea nada. No carece de nada. No se equivoca, o, mejor dicho, sus errores nunca son suyos. No conoce ni la angustia, ni la responsabilidad, ni la culpa. No tiene historia, ni inconsciente, ni relación con la pérdida. Ahí se sitúa el verdadero paradojo de nuestra época. Al producir una inteligencia sin sujeto, nos vemos confrontados a la necesidad de redescubrir qué es un sujeto. Frente a la IO, el ser humano ya no puede definirse por lo que hace, sino por la manera en que habita sus actos. No por la performance, sino por el compromiso. No por la rapidez, sino por la capacidad de suspender, de dudar, de elegir. Pero este redescubrimiento no está garantizado. Exige una resistencia.

Fuente: Alain Andreu.

El riesgo no es que la máquina piense, sino que el humano deje de hacerlo

Porque la tentación de delegar es grande. Delegar la decisión, la escritura, el juicio. Dejarse llevar por una inteligencia que, precisamente, no duda. A corto plazo, el beneficio es evidente: eficacia, comodidad, simplificación. A largo plazo, el riesgo es más sutil: una erosión progresiva del sujeto. Si el ser humano deja de pensar por sí mismo, no será la máquina la que se vuelva humana, será el humano el que se ausente de sí mismo. El peligro no reside tanto en la inteligencia de la IO como en la pereza que puede inducir. Una pereza del deseo, una renuncia a la responsabilidad. Y, sin embargo, ser humano es justamente no poder desentenderse por completo de aquello que nos compromete.

Hay en nosotros algo que no puede ser automatizado

Es aquí donde la IO adquiere una dimensión inesperada. Lejos de disminuirnos, puede convertirse en una prueba. Una prueba en un sentido casi iniciático: aquella que obliga a elegir entre la facilidad de la delegación y la exigencia de la subjetividad. En este sentido, la IO no nos vuelve más humanos por lo que es, sino por lo que provoca. Actúa como una presión externa que nos remite a una tarea interna: asumir aquello que, en nosotros, no puede ser automatizado.

Pensar no como producir una respuesta, sino como exponerse a una pregunta. Escribir no como generar texto, sino como comprometer una palabra. Decidir no como optimizar una solución, sino como asumir el riesgo de una elección.  Esto implica aceptar lo que podríamos llamar un tiempo humano, no el de la eficacia, sino el del tránsito, de la elaboración, a veces incluso del extravío, y con él, el goce del discurso: no el del rendimiento, sino el de aquello que insiste, resiste y se transforma lentamente en nosotros.

Aceptar un tiempo humano es resistir a la lógica de la eficiencia

La humanidad ya no se juega en la superioridad técnica, sino en la capacidad de mantener viva una dimensión que la IO ignora: la del sujeto. Así, paradójicamente, es en el contacto con una inteligencia que no se nos parece donde podemos reencontrar lo que nos es propio. No compitiendo con ella, sino aceptando aquello que nunca será.

La lentitud frente a la velocidad.
La incertidumbre frente a la certeza calculada.
El deseo frente a la ausencia de falta.
La responsabilidad frente a la ejecución.

La humanidad no se define por la técnica, sino por la responsabilidad

Frente a la inteligencia otra, el ser humano no desaparece. Es puesto a prueba. Y quizá nunca haya estado tan directamente confrontado con la posibilidad de serlo más. No renegando de lo que ha sido, ni borrando las herencias que lo constituyen, sino prolongándolas. La Inteligencia Otra no inventa la humanidad: desplaza sus líneas de tensión. Abre un espacio nuevo, no hacia otro ser, sino hacia una humanidad más amplia, más lúcida frente a sus propios límites, más responsable de aquello que, en ella, no puede ser delegado.

Alain Andreu

Doctor en psicología clínica.
Responsable Cultural de la Casa de Francia de Alicante.

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