Al paso

La justicia social y las demás justicias

A Einstein no le gustaba la revolución comunista y menos su sistema de producción.

Nada de borrón y cuenta nueva. A Einstein lo quisieron manipular tildándolo de revolucionario y él fue contundente condenando el sistema comunista y no solo por sus programas de producción. No podía ser de otro modo. La ciencia es libertad y progreso, que se cimentan en avances de hoy sobre lo conseguido por los anteriores investigadores, abiertos al futuro desde (y sobre) el presente y el pasado.

Cuando llegó Einstein a España en 1923, primero a Cataluña y luego a Madrid, dejó muy claro que estaba lejos del socialismo marxista que acababa de triunfar (de ser impuesto por la ‘razón’ de las armas) en Rusia, pero, al mismo tiempo, apoyaba con todas sus fuerzas la lucha por sociedades modernas en las que se avanzase en la igualdad de oportunidades y se instalase una progresiva justicia social.

Einstein era un demócrata que creía en el fundamento de toda democracia, la división de poderes: Ejecutivo, Legislativo y Judicial. División de poderes significa independencia y respeto de los unos con los otros. Uno, el que representa al pueblo soberano, el Legislativo, del que emanan las leyes y del que emana el propio Ejecutivo, es la columna fundamental. El Ejecutivo tiene la enorme responsabilidad de gobernar y de hacerlo en consonancia con las leyes todas y sobre todo con la ley de leyes, la Constitución.

El Poder Judicial, el de los jueces, tiene que garantizar el cumplimiento de las leyes. Los jueces no hacen las leyes. Su enorme responsabilidad es acertar al aplicarlas. Sabiamente hay diversas instancias judiciales, lo que garantiza recursos y más recursos hasta llegar a lo más alto de la judicatura donde se hacen firmes las sentencias. Como tiene que ser. Y todo ello exige una legislación escrupulosa sobre la conformación de los diversos órganos de la Justicia, garantizando hasta lo imposible la independencia del Poder Judicial.

No se entiende que el Gobierno de coalición sanchista y comunista ataque permanentemente a los jueces y tribunales de justicia cuando lo que tiene que hacer es intentar cambiar la legislación que se considere injusta u obsoleta para tratar de sustituirla por otra mejor. Pero nunca un Ejecutivo puede menospreciar y, menos aún, perseguir a jueces y tribunales que lo único que hacen es exigir que se cumplan las leyes que el pueblo soberano se ha dado por medio de sus representantes parlamentarios. Esto es tan evidente que parece mentira que haya que explicárselo al doctor Sánchez y a sus ministros y ministras.

Las actuales presiones de los partidos políticos sobre el nombramiento de jueces y magistrados de los diferentes órganos judiciales tienen que desaparecer para llegar al ideal: que los integrantes de las instituciones judiciales sean elegidos democráticamente por los propios jueces. Hay que garantizar al máximo la independencia de la Judicatura.

Los jueces no hacen las leyes; solo las aplican. Hay que repetirlo: si no gustan las leyes a los políticos (en el Gobierno u oposición) que las cambien democráticamente. Para eso está el Legislativo. Y un Gobierno democrático está para perfeccionar leyes a través del Parlamento, a través del Legislativo, nunca para presionar o intentar manipular el Poder Judicial. Abusar de los decretos-ley, aunque sea legal, es antidemocrático.

Hablemos de un asunto de actualidad: los indultos a los condenados por delitos de sedición (les perdonaron el de rebelión) y malversación. A muchos políticos les parece que hay que cambiar el Código Penal en lo que afecta a rebelión (art. 472) y a sedición (art. 544). No tiene el Gobierno mas que tomar la iniciativa y llevar al Congreso un proyecto de nueva ley y tratar de sacarlo adelante. ¿Que cree que debe eliminarse el delito de rebelión? A ver si sale adelante, como la reducción de penas por el de sedición. A lo mejor Sánchez llega a un acuerdo con los separatistas, en la mesa de diálogo, para, en lugar de castigos, conceder trofeos ‘progresistas’ a quienes promuevan el separatismo e incluso para los que proclamen de nuevo la república catalana que ya tiene sede en la casa de Puigdemont en Waterloo, ese santuario independentista al que peregrinan, cada dos por tres, los separatistas con pedigrí. Todos vuelven encantados por la nueva imagen de Puigdemont, asegurando que el corte de pelo actual lo hace más joven y le da un aire prometedor, con un futuro que aún no pasa por su regreso a Cataluña. El Gobierno de Sánchez no encuentra la forma de indultarlo porque no ha sido juzgado y condenado. ¿De qué le van a indultar si no tiene penas pendientes? Ya verán cómo cualquier día se entrega ‘voluntariamente’ a la Justicia, le condenan por la vía rápida y le va a faltar tiempo al Gobierno de Sánchez para indultarlo.

A los españoles, incluidos por supuesto los catalanes, nos tienen que preocupar y ocupar no solo los indultos sino, especialmente, lo que puede haber tras ellos; lo que puede llegar con la mesa bilateral de Pedro Sánchez y Pere Aragonés a partir de septiembre. Creo que los cambios de ministros auguran una ligera mejora medioambiental en la Moncloa por más que Sánchez me siga pareciendo muy peligroso. Es como si estuviera colocándose una piel de cordero sobre su instinto lobezno; como si anduviera poniéndose un hábito franciscano sobre su insaciable ego mundano. ¿Recuerdan aquello de que el hábito no hace al monje? Pero de Sánchez y sus nuevos ministros habrá que hablar con más detenimiento otro día. Como del stalinismo de podemitas y masmadridistas, conquistadores de cielos y otras miserias.

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Ramón Gómez Carrión

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