Estoy bajo el influjo de la música chill-out. Como sabéis relaja tanto que podría dormir a una manada de ñus en plena migración.
Sin embargo, a esta hora, y después de un día con tantas prisas y ruidos, un día como ayer, como mañana, un día hogaño que se parece tanto a ese otro de antaño.
Me acompaña como siempre mi gato Miki que frisa los catorce.
Todavía guardo en los desvanes de la memoria un abanico de retales de cualquier pasado. El pasado de hace veinte o treinta años cuando estabas tan seguro como equivocado que podrías nadar a contracorriente, porque realmente te sentías como un héroe, hasta que la muerte se llevó a tu padre y lloraste mucho más que un niño.
El pasado cuando ibas al cole del barrio con una pequeña cartera siempre repleta de libros con más sobresalientes que en un mostrador de correos con horario partido. Recuerdo esos años de la niñez con más nostalgia cada vez. Luego las cosas cambian porque ya se sabe que nada es para siempre y creces un poco y llegan los catorce ni siquiera quince y te pones a currar porque justo es ayudar a la familia. Mucho antes lo hizo tu hermano Luis, y con menos años. Los tiempos eran difíciles y cocinar una olla para nueve o diez y el viejo Tobi que comía en casa una o dos veces por semana, porque se dedicaba a buscar perrita excepto los fines de semana.
Y el pasado va y viene escalonado porque la mente así lo quiere. Y llega el pasado casi de ayer, como del 2019 y tu madre esta vez sin maleta emprende el último viaje, que por muy poco casi se cruza en el camino con uno de sus hijos. El pasado a veces te sacude el alma y te arropa al mismo tiempo, aunque parezca algo tan extraño. Sinónimos y antónimos por una vez dejan de comportarse como antagonistas y bajo el ritmo del incontestable reloj del tiempo esbozas una sonrisa y algunas lágrimas que nadie ni en su sano juicio evita y de esa guisa vuelven por un momento como a la vida, como un diminuto homenaje para todos ellos.
Que el tiempo no nos haga olvidarnos.













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Pablo, compañero de la Hoja: ten confianza en que puedes emular a Oscar Wilde y en que tu novela puede ser única y no tiene por qué serlo por ser la única que escribas.
Muchas gracias,Ramón. El mundo de la literatura, vamos a llamarlo así, me ha salvado de infinidad de barrancos y lo menos que puedo hacer por ella, es dejarme el alma en lo que hago y eso es muy importante al menos para mí. Las deudas sean del tipo que sean, siempre que no tengan cara de atropello, debemos saldarlas, de ello y de otras muchas cosas depende nuestro honor y por ende el transcurrir de una sociedad cristalina que no se revuelque en la porqueria como verdadero acicate para crear enormes pantallas de chroma, que nunca serán la realidad.
Pablo, absolutamente de acuerdo. Por mucho que se pueda corromper una sociedad, nadie nos puede quitar (ni con la muerte) ‘nuestra libertad’.
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