Una publicación de la Asociación de Periodistas de la Provincia de Alicante

Al paso

Estaremos entre famosos en el Cielo y para siempre

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Llevo varios días dándole vueltas a lo que me dicen algunos amigos y casi todos los conocidos: “Oye, para tener 88 años, estás muy bien”. La verdad es que camino con bastante menos prisa y agilidad que hace unos años, pero, de momento, sin  bastón ni andadera, como llevaba desde hace ya un lustro mi conocido y valiente empresario de salas de cine José María, y con el mismo buen humor de mis cuatro queridos y admirados amigos periodistas, dos Pepes y dos Pedros, todos ellos más jóvenes que yo y ya ausentes. Dos de ellos, un Pepe y un Pedro, tuvieron la desgracia de perder facultades mentales en sus últimos meses y cuidado que eran, fueron, inteligentes e ingeniosos, además de buenos padres, buenos abuelos, buenos amigos y buenas personas. Yo quisiera morir de repente y no me atrevo a pedírselo a Dios cuando rezo antes de acostarme cada noche. Me gustaría soñar como lo hacía ‘mi amigo del alma’, Antonio Machado, de quien les hablé hace un par de semanas, festejando el 87 aniversario de su muerte el 22 de febrero de 1939. Terminaba el hermoso poema que les trasladé, con esta estrofa:

Anoche cuando, dormía,
soñé, ¡bendita ilusión!,
que era Dios lo que tenía
dentro de mi corazón!

Machado era un católico no practicante, bautizado como lo eran en su tiempo todos los niños, incluso los nacidos de padres que no querían saber nada con la Iglesia. Pero, además de fabuloso poeta, era un hombre profundamente bueno. Su cuerpo reposa en Colliure (Francia) y su alma seguro que está en los Cielos, regalando sus versos a Dios, siempre que se organizan recitales en el ‘Séptimo Cielo’. En algunos recitales le acompañarán Homero, Virgilio, Horacio, Dante, Petrarca, fray Luis de León, Lope de Vega, Calderón de la Barca, Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, Neruda, García Lorca, Miguel Hernández, Aleixandre, Juan Ramón Jiménez, Cernuda, León Felipe, Dámaso Alonso, Félix Grande y otros famosos literatos del pasado más o menos remoto. Supongo que habrá conciertos de cantautores, grupos y bandas y representaciones de obras de teatro y talleres de todo tipo y sesiones circenses con payasos y malabaristas y miles de otras celebraciones, como excursiones por los millones y millones de galaxias que pueblan el Universo, sin olvidarnos de la permanente contemplación de Dios. Recuerdo un pasaje evangélico, el de la transfiguración del Señor en el monte Tabor, ante Pedro, Santiago y Juan, acompañado Jesús por Moisés y Elías. Resplandecían como el sol y sus vestiduras eran blancas como la nieve; los tres envueltos en una nube luminosa a la vez que se oyó la voz del Padre eterno diciendo: “Este es mi hijo amado, en quien tengo mi complacencia; escuchadle”. Estaban tan a gusto que Pedro le sugirió a Jesús montar tres tiendas y mantener la ‘excursión’ montañera indefinidamente. No tuvo éxito, claro.

Vuelvo a pensar en lo interesante que será dialogar con personajes relevantes, tan antiguos como Sócrates o tan modernos como Einstein. De este genio había creído siempre ser esta frase: “No hay reloj sin relojero, ni mundo sin creador”, pero la inteligencia artificial me dice que no consta que dijera tal cosa, si bien, en su ensayo Ciencia, filosofía y religión, defendía que “La ciencia sin religión está coja; la religión sin ciencia está ciega”. Sobre Dios suya es esta reflexión: “Creo en el Dios de Spinoza, que se revela en la ordenada armonía de lo que existe, no un Dios que se preocupa por el destino y las acciones de los seres humanos”. Yo sí creo en este Dios y no sólo en el del filósofo Spinoza y el científico Einstein. Espero confirmarlo dentro de unos años (que no serán muchos, evidentemente) en la mansión eterna. 

En el reino de los cielos está nuestra futura y definitiva morada. Hasta que llegue el fin del mundo (ese final del planeta Tierra lo ponen los científicos para dentro de unos cuatro mil millones de años, año arriba o año abajo) seguirán llegando almas al Paraíso y allí no se unirán a nuestros cuerpos resucitados hasta que se vaya a celebrar el juicio final, en el que el inmenso grupo de los aprobados en el máster de los que amaron a Dios en sus hermanos (los demás seres humanos), aprobados aunque sea por los pelos, pasarán una criba grande con agujeros enormes por donde cabremos casi todos. Sólo unos pocos, como aquel Nerón que mandó asesinar a su madre, Agripina, acusada de conspirar contra él, y que obligó a suicidarse a nuestro paisano, el gran Séneca, su preceptor, acusándole de tomar parte en ‘la conjura de Pisón’: sólo unos pocos malvados irredentos -digo- serán apartados del Cielo y pasarán la eternidad en lo que, figuradamente, se llama el fuego eterno y que realmente parece que es la privación de Dios para siempre, ausencia que es un dolor espiritual tan doloroso como pueda serlo el fuego material para las cosas materiales, lo que no son las almas ni los ‘ángeles caídos’ con Lucifer (alias Satanás) a la cabeza. He leído bastante sobre el infierno y me gusta lo que dicen algunos teólogos y algún papa sobre el ‘fuego espiritual del infierno’.

Lo mejor del Cielo será la llamada ‘Visión Beatífica’, la contemplación de Dios cara a cara, un estado de felicidad absoluta; nuestro entendimiento contemplando la esencia divina de forma directa; la luz de Dios trasladando a las almas la ‘luz de  la gloria’ para unirnos a la esencia divina. Santo Tomás de Aquino, el más grande de los teólogos, asegura que esa contemplación, productora de felicidad perfecta, será gradual y más completa dependiendo de la caridad y los méritos de cada alma, a lo que San Gregorio de Nisa añade que la felicidad celestial progresa permanentemente y nunca se agota debido a la infinitud divina.

De todo ello deduzco que, por mucho que nos quieran amargar la vida (y nos la amargan) los mediocres políticos nacionales e internacionales y por muchas guerras que haya y nos amenacen con bombas atómicas, siempre nos queda la fe y la esperanza de ir al cielo. No es que deseemos morir para ir cuando antes al cielo, como poetizaba Santa Teresa de Jesús, pero no tengamos miedo a la muerte. Tras ella están Dios, la Virgen María, San José, los ángeles, los santos y los menos santos entre los que estarán nuestros familiares, amigos, conocidos y desconocidos gracias a la misericordia del Señor. Seamos optimistas.

“Vivo sin vivir en mí
y tan alta vida espero
que muero porque no muero”.

Por muy mal que nos vayan las cosas, recordemos esos versos de Teresa de Ávila, y otro que decía: “Sólo Dios basta”.

Imagen: www.depositphotos.com.

Ramón Gómez Carrión

Periodista.

1 Comment

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  • Gracias, Ramón…
    Sólo Dios Creador basta
    (muy cierto es)
    porque cada acción bondadosa, ecuánime y justa
    es Amor de Dios Creador…

    Feliz Pascua de vida en el Amar
    sin excepciones
    (salvo a quienes reinciden y reinciden en las maldades que debemos eliminar del mundo)…