A deshoras

El Palmeral de Elche, una transferencia cultural

Fotografía: Antonio Zardoya.

Hace 20 años que la Unesco declaró el Palmeral de Elche como Patrimonio de la Humanidad: el tiempo vuela. El conseller de Cultura, Vicent Marzá, se desplazó a Elche para el festín de la efeméride, como no podía ser de otro modo, y mantuvo un encuentro con el alcalde Carlos González; luego pusieron una plaquita recordatoria en una palmera. A los días se sumó al festín la vicepresidenta de la Diputación de Alicante, Julia Parra, en modo “lo que haga falta”. Marzá soltó cuatro perlas cultivadas: se impresionó y alabó la frondosidad del tema “viendo crecer las palmeras en busca del sol”. Poesía sentimental y de combate mientras el alcalde ilicitano reclamaba más ayudas de la Generalitat y, fundamental, que se desatasque de una vez por todas la ley autonómica de Protección del Palmeral, cuestión farragosa donde las haya por una sencilla razón: los usos históricos de los huertos de palmeras (no confundir con el Parque Municipal) ya no son rentables salvo que se subvencionen casi al 100%. Ese es el caballo de batalla. Y hablar de nuevos usos, con criterios de sostenibilidad, es un anatema en Elche donde el pensamiento dominante lo copan un grupete de ultraortodoxos, poseedores de la razón absoluta. Una vez dije en Tele-Elx que había que posibilitar construcciones de baja intensidad entre, subrayo, “entre”, los huertos de palmeras y casi se me comen. El ejemplo es el Conservatorio de Música que diseñó en los años 80 el arquitecto Gaspar Jaén, paladín en la defensa de las quintas esencias de la ilicitanidad (también poeta extraordinario). También hay otro ejemplazo: el Hotel Huerto del Cura. Elche, con una treintena de pedanías, y un paisaje único, no dispone ni de un triste hostal rural, ahora que están tan de moda… (bueno, creo que hay uno).

Me sorprende de todos modos, que es a lo que iba, que casi nadie haya subrayado el núcleo esencial de lo que premió la Unesco: El Palmeral de Elche es un ejemplo excepcional de una transferencia cultural procedente de la península arábiga, con toda la tecnología del sistema de riego del mundo árabe. No se galardonó el hecho de que hubiera muchas, muchísimas palmeras, que también, sino el hecho de que éstas, ordenadas en huertos, hayan pervivido por los siglos de los siglos gracias a dicha tecnología, la misma que luego exportaron los españoles a la Baja California. Y parte de esa red (desde el Pantano hasta el centro de la ciudad) sigue hecha un asco. Hace veinte años ebullía el concepto de “Diálogo de Civilizaciones”, que es donde se apoyó conceptualmente el organismo de Naciones Unidas. Hoy esa idea (tras el paisaje desolador que han dejado los Trump, Bolsonaro, Orbán, Salvini, etc., también los atentados yihadistas) está encerrado con siete llaves en un baúl secreto. Hoy solo lo defiende en público el politólogo Samir Naïr en sus artículos en El País. El Palmeral de Elche: denso.

Coda 1: Ardo en deseos de ver el último trabajo de Pilar Andújar, un disco-libro, que se presenta el próximo 29 de enero en el Museo de Arte Contemporáneo de Alicante, y luego en la Lonja de Elche. Andújar: una artista integral.

Coda 2: Ximo Puig se ha convertido en un malabarista del lenguaje. En su encuentro con el presidente interino de Cataluña, Pere Aragonés, abogó por crear una “Commonwealth mediterránea”. Estoy que no pego ojo.

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Antonio Zardoya

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