Esa cosa que no nos deja evolucionar ni avanzar, que nos acomoda y nos hace apalancarnos; que nos atenaza y no nos deja viajar ni movernos, ni abrirnos ni conectar; el que nos hace quedarnos dentro, medir todas las acciones, anticiparnos, protegernos, temblar. El miedo a lo desconocido y a lo conocido; el que te hizo ser como eres; el que supuso perder oportunidades y ver pasar trenes: el que nunca te deja hacer lo que de verdad deseas o tirar por la calle de en medio, que es lo que habría hecho tu abuelo; el que te dice al oído que “es de listos ser cobardes”, porque te llevas menos hostias, aunque las pocas que te lleves sean más fuertes.
El admirado y denostado Arturo Pérez-Reverte no coincide conmigo en aquello de que la estupidez es el mayor mal grave y endémico de nuestro mundo. Él, mucho más sabio que yo, tiene claro que el quinto jinete del Apocalipsis es la cobardía; el miedo, a fin de cuentas. Creo que son dos caras idénticas de la misma moneda. La prueba es que los escasos éxitos que hemos tenido como especie muestran cómo solo decisiones valientes, equivocadas o no, nos han traído avances importantes.
Una especie de primates que se reunía en grupos para protegerse y que, por tanto, tenía claro que la unión era una estrategia de supervivencia, decidió eso: juntarse en grupos sociales para defenderse y sobrevivir. Lo primero, de las fieras compañeras del mundo natural que habitaban: felinos, cánidos y rapaces capaces de llevarse a un niño homo sapiens en un momento, a dentelladas o entre sus garras. La decisión, aún tomada desde el temor, fue en sí misma inconsciente y valiente. Nos desarrollamos en grupos con funciones diferentes; además, de esa forma conseguimos ser totalmente cuidadosos con los nuestros y lo más agresivos posible con los demás grupos. Éramos también comida y competencia para nosotros mismos. Desde los albores de la humanidad hasta la tragedia de los Andes, el canibalismo siempre estuvo allí y volvería en cualquier momento de extrema necesidad.
Pero algunas decisiones tuvieron que tomarse con valentía y siguiendo una inteligencia que íbamos desarrollando de manera instintiva y natural. Grupos de humanos decidimos salir de nuestros hábitats y buscar nuevos horizontes, empujados por otros y por la adaptación a nuevas circunstancias climáticas y naturales, pero lo hicimos valientemente. En la misma etapa en la que aprendimos a usar herramientas, controlar el fuego, conocer las estaciones y cultivar los alimentos, nos hicimos sedentarios y domesticamos animales, dejando de depender solo de la caza y de la recolección salvaje. Superar miedos nos hizo domar caballos y transportarnos con ellos hasta Henry Ford; nos hizo conquistar tierras y llevar avances a los confines de la tierra; nos llevó a crear herramientas, vehículos, aviones y a seguir evolucionando, facilitando y difundiendo conocimiento.
No quería entrar en el mito del “salvaje feliz” ni en el de los “abusos de las conquistas” porque, fuera de contexto y en este mundo “blandengue” en el que vivimos, todo se pone en solfa; pero, con criterio histórico, hacer estas apreciaciones siglos después no solo es una patochada, sino también una prueba de aculturación, de catetismo infame y, sobre todo, de manipulación, nuestra especialidad actual.
Las evoluciones positivas de la humanidad se fraguaron en decisiones valientes, en pensamientos avanzados y en superar la primera reacción ante las ofensas, las agresiones o cualquier tipo de contratiempo. Hoy vemos que la reacción del mundo es armarse hasta los dientes para no estar a la merced del más poderoso. ¿Dejará de ser absurdo un mundo con las fronteras de más de 195 países, más los territorios que buscan su independencia, llenos de misiles y de misiles antimisiles? Además de triste, es el caldo ideal para que un profundo idiota, que quiera pasar a la no historia, sea el primero en apretar el puto botón. Todo ello tiene un nombre: miedo.
Y encima nos acompaña tanto el miedo y hay entornos donde está tan presente que, normalmente, ejercer el derecho a la valentía te puede convertir en reo, marginado y seguramente pobre. Ejemplos hay mil, y no solo antiguos o medievales como dice tanto ignorante a menudo: el miedo está aquí. Solo tenemos que pensar que lo llamamos prudencia, experiencia, calma, reflexión, sosiego, cautela, mesura, sensatez o tiento, cuando en realidad es solo y simplemente miedo. Haciendo amigos.













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