Aquel grupo de españoles que, en una sucesión de desgracias, cruzó la frontera francesa tras la victoria de los nacionales de Franco, creyeron que al otro lado encontrarían libertad, aire y amparo. Buscaban el refugio de un país más libre que la España que dejaban atrás: un país convulso, que había vivido con intensidad el acceso del pueblo al poder, pero que no supo poner freno a la crispación ni a la violencia.
La efervescencia política, la defensa feroz de los privilegios amenazados, la violencia generalizada, las revoluciones, el anarquismo empeñado en recuperar un tiempo que nunca existió y el clima irrespirable de aquellos años fueron retratados de forma magistral por el genial Manuel Chaves Nogales cuando escribió: “La estupidez y la crueldad se enseñoreaban de España”.
Los republicanos españoles que se refugiaron en Francia tampoco hallaron allí la paz que esperaban. Encontraron rechazo, penurias y maltrato. Más tarde, la invasión nazi de Francia terminó de sellar su destino: muchos fueron deportados a los campos de concentración alemanes por su condición de “rojos”, convertidos en enemigos políticos de un régimen que no distinguía entre el exterminio y la explotación. Aquellos campos de trabajo mostraron en su forma más brutal la verdadera naturaleza del nazismo: muerte, miedo, cobardía y un salvajismo que llevó la degradación humana hasta el límite.
Mauthausen fue conocido como “el campo de los españoles”. Allí fueron deportados cerca de 7000 republicanos españoles, de los cuales aproximadamente 4800 murieron a causa de los trabajos forzados, el hambre, las enfermedades y la violencia sistemática. Entre ellos hubo también alicantinos, hombres que siguieron ese itinerario del exilio, la persecución y el horror. Algunos llegaron incluso a pensar que habían tenido suerte dentro de la desgracia al no pertenecer a otros colectivos todavía más castigados por los nazis y los kapos: judíos, homosexuales, prisioneros soviéticos, mujeres con hijos, polacos y tantos otros condenados por un odio sin límites.
En Mauthausen había una explanada que conducía a las tristemente célebres escaleras de la muerte. Por allí los presos debilitados cargaban pesadas piedras extraídas de la cantera. Si caían, si se desplomaban o si ya no podían seguir, eran empujados hacia lo alto y arrojados al vacío a patadas por los guardias alemanes. Los llamaban cínicamente “paracaidistas”, aunque, por supuesto, caían sin paracaídas. Muchos de nuestros paisanos fueron testigos de aquellas escenas atroces y de otras aún peores, demasiado crueles para ser relatadas sin estremecimiento. Yo pude recoger parte de esos testimonios cuando todavía quedaban con vida doce de aquellos supervivientes que regresaron a Alicante tras haber atravesado el infierno de los campos nazis.
Uno de aquellos alicantinos me contó un episodio que nunca logró olvidar. Durante una inspección sorpresa en los barracones, un oficial nazi se detuvo ante su camastro. En la pared colgaban varias fotografías: estampas de Alicante, con la Explanada, el puerto, el castillo y la playa. Afuera, mientras tanto, el viento y la nieve golpeaban con dureza aquel invierno negro. El oficial preguntó de quién eran aquellas imágenes. José respondió que eran suyas, que mostraban su ciudad: Alicante. Entonces el alemán lo miró y le dijo: “¿Y tú, viviendo en este paraíso, te pones a hacer revoluciones?”.

José contaba que no bajó la mirada, aunque tampoco respondió. Sabía perfectamente que se jugaba la vida. Allí un guardia podía disparar a un preso por capricho, y ni siquiera tenía que preocuparse del cadáver o de la sangre: de todo eso se encargaban después los compañeros del barracón. Aquel instante quedó grabado para siempre en su memoria.
Cuando sobrevivió y logró regresar a su terreta, volvió muchas veces a pasear por la Explanada de Alicante. La recorría recordando lo vivido, a los compañeros perdidos y aquella conversación absurda y brutal en mitad del horror. Ya no volvió a marcharse de la ciudad. Sus ideas siguieron intactas, pero también lo acompañó siempre una conciencia más honda de lo vivido y de lo aprendido. Nunca renegó de su experiencia ni de los hombres con los que compartió aquel destino.
Fueron precisamente aquellos españoles de Mauthausen quienes, en los últimos días del campo, tuvieron un papel decisivo. A la llegada de las tropas liberadoras desplegaron clandestinamente una pancarta de bienvenida que habían preparado jugándose la vida. También participaron activamente en aquellas horas finales arrancando símbolos nazis y dejando constancia de que, incluso en el umbral de la muerte, seguían defendiendo la dignidad y la memoria.
En esa tarea fue fundamental también la labor de Francisco Boix, cuyas fotografías resultaron decisivas para preservar las pruebas del horror. Gracias a él se salvaron miles de imágenes que los nazis intentaron destruir y, con ellas, quedó fijado para siempre el testimonio gráfico de la barbarie.
Todo ello nos recuerda que la historia de Mauthausen no fue ajena a Alicante. También allí, entre el frío, las piedras y la muerte, estuvo presente la memoria de nuestra ciudad. Estuvo en unas fotografías colgadas en un barracón, en el recuerdo obstinado de un superviviente. Porque, a veces, incluso en el lugar más oscuro del mundo, un hombre puede seguir aferrado a la imagen luminosa de su hogar.
In Memoriam de los alicantinos de Mauthausen.
Haciendo amigos.
Posdata
Kapos eran los presos de confianza de los nazis, más papistas que el Papa, fueron los más odiados por los prisioneros y los primeros en ser linchados tras la huida de las tropas alemanas.
Este relato es parte de un libro que espero publicar para dar luz a estos testimonios únicos.













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