Una publicación de la Asociación de Periodistas de la Provincia de Alicante

Haciendo amigos

Tabarca, tan cerca

Fuente: Pedro Picatoste.

Hay viajes que requieren meses de planificación, vuelos interminables y presupuestos imposibles. Y luego está Tabarca. Tan cerca que a veces olvidamos que tenemos una pequeña joya mediterránea a apenas unos minutos de la costa. El primer paso del viaje ya forma parte de la experiencia. La tabarquera naranja es, para mí, el mejor transporte para llegar a la isla. Siempre naranja. Después de Ciudadanos, probablemente sea el mayor movimiento organizado de ese color en España. Aunque Holanda lleve años cayendo antes de tiempo en los Mundiales, el naranja sigue representando una victoria: la de una travesía cómoda, entretenida y amable entre Santa Pola y la Illa.

Elegí el barco naranja después de ver un vídeo promocional cuyo mensaje era de una profundidad filosófica difícilmente superable: “Pos si queréis venir, venid”. Aquella síntesis del pensamiento contemporáneo, cargada de argumentos sociológicos, psicológicos y existenciales, terminó de convencerme. Habría pagado incluso medio chipilín más por embarcar en uno de esos barcos que, además, combinan a la perfección con el azul intenso de la reserva marina.

En verano, Tabarca se convierte en una especie de Manhattan de la terreta. Todo el mundo parece haber decidido que ese es el lugar donde hay que estar. En una de mis visitas coincidí incluso con una concentración de moteros de esos como los “ángeles del Infierno”, que habían elegido precisamente el único rincón de la provincia donde no podían utilizar la moto. Aquellos jinetes descabalgados me recordaron que el ser humano siempre busca lo extraordinario, aunque para ello tenga que renunciar a su propia esencia.

Fuente: Pedro Picatoste.

Yo procuro quedarme siempre alguna noche. Es entonces cuando Tabarca recupera su verdadera belleza. Cuando zarpa el último barco, desaparecen las prisas, el ruido y las colas. La isla vuelve a pertenecer a quienes permanecen en ella.

Y entonces llega el espectáculo. Contemplar la bahía desde Tabarca al caer la tarde o al amanecer es uno de esos privilegios que no aparecen en demasiadas postales. La línea de costa, desde el antiguo Portus Ilicitanus hasta el Cabo de la Huerta, con Alicante dibujándose al fondo, ofrece una panorámica mejor que Mallorca, Menorca, Ibiza, Formentera, Cabrera… incluso Conejera. Lo nuestro, cuando se mira despacio, también impresiona.

Hace apenas unos días, el impecable operativo desplegado para rescatar un catamarán hundido volvió a demostrar la profesionalidad y rapidez de nuestras fuerzas de seguridad y de los equipos de emergencia. Sirva este artículo también para felicitarles. Gracias a ellos, visitantes y residentes pueden seguir disfrutando de la isla con la tranquilidad que merece un entorno como este.

Pero precisamente porque Tabarca es un tesoro, también necesita cuidados. Los vecinos llevan tiempo reclamando más presencia policial, una mejor atención sanitaria y un refuerzo de los servicios de limpieza. Quienes viven allí durante todo el año conocen mejor que nadie las necesidades de la isla y conviene escucharles. Conservar Tabarca no consiste solo en proteger su patrimonio natural; también implica cuidar a quienes la mantienen viva los doce meses del año.

Mientras tanto, yo seguiré haciendo lo que mejor sé hacer cuando llego allí: buscar un buen caldero. Me han recomendado el de Gloria Playa y La Muralla, y los del barco naranja aseguran que son de los mejores. No seré yo quien les lleve la contraria.

Buen viaje.

Y recuerden aquel inolvidable eslogan que ya forma parte del patrimonio sentimental de la isla: “Si queréis venir… venid”.

Haciendo amigos.

Postdata

Cuando estas líneas vean la luz, probablemente estaremos celebrando una victoria histórica o intentando superar una profunda depresión futbolera. El deporte tiene estas cosas. Uno siempre quiere ganar, pero también debería saber perder. Lo importante es competir con honestidad, respetar al rival y aceptar el resultado. Las trampas podrán llenar vitrinas, pero nunca construyen prestigio y honor. Y para quienes disfrutan más viendo perder a España que celebrando cualquier éxito colectivo, solo una reflexión: la historia suele poner a cada uno en su sitio. Ojalá toque celebrar. Y, si es así, que algunos tengan que comerse una Catalina tan grande como la de Rusia.

Pedro Picatoste

Empresario e historiador.

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