Una publicación de la Asociación de Periodistas de la Provincia de Alicante

Sin recortes

Destino o azar: la serie “Interconectados”

"Interconectados" (Netflix).

Hay series que llegan sin hacer ruido. No vienen precedidas por campañas millonarias ni por el reclamo de rostros reconocibles. Aparecen discretamente en el catálogo y, casi sin pedir permiso, se instalan en algún rincón íntimo del espectador. Interconectados, estrenada hace un año en Netflix, es una de ellas. Una serie pequeña —canadiense, delicada— que, sin embargo, se atreve con una de las preguntas más grandes: ¿nos encontramos por azar o por destino? La propuesta es sencilla en apariencia. Varias vidas que se rozan, que se cruzan, que se pierden y se reencuentran formando una suerte de telaraña invisible. Una red donde cada hilo parece tensarse en el momento justo. No hay artificios narrativos excesivos ni giros imposibles. Todo fluye con una naturalidad casi desarmante. Y quizá ahí reside su mayor acierto: en demostrar que no hacen falta grandes alardes para hablar de lo esencial.

Porque Interconectados no trata tanto de lo que ocurre, sino de cuándo ocurre. Los dos protagonistas centrales, Kris (Ian Harding) y Nate (Julia Taylor Ross), son el mejor ejemplo. Estuvieron a punto de conocerse años atrás, cuando sus vidas comenzaban a girar en direcciones decisivas. Ella, enfrentándose al distanciamiento definitivo con su padre. Él, abandonando su etapa de mochilero para anclarse en un bar de conciertos que marcaría su identidad. Pero no se encontraron entonces. No era el momento. La serie sugiere, sin subrayarlo, que hay encuentros que no pueden adelantarse. Tal vez todos recordemos algunos momentos personales vividos similares. Se conocen más tarde, cuando todo parece desmoronarse: él, enfermo de cáncer; ella, dejando atrás su carrera como productora musical. Y es ahí, en ese punto de fragilidad compartida, donde la conexión se produce. Como si la vida hubiera esperado a que ambos estuvieran preparados —o lo suficientemente rotos— para reconocerse. ¿Destino? ¿Azar? ¿Una simple concatenación de circunstancias?

La ficción lleva siglos intentando responder a esa pregunta. Ya en Romeo y Julieta (1597), William Shakespeare hablaba de “amantes marcados por las estrellas”. Romeo y Julieta no solo se encuentran: parecen empujados el uno hacia el otro por una fuerza superior, inevitable y trágica. No hay escapatoria posible, como si el destino fuera una sentencia. Más terrenal, pero igual de persistente, es el juego de coincidencias en Orgullo y prejuicio (1813) de Jane Austen. Elizabeth Bennet y Mr. Darcy se cruzan una y otra vez, pese a sus prejuicios, a sus errores, a sus silencios. No hay magia explícita, pero sí una sensación constante de que la vida insiste en juntarlos hasta que, finalmente, encajan. En Cumbres borrascosas (1847) de Emily Brontë, la idea se vuelve más oscura. Heathcliff y Catherine no solo se aman: se pertenecen, como si fueran dos mitades de una misma identidad. Aquí el destino no es consuelo, sino condena. Una fuerza que arrastra incluso más allá de la vida. Y en Anna Karenina (1878) de Leo Tolstoy, el encuentro entre Anna y Vronski se percibe desde el primer instante como inevitable. El azar los reúne, pero el desarrollo de su relación tiene el peso de lo predestinado. Un amor que avanza sabiendo —o intuyendo— su final.

Interconectados dialoga, pues, con todos estos relatos sin necesidad de citarlos. Lo hace desde la cotidianidad. Desde ese gesto pequeño de coincidir en un lugar, en una etapa concreta de la vida. Desde la intuición de que no todas las personas llegan a nosotros del mismo modo. Porque la serie también introduce una verdad menos romántica: no todos los vínculos nacen del destino. A veces nos acercamos a otros por interés, por necesidad, por conveniencia. El ser humano no es ajeno a esas dinámicas. Nos vinculamos con quien tiene algo que ofrecernos, ya sea afecto, estabilidad, reconocimiento o poder. Y eso también forma parte de la red.

Sin embargo, incluso en medio de esas relaciones más pragmáticas, hay encuentros que se sienten distintos. Que parecen tener un peso específico, una densidad emocional que no se explica del todo. Como si, de algún modo, ya estuvieran escritos. Creer en ello —en el destino, en las conexiones invisibles— puede ser, quizá, una forma de protegernos. Un paraguas ante esa lluvia fina que a veces es la vida. Esa sensación de deriva, de incertidumbre, de no saber muy bien hacia dónde vamos. Pensar que alguien aparecerá en el momento preciso, que ciertas personas están destinadas a cruzarse en nuestro camino, nos da una especie de consuelo silencioso.

Aunque sepamos, en el fondo, que puede no ser cierto. Pero también está la otra cara. Interconectados la sugiere con la misma delicadeza: hay personas que fueron fundamentales y que, sin embargo, desaparecen. No por conflicto, no por ruptura, sino porque su función en nuestra vida ha terminado. Como si cada vínculo tuviera un tiempo asignado. Como si algunas historias no estuvieran hechas para durar, sino para transformarnos. Y eso, quizá, es más difícil de aceptar que la idea del destino.

En un panorama saturado de producciones espectaculares, de tramas hiperconstruidas y de ritmos vertiginosos, Interconectados apuesta por lo contrario: por la pausa, por el detalle, por la emoción contenida. Y consigue algo que no siempre logran las grandes superproducciones: hacernos sentir un poco más humanos. Quizá por eso merece la pena verla. Porque nos recuerda que, más allá de algoritmos, casualidades o decisiones, seguimos siendo seres que buscan sentido en sus encuentros. Que necesitan pensar que no todo es arbitrario. Y tal vez no importe tanto si es destino o azar. Tal vez lo importante sea que, cuando alguien aparece —sin esperarlo— y cambia ligeramente el rumbo de nuestra vida, sepamos reconocerlo y saborearlo, aunque sea por un instante.

Carles Cortés

Catedrático de universidad y escritor.

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