Impulso irresistible

Desescalada en toda regla

Fotografía: Sheila Santillan (Fuente: Pixabay).

Si nos guiamos por el diccionario de nuestro categórico castellano, el verbo escalar tiene varias acepciones que están más o menos emparentadas entre sí por la “soldadura” de subir a algún sitio, así sea real, ficticio o imaginado. Es la acción de elevarse alguna persona, objeto o circunstancia. Normalmente nos hará mirar hacia lo alto. En consecuencia, el otro extremo, a ras del suelo, será todo lo contrario, es decir que, mirando hacia abajo propiciaremos una desescalada o descenso o disminución gradual en cuanto a extensión, intensidad o magnitud de una situación más o menos (o nada de nada) crítica, o de las medidas a tomar para combatirla. Llevado esto a terrenos de eficaz identificación profesional, también la desescalada es reducción progresiva, como también lo es la bajada hasta llegar al suelo o a los infiernos (que siempre están ardiendo en los sótanos o en las más estrictas y peligrosas profundidades). Escalar y desescalar son dos verbos cuyos significados, como se ve, pueden ser muy peligrosos. Una escalada de precios nos puede llevar a coger enormes enfados, y con una desescalada brusca de temperaturas nos puede obligar a tomar las armas defensivas de las estufas, los radiadores o las fogatas.

Sin entrar en muchos detalles, una epidemia muy expandida nos obliga a tomar medidas que han de ser llevadas a cabo por todos los ciudadanos y establecer leyes especiales para combatir sus malignos efectos que están siempre acechando contra los humanos. Cuando estos desastres se manifiestan con toda su virulencia se ven las fragilidades de los que, aun sabiendo cómo actuar, entran en crisis de pensamiento y de acción con la mente en blanco sin saber por dónde empezar. Como siempre que salimos desbordados sin saber muy bien por qué lugar hay que buscar una nueva vida, un camino diferente al que llevábamos. Y eso si no entramos en letargo duradero escondidos bajo nuestras propias alas (incapacidades, cobardías, torpezas, repeticiones malsanas…) donde pasamos las horas y los días preguntándonos qué males habremos hecho para tener que soportar semejantes castigos (y aquí entra todo lo que hacemos a diario: las noticias que se retuercen por los lados más frágiles o más blandos, los protagonistas de siempre y los que quieren durar más y más en su protagonismo, los dimes y diretes de la política, anclada en los mismos reproches de unos contra otros desde hace siglos, los reproches del vecindario, de las manos rotas de los alcaldes o ministros actuales o que ya fueron, del tiempo que pasa sin que nadie sea capaz de detenerlo ni aun prolongando la hora de cierre de las emisiones televisivas que repiten lo que ya se vio en los años ahora tan lejanos que nos cuesta reconocerlos. Y así nos va: como antes. La experiencia que aún se sufre de pasar inviernos y veranos con mascarillas (sin las que no te dejan hacer nada, aparte de lo callado que has de estar, porque no vas a estar danzando), ya que las restricciones (las prohibiciones solidarias y por ley) obligan bajo multa si no las cumples.

Suponemos (y así nos lo creemos un poco más) que las obligadas normas son para nuestro bien comunitario y para que lleguemos todos juntos al fin de la etapa, sin que se cuelen los listos de siempre. Se nota en el ambiente que la gente quiere fiesta, poder salir en pandilla, ver a los amigos y a las amigas, tomarse un helado del Mediterráneo español, que los heladeros saben hacerlo de maravilla, desinhibirse un poco antes de enfadarse, que parecemos borreguitos callados pero con los hombros alzados como el que dice que qué le vamos a hacer, que nos toca tragarnos las promesas incumplidas de los mandamases que nos gobiernan en un mundo en el que ha entrado por las puertas enormes de la catedral la mentira y el miedo de no desentonar en una sociedad sufrida y castigada en sus buenas acciones y mejores pensamientos. Pues sí, estamos deseosos de entrar en la desescalada en toda regla que nos iban a proporcionar hace mucho tiempo.

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Demetrio Mallebrera

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