Una publicación de la Asociación de Periodistas de la Provincia de Alicante

Sin recortes

“No a la guerra”: la conciencia que incomoda al poder

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en un mitin en Soria la semana pasada con el lema "No a la guerra" detrás (Fuente: PSOE).

Hay frases que atraviesan generaciones. En nuestro país, pocas han tenido la fuerza política, moral y emocional de cuatro palabras: “No a la guerra”. No es solo un eslogan. Es una declaración ética, una frontera simbólica que una parte importante de nuestra sociedad ha levantado cada vez que los gobiernos han decidido resolver conflictos internacionales con bombas. En los últimos días, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha recuperado públicamente ese lema frente a la escalada bélica en Oriente Medio y el ataque impulsado por Estados Unidos e Israel contra Irán. Su posicionamiento ha reactivado un debate político y moral que en nuestro país tiene memoria. No es casualidad: hace apenas veintitrés años, millones de españoles salieron a la calle contra la invasión de Irak apoyada por el Gobierno de José María Aznar. Aquella movilización masiva marcó una época y convirtió estas cuatro palabras en un símbolo del rechazo social a las guerras preventivas.  

Hoy el contexto internacional ha cambiado, pero el dilema sigue siendo el mismo: ¿pueden las bombas traer la paz? La paradoja es conocida. Las guerras contemporáneas suelen justificarse en nombre de la liberación de pueblos oprimidos por regímenes autocráticos. Sin duda, muchos de esos países sufren dictaduras brutales. Pero la intervención militar externa añade una segunda tragedia: poblaciones civiles que ya padecen la opresión interna pasan a sufrir también el impacto devastador de los ataques externos. La historia reciente está llena de ejemplos. Desde el caso de Afganistán, donde una intervención prometida como rápida terminó en veinte años de guerra y acabó devolviendo el poder a los talibanes; a Irak, invadido bajo el pretexto de unas armas de destrucción masiva que nunca aparecieron y que dejó un país fracturado durante décadas; o Vietnam, donde la superpotencia militar más poderosa del mundo terminó retirada tras una guerra devastadora; o Corea, cuyo conflicto sigue técnicamente sin resolverse más de setenta años después.

La promesa suele ser la misma: una intervención rápida para restaurar el orden. La realidad suele ser otra: guerras largas que alimentan nuevas violencias. El sociólogo Zygmunt Bauman en Daños colaterales: desigualdades sociales en la era global (2011) sintetiza la idea de que las guerras empiezan prometiendo orden y terminan multiplicando el caos. Quizá por eso cada generación vuelve a preguntarse por qué la humanidad insiste en repetir la misma receta fallida. La política también tiene su propio teatro en este debate. Defender el “No a la guerra” suele ser acusado de oportunismo político. Hoy se le reprocha a Sánchez. En 2003 se acusaba de lo mismo a quienes criticaban la invasión de Irak. Pero esa crítica ignora algo fundamental: estas palabras tienen una enorme capacidad de movilización porque conectan con un sentimiento profundamente arraigado en nuestra sociedad. Cuando se pronuncia “No a la guerra”, muchas diferencias ideológicas quedan temporalmente en suspenso. La izquierda, en particular, suele reagruparse en torno a esa bandera común. Es un punto de encuentro moral frente a la lógica de la fuerza.

Partimos de una realidad. Mientras se pronuncian discursos sobre seguridad o defensa de la democracia, las guerras modernas siguen teniendo víctimas muy concretas: la sociedad civil. Los llamados daños colaterales son quizá uno de los eufemismos más crueles del lenguaje político. Escuelas destruidas, hospitales bombardeados o familias enteras atrapadas entre frentes que nunca eligieron. La historia reciente nos recuerda que esas víctimas nunca aparecen en los planes estratégicos, pero siempre aparecen en los cementerios. Además, las guerras actuales ya casi no se libran en el campo de batalla. Se libran desde el aire. Misiles, aviación, drones. La distancia tecnológica permite destruir sin mirar a los ojos de quienes sufren las consecuencias.

Mientras tanto, los discursos que legitiman estas intervenciones siguen recurriendo a argumentos tan antiguos como la propia historia: la defensa de la libertad, la seguridad nacional o incluso la voluntad divina. Hace apenas unos días, Donald Trump protagonizaba en la Casa Blanca una escena que parecía sacada de otro siglo: una oración pública en la que se invocaba la protección de Dios en medio de la escalada bélica. Confieso que, al verlo, tuve la sensación de estar presenciando una escena de las guerras de religión de la Edad Media. Como si siglos de historia no hubieran servido para entender que ninguna divinidad puede justificar la destrucción de vidas humanas.

El presidente Trump reza con los líderes religiosos que forman parte de la White House Faith Office (Fuente: White House).

Por todo ello, aprovechando que ayer fuer el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, surge otra pregunta incómoda. ¿Qué pasaría si el liderazgo político mundial estuviera mayoritariamente en manos de mujeres? Es cierto que cada vez hay más mujeres en puestos de responsabilidad, pero su presencia sigue siendo minoritaria y, en muchos casos, simbólica. ¿Habría más diálogo? ¿Habría menos intervenciones militares? ¿Se abordarían los conflictos internacionales de otra manera? Nadie tiene la respuesta. Pero sí sabemos que el modelo político, imbuido por la masculinidad imperante, que ha dominado el mundo durante siglos —marcado por la lógica del poder y la confrontación— nos ha llevado una y otra vez al mismo desenlace: la ley del más fuerte. Y, sin embargo, frente a ese fatalismo histórico, siempre queda una resistencia moral. La de quienes creen que la guerra nunca es una solución. Que ningún conflicto internacional debería resolverse únicamente con misiles.

Quizá sea, pues, una postura utópica. Pero también es profundamente humana. Porque si algo demuestra la historia es que cada avance civilizatorio comenzó con una minoría que se atrevió a decir que lo que parecía inevitable no lo era. Por eso estas cuatro palabras siguen siendo necesarias: “No a la guerra”. Porque si dejamos de pronunciarlas, si dejamos de sacarlas a la calle, si dejamos de recordarlas a quienes toman decisiones desde despachos blindados, entonces sí que estaremos aceptando definitivamente que la violencia es el único lenguaje posible. Y en ese momento, más que ante una guerra, estaríamos ante la derrota moral de toda una civilización.

Carles Cortés

Catedrático de universidad y escritor.

Comentar

Click here to post a comment