Trescientas... y pico

Cataluña: entre la magnanimidad y el apaño

Clker-Free-Vector Images (Fuente: Pixabay).

En el barro del debate diario de una actualidad inundada por lo superfluo en la que nos movemos, que tanto atenaza el presente y ciega el futuro, de vez en cuando, solo de vez en cuando, emergen entre el ruido ambiente, palabras hermosas, rotundas, que, despojadas de ideologías rampantes y de intereses espurios, diríase que apuntan en la dirección correcta, que desbrozan el estercolero de esa realidad y nos permiten mirar con esperanza ese mismo horizonte. Habría otros, claro, pero uno de esos términos es, seguramente por su larga ausencia entre nosotros, la palabra magnanimidad.

Olvídense si pueden por unos instantes de quien la ha pronunciado recientemente, de quien ha abrochado a ella su futuro. Desnúdenla sin pudor. Sí, se trata de esa expresión magnanimidad– utilizaba hace escasos días por el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante su estancia en Argentina para apelar a la “comprensión” de los españoles –no confundir con los partidos políticos, esos entes tan necesarios siempre como devoradores de convivencia otras veces– a propósito de una decisión de su propio gobierno a la que sola faltaría el anuncio formal y el conocimiento exacto de su alcance. Hablamos, claro, de los indultos a los responsables políticos catalanes condenados por sedición que siguen en la cárcel casi cuatro años después.

Ya sé, ya sé, que enfrascados como andamos en el estéril debate del cortoplacismo demoscópico, del renacido ¡y tú más!, signifique eso lo que signifique, tal apuesta, tal decisión, es en principio de alto riesgo y alto voltaje social, y, también, muy difícil de aceptar. Al menos para una parte importante de esa misma ciudadanía a la que interpelan las palabras del presidente, como así atestiguan las encuestas con tan llamativos y dispares resultados en Cataluña y en el resto de España (27% de rechazo allí, y 67% aquí).

De izquierda a derecha: Jordi Sànchez, Oriol Junqueras, Jordi Turull, Joaquim Forn, Jordi Cuixart, Josep Rull y Raül Romeva (Fuente: https://www.telecinco.es/).

Y, claro, menos aún con el ruido ambiente de fondo, el que proviene de todas y cada una de las plazas de Colón que crecen en el aluvión del resentimiento (Rosa Díez y alrededores), que tanto dificultan la mirada de luces largas y la generosidad que la misma palabra, su significante más generoso, necesitaría para enraizar sana y profunda entre nosotros, los españoles, signifique eso lo que signifique para cada uno de nosotros.

Si miramos por el ventanal de Wikipedia vemos que la palabra magnánimo y su sustantivación magnanimidad es, ante todo, un acto, “una virtud que tiende a la realización de cosas grandes prescindiendo de su dificultad y es perfección en general de todas las otras virtudes en cuanto es disposición del ánimo a propósito para los actos más culminantes de las mismas”. Y si preferimos quedarnos en la más cercana parada de la RAE, podemos leer que magnanimidad viene del latín magnanimus, que su campo semántico abarca desde la “benevolencia” a la “clemencia”, y que la misma englobaría el “desprendimiento y/o generosidad” hechas desde la atalaya de la “grandeza y con elevación de ánimo”. ¿Puede un gobierno como el actual, tan cuestionado en tantas cosas, llevar a cabo tan hercúlea tarea? ¿Cabrían aquí las decisiones por venir de los indultos a unos políticos que claramente rompieron los límites de su compromiso constitucional? Pero, y sobre todo, ¿existe otra salida real, posible, si de una u otra manera queremos caminar juntos los que pensamos de forma muy diferente, una vez que la vía de la independencia se ha visto cegada por los hechos y todo lo demás conduce a la eterna melancolía y conllevancia que diría Ortega y Gasset?

Ya sé que es pedir casi imposibles. Que la tentación de rellenar de resentimientos destructivos las plazas de Colón de la geografía nacional está ahí, y que este impulso actúa a modo de canto de sirenas al confundido Ulises que todos, de una u otra manera, creemos llevar dentro. Pero y si, al menos, fuéramos capaces de pararnos y escuchar su sonido, ¡mag-na-ni-mi-dad!, tan hermoso, tan recto, tan redondo. Una voz que no viene de la lejanía, de las profundas aguas de la incerteza, sino de la orilla que permite la tranquilidad, el descanso, el reencuentro, quizás así, al menos…

Y, si acaso aún cupieran dudas de su poder de curación y alcance, otra consideración más. La magnanimidad que hace posible el camino por venir solo se da desde una posición de firmeza, de fuerza, de convencimiento en los valores propios. Y aquí, quizás y a fuer de ser justos, también cabría un cierto reconocimiento hacia el expresidente Mariano Rajoy y una cierta reformulación de las críticas despiadadas contra las políticas del PP que nos trajeron hasta aquí, pues seguramente ante el desafío y desvarío soberanista del procés tampoco cabían muchas más salidas que lo sucedido y que la famosa y vilipendiada frase “judicialización de la política” fue, de alguna manera, casi la única salida justa y razonable que evitase el enfrentamiento civil y en campo abierto. Eso seguramente también debería formar parte de la reclamada magnanimidad.

Y es que, mirado con la distancia que solo da el tiempo, así lo reconoce, a su manera, claro, hasta el mismísimo Jordi Pujol en su libro/entrevista Entre el dolor i l´esperança publicado ahora pero terminado de escribir hace un año por su periodista de cabecera Vicenç Villatoro. Su rabiosa actualidad viene de que es este un texto que pretende actuar a modo de testamento político autojustificativo, pero en el que no obvia los grandes temas del presente y futuro en la relaciones entre Cataluña y el resto de España. Y ahí las novedades frente a su vergonzante silencio de estos últimos años son grandes. Y sorprendentes.

Pues bien, el gran gurú del nacionalismo/independentismo viene a reconocer según podemos leer en un brillante reportaje en El Confidencial sobre el citado libro, que el independentismo habría perdido claramente su arriesgada apuesta. Y a la pregunta ¿y ahora qué?, su respuesta, la de Pujol, no dejaría lugar a dudas: “La palabra ‘apaño’ resuena mal después de tanta movilización y tanto ‘A por ellos’ y de tanta voluntad que ha habido de ir ‘residualizando’ la autonomía, de comprimir Cataluña como una cultura y economía, de recortar su capacidad de dar consistencia a la gente. Por tanto, contesto a su pregunta:siempre hemos de estar abiertos a un acuerdo” (pág. 69).

Manifestación en Madrid contra los indultos (Perfil de @montesinospablo en Twitter).

A propósito del mismo libro-testamento también escribe y reflexiona en esta misma línea el escritor y columnista catalán Andreu Claret en El Periódico, quien titulaba recientemente uno de sus artículos de esta guisa: Jordi Pujol apuntilla el ‘procés’. “Ha quedado claro –reconoce ahora Pujol, tras los 10 años perdidos de ‘procés’– que Catalunya no podía independizarse”. “A lo máximo que podía aspirar el movimiento independentista”, añade en boca del expresidente, “era a complicarle las cosas al Estado. Una confrontación mala para los unos y para los otros”.

Por eso, quizás y enlazando con el principio de este artículo, la cuestión a debate podría ser el preguntarnos nuevamente si no sería este el momento de cambiar las cosas, de hacer posible encontrar el punto intermedio que ponga fin a tanto sinsentido, a tanto dolor, a tanta distancia emocional. Seguramente lo mejor hubiese sido que nada de esto hubiera ocurrido, pero llegados aquí la pregunta es también clara, rotunda: ¿existe en el horizonte cercano alguna alternativa real, creíble, posible, que no contenga parte de esas dos expresiones, la “magnanimidad” que pide Sánchez a la ciudadanía y el “apaño” al que se refiere el expresident Pujol? Y, sobre todo: ¿puede ser posible la segunda sin la primera? Quizás de estas cuestiones, de esas dos palabras, deberíamos reflexionar cuando pensemos en la conveniencia o no de los indultos, en la conveniencia o no de alentar la intransigencia desde todas y cada una de las plazas de Colón que han sido, que pueden serlo a futuro, y en la conveniencia o no de seguir cavando fosas que hagan imposible el necesario reencuentro.

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Pepe López

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