Con esta autora, necesito escribir mis impresiones metiéndome piedras en los bolsillos para evitar elevar en demasía mis palabras. Han Kang ha vuelto y consigue con sus historias trascender de tal manera la realidad, que camino elevándome un palmo del suelo, lo cual hace que las miradas de mis vecinos me supongan cierta incomodidad. Y si cabe, y puedo evitar algún coscorrón al pasar por debajo de un puente, voy a intentar ceñirme a una interpretación lo más prosaica posible.
Me estoy refiriendo a la novela Tinta y sangre. Su publicación tuvo lugar en Corea en 2010, pero ahora la editorial Random House, a raíz del galardón del Nobel, está recuperando toda su obra. ¡Aleluya! No, no, que no lo digo con un aire asceta ni místico, sino como muestra de alegría. De momento, las piedras funcionan.
Tal vez no me expliqué correctamente y he dado la impresión de que Han Kang no escribe sobre lo terrenal. Si es así, pido disculpas. Han Kang es tierra helada, permafrost que, por cierto, exige que su lectura se lleve a cabo durante cierto proceso controlado de congelación. [Como en Laponia] En las novelas de Han Kang hace mucho frío [pero aquí yo no me río]. Los paisajes nevados son un continuo en sus novelas donde panorámica y tragedia mantienen comunicación directa [haber introducido la letra de la canción de los dibujos animados de Noeli con esta novela tienen su mérito. No me digáis que no]. Yo que tú haría caso a las autoridades competentes y no transitaría por estos parajes nevados no vaya a ser que un alud de obsesiones te entierre. [Me están apeteciendo unos churros con este frío…].

Nos enfrentamos a una novela existencial que reúne, a su vez y de manera muy particular, algunos componentes de thriller y de misterio. Nuestra principal interlocutora, Cheonghee, llevará a cabo una investigación sobre las posibles causas acerca de la muerte de su amiga pintora, Inju, porque surge una nueva conjetura, la cual nos llevará no a una novela clásica de investigación, sino a una exploración de una de sus preocupaciones: la memoria. Como veis, no he utilizado el término protagonista porque no soy capaz de inclinar el peso de la balanza ante uno de los dos personajes femeninos, porque no sé bien —si leéis la novela podréis ayudarme— cuál de las dos requiere mayor atención por nuestra parte. Ciertamente esta novela es una especie de Callejón del Gato donde la mirada es siempre engañada por el juego de imágenes que se van produciendo. Ni los secundarios son tales, ni los temas que, a priori emergen, agotan su lectura. Recuerda que lo silente juega un papel importante en la obra de Han Kang deformando los espejos en los que tú, como lector, te reflejas. De ahí que tan importante es lo que ves de frente como lo que se sugiere a tus espaldas ¡No bajes la guardia o te llevarás un castañazo en el espejo en lugar de salir de ese laberinto narrativo! [A ver cómo justificas en urgencias lo de las piedras en los bolsillos y el golpetazo ante el espejo]. Por ello, como lector, has de focalizar tu mirada bien. De hecho, quisiera resaltar también la multiciplicidad de voces narrativas que exigen estar en constante atención [no te aconsejo su lectura en cama], pues se introducen sin señal de aviso. De ese modo, la novela se levanta sobre una construcción fragmentaria en la que cada voz añade una capa nueva de memoria y sentido. Volviendo a la idea de memoria, la cual distorsionará la realidad porque el propósito último no será recordar, sino ejercer de resistencia ante el pasado. Como si el pasado negara aceptar su condición de pasado. La novela recorre las infancias de ambas mujeres con el fin de esclarecer un posible trauma. Violencia-mujer-arte serán los tres vértices del triángulo que componen este libro.
Ambas amigas gritarán con su silencio el dolor que les ha granjeado su infancia y juventud, porque es aquí donde se encuentra otra de las claves. El dolor y, más concretamente, la violencia que han sufrido. Pero esta violencia adopta una forma singular. ¿Cómo puede un mismo acto brutal contener contención y desgarro? En este libro, Han Kang formula esa atmósfera con gran maestría en el que tu lectura te mantendrá en tensión, en el cero absoluto. Donde el movimiento es casi inexistente; pero todo tiembla. [Aquí, creo, ha quedado muy “chulo” lo del cero absoluto, pero que sepáis -o ya sabéis- que se consigue a -273º C, por lo cual te hacen falta unos cuantos chocolates con churros para aguantarlos].
La violencia va a ser una tónica entre las preocupaciones de la Nobel. Si no habéis leído ninguna de sus novelas — aquí, en Hoja del Lunes, publiqué la reseña de Imposible decir adiós—, percibiréis cómo sobrevuela la pregunta de cómo sobrevivir a la violencia. En La vegetariana, la violencia adquiere una relevancia exclusivamente personal. En sus novelas más políticas como Actos humanos se apela a la violencia colectiva y, en esta última, se ciñe a un contexto más próximo a la familia y a su entorno más cercano. No penséis que es una escritora con gustos bizarros o sanguinarios. Todo lo contrario. Responde a la violencia con silencios, como avancé. Con postales frías y blancas también y, por supuesto, con el arte. El arte, al igual que la narración, canalizará toda la violencia que ha reprimido a estos cuerpos enjutos. Responder a la violencia a través del concepto agustiniano de Amor mundi. El mundo es doloroso y desesperanzador, pero se ha de actuar desde el imperativo ético de lo estético. Arte y escritura se convierten en motores vitales. [¿Me pongo más piedras en los bolsillos porque se me está yendo la olla o va bien la cosa?]

Porque en el origen de la vida se encuentra Rothko. [Que lo escribo de forma tan lapidaria, por si estabais echando una cabezada]. Mark Rothko y la mancha, porque en ella se solapa el cielo y la tierra, pero también un pantalón y un jerséy de cuello alto, o la tinta y la sangre en un juego de confusiones que difuminan arte y vida. En la mancha convergen el nacimiento de algo, pero también su muerte. Os he advertido que solía levitar unos centímetros conforme escribía esta reseña. En Tinta y sangre ocurre algo parecido: los cuadros de la pintora fallecida en extrañas circunstancias parecen surgir de una zona oscura informe de la mente humana. Las obras que crea con tinta china no emergen en busca de una belleza estética, sino como registro de un sufrimiento; es su diario personal. La función de estas imágenes son puramente simbólicas, huellas de una vida interior que contienen emociones que no se pueden expresar en el mundo cotidiano. Dadme alguna piedra más, por favor, para mantenerme con los pies en el suelo que empiezo a elevarme y me parezco al abuelo de la película UP [el peso de dos churros más en mi estómago equivaldría a una piedra también. Ahí os lo dejo]. Además, del mismo modo que Rothko intenta pintar emociones límite mediante campos de color, Han Kang escribe sobre el sufrimiento con una prosa fragmentaria y desnuda. Remato esto con el suicidio del pintor norteamericano en 1970, que supone un fiel reflejo de su argumentario. La comparación con Rothko no es baladí, porque se menciona en la novela, pero bien es cierto que los cuadros a los que hace referencia son obra de artistas coreanos —id a la última página del libro—.
Finalizo ya [algo empachado] con la seguridad de volver a leer a Han Kang. Manteniendo el equilibro como un funambulista sobre el precipicio de una hebra en el que la negación a olvidar se convierte en un leitmotiv para la coreana. Tomo prestada de otro escritor una máxima que bien podría estar escrita en uno de los libros de Han Kang que afirma que las pausas son el elemento más poderoso en la paleta del compositor. Que el silencio, era algo que las notas eran incapaces de igualar. Hago mío el gesto de Han Kang que lo amplía a la palabra. Que el espacio negativo se eleva, como yo, sobre la sintaxis. Y en el caso de Tinta y sangre, la pintura cumple con esa función.













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