Mi cama estaba en el peor sitio y en la peor posición que podía estar en aquel pequeño piso del modesto barrio de la Sagrada Familia. Nunca entendí que, siendo el pequeño y además bastante miedoso, me hubieran condenado al lugar más alejado de la casa. La puerta de entrada quedaba justo al lado de donde apoyaba la cabeza sobre la almohada. Mi mayor temor era que una mano terrorífica apareciera desde el otro lado y me agarrara mientras dormía.
La cama daba también al pequeño despacho de mi padre que, por la noche, me parecía el escondite perfecto para toda clase de monstruos. Algunos, estoy convencido, hasta llegué a verlos. Desde aquella absurda posición veía además parte del pasillo y un trozo de un cuadro con un paisaje de campo y un pajar que, mirado de lado, se transformaba en la cara de un moro con turbante. No sabría describirlo hoy, pero si volviera a verlo lo reconocería al instante.
La realidad es que no había otro lugar donde poner la cama. El piso era pequeño. Muy pequeño. Pero cuando llegaba la noche se convertía para mí en un territorio inmenso, lleno de rincones donde cualquier imaginación encontraba refugio.
La luz de la cocina permanecía encendida hasta que conseguía dormirme. Mis padres conocían bien mi miedo a la oscuridad. Alguna vez la apagaban antes de tiempo y yo protestaba desde la cama hasta que volvían a encenderla. Mi padre siempre iba detrás de cada interruptor apagando luces. Hoy me descubro haciendo exactamente lo mismo en mi casa y sonrío al darme cuenta.
Lo curioso es que, al amanecer, aquel escenario desaparecía. El despacho volvía a ser el lugar ordenado donde mi padre trabajaba. Me fascinaba verlo todo en su sitio, cada libro, cada papel. Nunca he heredado esa virtud. La limpieza, sí; el orden, jamás. La casa recuperaba la luz y los monstruos se marchaban sin despedirse.
Un día, siendo apenas un preadolescente, tomé una decisión que todavía hoy recuerdo con absoluta claridad: decidí no volver a tener miedo. No fue un proceso lento. Fue un salto. Pasé de cero a cien más deprisa que un Ferrari. No porque dejara de sentir miedo, sino porque decidí que no volvería a dejar que gobernara mi vida. Aquella pequeña revolución interior terminó marcando muchas de las decisiones importantes que he tomado desde entonces.
Vivir sin miedo tiene riesgos. A veces uno se equivoca, se precipita o paga un precio por atreverse. Pero he comprobado que vivir dominado por el miedo resulta mucho más caro. El miedo inmoviliza, empequeñece y acaba convirtiéndose en una cárcel construida por uno mismo.
Con los años descubrí algo curioso: los niños no son los únicos que tienen miedo. Los adultos vivimos rodeados de él. Tenemos miedo a fracasar, a perder lo conseguido, a no parecer suficientes, a quedarnos atrás, a pensar diferente, a decir la verdad cuando incomoda o a empezar de nuevo cuando sabemos que deberíamos hacerlo. Muchas de las renuncias que vemos cada día no nacen de la maldad, sino del miedo. Quizá por eso echo de menos algunos valores que hoy parecen antiguos. Durante siglos se hablaba de la fe, del valor y del honor. Hoy esas palabras suenan viejas, cuando en realidad siguen siendo profundamente modernas.
El honor no consiste únicamente en cumplir la palabra dada. Es vivir de acuerdo con ella. Es hacer lo correcto cuando nadie mira. Es ser leal a uno mismo incluso cuando resulta incómodo. Se puede perder el dinero, el poder o el prestigio y volver a recuperarlos. El honor, una vez perdido, es mucho más difícil de reconstruir.
Vivimos en una sociedad extraordinariamente cómoda para los cobardes. Nos acostumbramos a desigualdades que nos indignan, aceptamos decisiones que sabemos injustas y terminamos convencidos de que nada puede cambiar. Es más sencillo adaptarse que enfrentarse. Más fácil callar que incomodar. Más cómodo seguir la corriente que remar contra ella. Y, sin embargo, casi todos los avances de la humanidad nacieron porque alguien decidió no obedecer al miedo.
Aquel niño que dormía junto a la puerta convencido de que una mano monstruosa podía agarrarle la cabeza tomó un día una decisión muy sencilla: dejar de vivir asustado. Los monstruos no desaparecieron. Simplemente dejaron de mandar. Desde entonces he seguido sintiendo vértigo muchas veces. He cometido errores, he fracasado y he dudado. Pero nunca he vuelto a permitir que el miedo decida por mí.
Quizá la valentía no consiste en no tener miedo. Quizá consista, simplemente, en no obedecerlo. Y, si además ese valor sirve para tender la mano a otros y contagiarles un poco de esperanza, entonces habrá merecido la pena aquel niño que una noche decidió hacerse valiente. Haciendo amigos.












Pedro, precioso artículo que me ha recordado a la Hoguera Sagrada Familia que disfruté hace unos días. Pero ¿de verdad crees que fe, valor y honor siguen siendo palabras profundamente modernas? Una cosa es que hayas perdido el miedo y otra que pierdas la cordura, confundiendo deseo con realidad. Yo creo que no lo son, pero deseo, como tú, que vuelvan a serlo cuanto antes.
Así sea
Acciones, acciones sumadas unas y otras, acciones creadoras de relaciones humanas…