Una publicación de la Asociación de Periodistas de la Provincia de Alicante

Narrativa

¡Qué rico es el castellano!

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Ella: “¿Qué tal la profe nueva? Maje es su nombre, ¿no?”, preguntó mientras ordenaba la ropa en la habitación.

Él: “Fue una llegada majestuosa. A imagen y semejanza de un acto emblemático como corresponde a su nombre”, respondió con entusiasmo.

Ella: “Ya estamos; mira que eres tonto”.

Él: “Ay, cielo, el castellano qué rico es”, contestó con admiración.

Ella: “Caray, cuántas bolsas de pañales tenemos en la alacena. ¡Qué ilusión!”.

Él: “El pañal de rica miel”, dijo mientras caminaba por el pasillo.

Ella: “¡No te digo! Como dice mi amiga Lorena: ‘tonto con toda la cuerda da’”.

Él: “¿A qué se refería con esa expresión?”, preguntó.

Ella: “Te recuerdo que son de Ibi y su padre trabajó en el juguete fabricando aquellas muñecas que había que darles cuerda para que funcionasen con una llavecita que tenían por detrás. Pues eso, ‘con toda la cuerda da'”, le contestó mientras le pellizcaba en la mejilla.

Él: “Ah, es cierto. Je, je, qué bueno. Dame cuerda que ya me acuerdo…”.

Ella: “Sí, para que espabiles, que se nos va a hacer tarde al final; date prisa en vestirte o perderemos el bus”.

Él: “¡Jesús! ¡Qué cosa más linda!” (Abrazo).

Ella: “Ay, déjame; eres terrible”.

Él: “Tú sí que eres concupiscible”.

Ella: “Ainss, voy a coger los encargos de mamá, que si los olvido me matará”.

Él: “Buenos días, señor conductor”.

Chófer: “Buenos días tenga usted”.

Él: “¿Qué tal?”.

Chófer: “Bien, como es habitual dando la vuelta a la manzana”.

Él: “Como los gusanos” (Risas).

Él: “¿Viste a la señora Mento? De nombre Lola”, preguntaba mientras pasaba la tarjeta por el lector.

Chófer: “Sí, y acompañada de la señora Colero, de nombre Ester”, respondió.

Él: “Bueno, bueno… Con suerte escoltadas por sus consortes pertinentes”.

Chófer: “Sin duda, usted no miente”, dijo arrancando.

Él: “El señor Jones, de nombre Paco”.

Chófer: “Y el señor Cármelas, de nombre Benito” (Las sonrisas se contagiaban entre los pasajeros).

Ella: “Vaya dos, no tienen remedio”.

Pasajero: “Un poco de humor, señora, no viene nada mal. Espere, espere, que me quito de en medio”, dijo riéndose también.

Ella: “¡No te digo! ¡Todo se pega!”, exclamó.

Pasajero: “Hasta la hermosura, decía mi abuela”, añadió mientras ella le miraba sorprendida y con el entrecejo fruncido.

Madre: “¿Sí?”.

Ella: “Mamá, somos nosotros. Abre la puerta”, exigió.

Él: “Número 5”, dijo con sorna.

Ella: “No sigas”, insinuó.

Él: “Me encantan las rimas y los pareados”.

Ella: “Y los emparedados”, dijo con ironía.

Él: “Ja, ja. ¿Ves? A ti también”.

Ella: “Anda, ayúdame con las bolsas. ¡Lo que me cuesta moverme! Menos mal que estos escalones son bajitos y es el primer piso”.

Él: “Un aviso”.

Ella: “¡Para ya!”, espetó.

Él: “Es cierto; mira el buzón. Hay un aviso de Correos”.

Ella: “¡Ay, es verdad! Ahora se lo diremos a mi madre. ¡Hola!… Mamá, por favor, deja de fumar. Vas dejando la ceniza por los rincones”.

Madre: “Si no soy yo; es la abuela, que no se da cuenta de nada. Tengo que limpiar cada dos por tres. Ha ido con tu hermana a la tienda; pronto regresarán”.

Él: “¿Dónde está la mami política más maravillosa del mundo?”.

Madre (suegra): “¡Ay, que yerno más guapo tengo!”.

Él: “Por cierto, deja la limpieza para el miércoles…”.

Madre (suegra): “Y eso, cariño, ¿por qué el miércoles?”.

Él: “Por aquello del miércoles de ceniza…”.

Ella: “Ay, mamá, si es que no sé para qué le preguntas. Parece mentira que no le conozcas”.

Madre: “Ay, qué cosas tienes. ¿Y mi niña? Qué gordita ya…” (Besos)

Ella: “Por cierto, tienes un aviso en el buzón”.

Madre: “¿Un aviso? ¿Un aviso de quién, hija?”.

Ella: “De Correos, mamá. ¿De quién va a ser? Ya nadie más deja avisos. O quizás alguien te ha echado el ojo…”.

Madre: “A estas alturas… Calla, calla. Ya ni cartas, hija mía. Con lo bonito que era escribirse y esperar a que llegasen con ansioso entusiasmo que hacía que mirases por la ventana la llegada del cartero y deseabas que se detuviese en tu puerta. ¡Cómo me recuerda a tu padre!”.

Ella: “Las cartas de papá, esas que guardas en el cajón del escritorio”.

Madre: “Ay, sí. Y escritas con plumilla y tinta china”.

Ella: “¡Anda, ven aquí! Que llevamos tiempo sin darnos un achuchón aunque sea de lado, porque de frente va resultando difícil”.

Él: “’Todo en amor es triste, mas triste y todo, es lo mejor que existe’.  Ya lo decía don Ramón”.

Ella: “Ahora le tienes a él como consuelo, mamá”, dijo señalándole.

Madre (suegra): “Ay, mi yerno. ‘Qué rico es el castellano’, decía don Ramón como tú solías llamar a mi Ramón”.

Él: “Ya su nombre le convertía en poeta también. Y, para más inri, vuestra morada en la calle Campoamor se encuentra. Por cierto, ‘aunque huir de ella intento no sé lo que me pasa porque voy adonde me lleva el viento y el viento siempre me lleva hacia tu casa’. ¿Será por ese apetitoso olor que todos mis sentidos aprecian, que desde la cocina me llega, los que dirigen mis pasos hacia tu hogar?”.

Madre (suegra): “Ja, ja, ja. ‘Si sufres, ten paciencia: ese es tu sino. Toda hermosura es un mártir del destino'”, le dijo mientras se dirigía a la cocina.

Él: “Guisar, sazonar, aderezar, ya sea una olla, un puchero o un pote; nada se resiste a tu maestría, pericia y tacto; no me importa con ellos deslucir mi bigote un rato”, respondió siguiéndola.

Madre (suegra): “¡Qué rico es el castellano! Ya lo decía Ramón”.

Él: “Ante todo exquisito si es servido en plato hondo o llano; manjares de tu tierra, castellana por cierto, anhelan mi estómago. Y el de nuestro rorro bien pronto”.

Madre (suegra): “Ay, qué cosas tienes. Querer darle gazpacho al niño ya en el bibe. Capaz serías”.

Él: “Robusto, fornudo, vigoroso y sano ha de ser gracias a tus viandas, comidas y sustentos dominicales”.

Madre (suegra): “Sí que estará hermoso. O hermosa. Con eso de mantener la sorpresa me tenéis desesperada… ¡Ay mi niña, qué a punto estás!”.

Él: “¿Quieres una tónica?”.

Ella: “Una entera, no; un sorbito de la tuya, porfa. Estaban buenos los gazpachos…”.

Él: “Tu madre cocina muy bien; debería abrir un restaurante. Mira que se lo he propuesto muchas veces y no hay manera de convencerla”.

Ella: “¿Y qué te dice siempre?”.

Él: “Que uno, no; dos”.

Ella: “Ja, ja, ja. Te gusta escucharla”.

Él: “¿Qué estás haciendo?”.

Ella: “Preparando el taller de mañana. Me aburre repetir la tarea pero es necesario insistir e insistir para que no dejen de ejercitarse manualmente”.

Él: “Podrías probar con las letras sin dejar de trabajar con las manos”.

Ella: “Dame pistas”.

Él: “Dales palabras sueltas que previamente han recortado y que deben unir para formar una frase, por ejemplo”.

Ella: “Uff, se me va el tiempo del taller. Te recuerdo que son personas con discapacidad y el tiempo es algo muy muy relativo”.

Él: “Déjalas ya recortadas sobre la mesa y que las ordenen para darle sentido a la frase; luego las pueden pegar en una cartulina y colorear cada letra para diferenciarlas. ¿Crees que son capaces?”.

Ella: “Sí, ya lo creo. Mis chicos son capaces de eso y mucho más”, respondió con orgullo. “Me gusta la idea; déjame pensar…”.

Él: “Juega con los refranes; seguro que muchos de ellos les serán familiares”, interrumpió.

Ella: “Claro. A ver, en abril…”.

Él: “Patada en los cojones (ja, ja, ja)”.

Ella: “Pero mira que eres borrico”.

Él: “Esa frase queda genial en todos los refranes, según Ismael, mi compi de segundo de primaria”.

Ella: “Isma es igual de borrico que tú”.

Él: “Pero es leal, noble y sincero como nadie. Ya lo tienes: En abril, patada en los…”.

Ella: “Calla, calla. ‘Adónde va Vicente…’ ¡No respondas! ‘Haz bien y no mires…’ ‘De tal palo…'”.

Él: “Rico, es, el, castellano, Qué. Pónselas también para que las ordenen como título del trabajo”, añadió mientras se estiraba poniendo los pies en la mesilla y encendía la tele.

Ella: “Cariño, ¿qué nombre le vamos a poner?”, pregunta mientras se acurruca entre los brazos de él.

Él: “Si es niño, si mi la re sol do fa”.

Ella: “Sí, claro. Mira que eres bobo”.

Él: “Y si es niña, fa do sol re la mi si”.

Ella: “Eso es, si es niño, sostenido y si es niña, bemol. Y, ¿por qué no guion o partitura?”.

Él: “¿No te convence? Bueno, pues, si es niño podríamos llamarle asíndeton o polipote o pleonasmo…”.

Ella: “Ains, mira que eres tonto”.

Él: “Y si es niña elipsis o anáfora o metáfora”.

Por un momento el silencio se sentó en el sofá junto a ellos pero, de repente, se vio interrumpido.

Ella : “Y con aguas, ¿qué rima con aguas?”

Él: “No me lo pones fácil. Podría ser…” respondió incorporándose despacio.

Ambos se miraron y al unísono se dijeron gritando: “¡Al hospital!”.

Imagen de portada: www.depositphotos.com.

Juan Ignacio Ayala Bernabé

Una vez una amiga me dijo que era "un buen mentor"; pues eso soy en realidad: un "mentoroso". Y la verdad es que me encanta y por eso me encanta enseñar y por eso estudié Magisterio. Si algo puedo hacer por ti, ¡aquí me tienes!

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