Pienso en Zapatero y la mente, juguetona ella, enseguida se me va al recuerdo de Mónica Oltra. A sus palabras envueltas en lágrimas en el momento justo de abandonar la vicepresidencia del Consell en la época del Botànic. En Mónica Oltra, varias veces acusada de encubrir a su exmarido que trabajaba en un centro de menores, un extraño caso pendiente aún de resolución y, curiosamente, dos veces archivado y dos veces reabierto por orden judicial: “Ganan los malos”, dijo Oltra a modo de testamento, a modo de vaticinio de lo que venía. Son aquellas palabras las que me retumban en el recuerdo —y que algunos, yo mismo, interpretaron que fueron dichas con un punto de exageración, propias de la rabia y la impotencia del momento—, pero que el tiempo y los acontecimientos judiciales vividos desde entonces, tales como, por citar solo dos ejemplos, la persecución judicial por tierra, mar y aire con tintes inquisitoriales y prospectivos al entorno familiar más cercano del presidente del Gobierno, condena sin pruebas fácticas al fiscal general, están empezando a llenarse de contenido. De fatal vaticinio. ¡Ganan los malos!
Pienso en el terremoto político que ha supuesto en la política de este país y más allá, pero también en el conjunto de la sociedad española, la imputación del expresidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, acusado él, no otros, poco menos que de ser el capo de una red mafiosa y criminal dedicada al saqueo de lo público, y la mente, juguetona ella, se me va por contraste y comparación hacia la plácida, aleccionadora y enriquecedora vida —por el dinero ganado, por la capacidad de dar lecciones hacia fuera— y biografía post-presidencial que están escribiendo dos expresidentes de gobierno, uno socialista, Felipe González, otro popular, José María Aznar, saltando de consejo de administración en consejo de administración como quien salta de una acera a otra.
Ahí están ellos dos, Aznar y González, González y Aznar, por contraste con lo de Zapatero de ahora, como espejo y escarnio para muchos, con esas imágenes de su pavoneo constante, presumiendo de sus asesorías varias, con el mercadeo soez y público de sus agendas y contactos extraídos de su paso por la presidencia del Gobierno. Ahí está FG (Naturgy al principio, Boluda y su tráfico internacional de contenedores ahora, la larga sombra de sus peligrosas amistades mexicanas siempre, antes y ahora), y ahí están Aznar y su clan familiar. Él, Aznar, y sus millonarias cuentas recaudadas por asesorías varias, ora al imperio mediático del fallecido Rupert Murdoch, ora a Endesa, esa misma empresa pública que él mismo había privatizado previamente, y por ahí andan sus negocios y comisiones oscuras con el “extravagante amigo” (sic) del asesinado presidente de Libia, Muamar el Gadafi. Y ahí están también, impolutos, libres de toda sospecha judicial, su círculo familiar más cercano, su yernísimo Alejandro Agag vendiéndose a precio de yerno presidencial; su mujer, Ana Botella, haciendo de casera e inmobiliaria de la rapiña y vendiendo lo que era de todos a fondos buitres; eso sí, bien acompañados todos ellos en este oscuro peregrinaje de amasar dinero por jueces amigos, o que parecen amigos, que nunca ven nada ilegal, ni raro, ni reprochable en esas conductas de puro extractivismo de manual a los pobres que a muchos —a mí también— escandalizan.
Y no muy lejos de ahí, de ese círculo de elegidos, camina ufana, provocadora, amenazante, Isabel Díaz Ayuso y su propio círculo familiar enriqueciéndose ante los ojos de todos del presupuesto de lo público, con el piso heredado del padre en —dejémoslo ahí— extrañas circunstancias crediticias y a buen recaudo, con el ignominioso mercadeo y enriquecimiento de su hermano con las mascarillas de la pandemia y el asesinato político y en prime time del entonces presidente del PP, Pablo Casado, por atreverse siquiera a cuestionar en la cadena de los obispos eso mismo. Pero nada, ahí está y ahí sigue Ayuso con su mochila fúnebre de las 7291 víctimas en las residencias madrileñas durante la pandemia sin posibilidad alguna de encontrar juez que busque consuelo a las víctimas, también con su novio —el presunto defraudador— amenazando a todos y a la eterna espera de juicio. Y no muy lejos de ese círculo infernal por ahí anda también su lugarteniente MAR (Miguel Ángel Rodríguez), luciendo palmito informativo, presumiendo de información privilegiada, adelantando decisiones judiciales, sin que nada pase. Y tampoco lejos de todo este paisaje de corruptelas varias anda también, perdido, escondido, el caso Montoro, ocho años de investigación, ¡que se dice pronto! Pero nada, que ahí continúa. Esperando autor que escriba el relato, aguardando juez y fiscal que decidan llamarle a declarar.

Leo también la marabunta de informaciones, de análisis, comentarios, opiniones de estos días sobre esta primera y veloz imputación de un presidente en democracia y me pregunto cómo es posible que el mazo de la justicia parezca que cae casi siempre del mismo lado, que golpee con tanta saña en el mismo lado del cuadro, que todavía —es una provocación, lo sé— no se haya podido averiguar quién era la X del GAL o a quién correspondían las anotaciones de Bárcenas de un tal M. Rajoy, que los crímenes de guerra de Aznar y sus amigos Blair y Bush y sus millones de muertos sigan impunes, como si nada hubiese sucedido.
Ya digo, pienso en Zapatero y la mente, juguetona ella, queda atrapada entre dos posibilidades diabólicas, sin certezas, que se anulan entre sí, que se pelean por salir a flote. ¿Será verdad, o parte de la verdad, que todas esas inferencias del relato judicial del juez Calama en el sentido de que el Jekyll Zapatero que todos conocíamos, el hombre de la eterna sonrisa, el Bambi que diría Guerra, llevaba dentro un malévolo Hyde capaz de cometer los peores crímenes en el momento en que las primeras sombras de la noche presidencial aparecieron? ¿O —como cada vez más muchos piensan y algunos empezamos a barruntar— todo se explicaría más bien porque en el escalafón de mando Zapatero era, es, solo un elemento molesto, un obstáculo más, gente sin pedigrí adscrita al servicio de la casa y al de los señores, solo la siguiente y potencial víctima si acaso fuese necesario ejecutar, un daño colateral más del derecho de pernada que la derecha y ultraderecha de este país creen que, de alguna forma, siguen teniendo en la administración de la cosa pública?
Pienso en Zapatero y la mente, juguetona ella, se me va lejos, muy lejos. Al tiempo oscuro en que un tal José María Aznar logró encaramarse primero a la presidencia de Castilla y León y después a la presidencia del Gobierno, tras descabalgar a otro socialista, Demetrio Madrid, gracias y a través de una denuncia que los años y los tribunales absolvieron; a los tiempos del tamayazo, el método de compra-venta de voluntades de dos diputados socialistas con el que el mundo de Esperanza Aguirre logró la repetición electoral de un resultado que le había sido adverso; pienso en el mismo y más cercano Eduardo Zaplana y la compra —sí, compra y “secuestro”, sí “secuestro”— de una concejal socialista en Benidorm —Maruja Sánchez— y su marido como origen de otra carrera meteórica. Éste, Zaplana, sí —habrá que guardar las apariencias— pendiente de ratificación de condena en el Supremo, pero eso sí ¡35 años después! de aquellos sucesos de Benidorm y tras una breve estancia en la cárcel.
Pienso, ya digo, en el Zapatero de estos días y se me vienen todos esos nombres y circunstancias a la cabeza —Mónica Oltra, Demetrio Madrid, las mil y una causas judiciales archivadas contra Podemos, esa operación tan rara llamada Neurona, la falsa cocaína de Miguel Urban en un pub de Malasaña, una Kitchen sin X al mando…— y no dejo de hacerme dos últimas preguntas: ¿Quién será el siguiente en la lista diabólica e invertida de malos y buenos españoles? ¿Quiénes son aquí los buenos y los malos?













Pues leyendo este artículo, desde la punzante ironía, se me viene a la cabeza aquello de “somos malos, malasombra, somos malos de verdad. Somos como una espina que solo sabe pinchar. Y más malos que la quina”…y no van a parar.
Malos y buenos, guerra civilismo desenterrado por la avaricia de político y palmeras palmeros sectarios irresponsables…
Ah y recuerdo en ECUANIMIDAD DEL PERIODISMO los diez, quince, o fueron veinte, d mandas, querellas y acusaciones TODAS ARCHIVADAS contra el expresidente Camps valenciano hijo político de la también injuriada y calumniada Rita Barberá…
Buenos y malos jamás nunca más…
Sólo la VERDAD…