Una publicación de la Asociación de Periodistas de la Provincia de Alicante

Palabras

Maestras

Manifestación de profesores en Valencia (Fuente: Sindicato STPCV).

Miras las imágenes, escuchas las voces de las masivas protestas educativas que estos días hacen temblar los cimientos de la Comunidad Valenciana —también de algunas otras zonas— y es fácil imaginarse un país nuevo. Un país que ha emergido en silencio, que estaba ahí pero que ya es una realidad palpable. Al alcance de una mirada. No es necesario hacer un esfuerzo de imaginación para observar ahí, en esas coloristas fotografías dominadas por las camisetas verdes, que la esperanza y la avanzadilla de esta lucha lleva nombre de mujer. Que está siendo protagonizada, mayormente, por mujeres. Que es, también y claramente, una alianza de mujeres de varias generaciones que, de alguna manera y no solo en el terreno educativo, que es en el que se juega esta partida, están cansadas de callar y obedecer, de limpiar lo que otros ensucian. Es una lucha que es fácil imaginarse que va más allá de las aulas y que va a suponer una nueva forma de afrontar el futuro.

Es este —la presencia mayoritaria de maestras y profesoras en las calles y en las aulas— un dato que el Consell del sustituto encargado del desaparecido, Juan Francisco Pérez Llorca, no debería dejar pasar por alto. Al menos si quiere salir vivo de esta dura pelea. La estrategia seguida hasta ahora, basada en tirar del zurrón del desprecio a todo el movimiento u-ni-ta-ri-o educativo de la enseñanza pública, puede confundirle. Una pírrica victoria hoy puede ser el anticipo de una amarga derrota mañana. Más si decide seguir la línea de ordenar a su consellera que continúe con las maniobras arteras de utilizar a padres y alumnos para quebrar la unidad sindical, si continúa dejando fuera del pacto las mejoras salariales como otra forma más de desprecio. Esa táctica le puede llevar a vencer en la distancia corta, lograr ganar la batalla del ahora, pero, seguramente, podría llevarle también a perder la guerra de fondo. Y esa pelea lleva nombre de mujer, con lo que todo eso supone.

Y todo y en parte porque las claves de este cabreo general expresado en las calles y en el vacío de las aulas no es, no parece obedecer solo a las viejas claves de una lucha sindical obrera más, aunque todo el decorado nos haga pensar que es solo así. Estamos asistiendo, y posiblemente solo hace falta poner la lupa en esas escenas callejeras, en esos relatos con voz casi siempre de mujer, a una protesta nueva. Una protesta cargada de una fuerza nueva, que va más allá de las justas reivindicaciones que aparecen en los medios (menos ratios, menos burocracia, mejores y mejor dotadas instalaciones, mas profesores, más valenciano, salarios dignos, trabajo digno…), a una protesta protagonizada mayoritariamente por mujeres-maestras, por mujeres-profesoras, que acumulan una rabia que se adentra en la oscuridad de los tiempos, en la desigualdad vivida en el día a día, más allá, incluso, de los recintos escolares. Esta es, también, una lucha por la dignidad de todas las mujeres, de las jóvenes que empiezan, de las viejas que terminan. No verlo así podría ser el gran error de cálculo de esta administración autonómica.

Los números están ahí. No mienten. Y no es circunstancial, pues vienen de largo. Para bien y para mal. Me refiero a que la mayoría de los maestros ya no son maestros si no que son maestras; me refiero al hecho estadístico de que la mayoría de los profesores ya no son profesores sino que son profesoras. Puede parecer mera estadística, fríos números, pero a buen seguro que eso cambia en parte las reglas de juego. Según datos recientes referidos al conjunto del país, el 82,1 % de las plantillas del profesorado de primaria serían ya mujeres y solo el 17,9 % hombres. En secundaria, el profesorado está menos feminizado, pero aún así las cifras en España (no deben ser muy diferentes en la Comunidad Valenciana) reflejan que las plantillas de los institutos la conforman un 62 % de mujeres y solo un 38 % de hombres. Esa es una realidad nueva.

A lo largo de nuestras vidas escolares la mayoría de nosotros tuvimos profesores y profesoras. Muchos de los jóvenes de primaria de hoy es posible que no hayan tenido un solo maestro en todo su historial académico. Eso, para bien y para mal, es algo que estos días estamos viendo en las calles. Y que tiene su reflejo en este pulso entre un Consell que coquetea con aprovechar el momento para darle la puntilla a la enseñanza pública de calidad en este territorio y unas miles de mujeres que piden dignidad profesional, respeto, consideración… pero no solo. Hay otras demandas que no aparecen en las pancartas, que no se gritan en las calles, pero que tienen voz, nombre y rostro. Son mujeres y maestras. Ese es el matiz. La diferencia. El detonante que lo puede cambiar todo. Un dato que va más allá de la pura estadística.

Pepe López

Periodista.

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